“Memoria, resistencia y deseo de vivir

Por Fernando Bertucci

La historia que construyen los hermanos cineastas Mohammed Abou Nasser y Ahmad Abou Nasser en Once Upon a Time in Gaza nos transporta a un momento específico: el año 2007, cuando el territorio palestino ya acumulaba cuatro décadas de ocupación israelí. Esta elección temporal no es arbitraria: sirve como punto de anclaje para explorar un espacio que se encuentra suspendido entre la memoria y la imposibilidad. A través de la historia de dos amigos que venden falafel y drogas, y de su inevitable choque con la autoridad corrupta, se abre una reflexión sobre lo que significa existir en un lugar donde el presente está colonizado por la violencia y el futuro parece un espejismo.

La cinta no se interesa en retratar heroísmos individuales sino en mostrar cómo las vidas cotidianas se ven arrastradas por fuerzas que superan a las personas. Osama y Yahya no son símbolos rígidos, sino hombres comunes atrapados en un engranaje donde las decisiones personales se entrelazan con la historia colectiva. Su pequeño negocio ambulante es, al mismo tiempo, un espacio de sustento y un lugar de clandestinidad, en el que se mezcla la necesidad económica con la desesperación. Esta ambigüedad revela cómo, bajo ocupación y bloqueo, la moralidad se vuelve maleable: no porque se pierdan los valores, sino porque sobrevivir exige negociar constantemente con la precariedad. La película está atravesada por un constante deslizamiento entre realidad y ficción. Esa tensión se vuelve explícita cuando Yahya es reclutado para participar en una película propagandística llamada The Rebel. De pronto, el relato criminal inicial se transforma en un juego de espejos donde se cuestiona qué significa narrar Gaza desde Gaza, y para quién. Yahya, un hombre tímido y sin aspiraciones de grandeza, se convierte en un rostro maleable, una figura simbólica al servicio de un relato político. Su transformación evidencia cómo las identidades personales son absorbidas por narrativas impuestas: primero por la represión, luego por la propaganda.

Este vaivén entre lo íntimo y lo colectivo no es un simple recurso dramático. Es un recordatorio de que la realidad palestina no se vive en compartimentos estancos: todo acto privado es también, inevitablemente, político. Incluso el silencio de Yahya es elocuente: revela la imposibilidad de ser neutral en un territorio donde la ocupación moldea cada centímetro de la existencia. Al mismo tiempo, el humor oscuro y la teatralidad, que recuerdan a las tradicionales musalsalat árabes, introducen un espacio donde la dureza se vuelve soportable a través de la ironía y la exageración.

La película evita caer en el espectáculo de la tragedia que a menudo consume las narrativas sobre Gaza desde miradas externas. En lugar de reducir el sufrimiento palestino a imágenes de ruina, los directores insertan capas de memoria y deseo. Mostrando un pasado que, aunque lejos de ser ideal, al menos existía con cierta textura humana. Desde esa evocación, la película denuncia la violencia estructural sin convertirla en un espectáculo. Por encima de todo, esta historia habla de dignidad. Las personas que retrata no se definen únicamente por lo que han perdido, sino por su obstinación en seguir existiendo, soñando y resistiendo. Entre la crudeza de la ocupación y la maquinaria interna de control, persiste una humanidad que no se rinde. La obra de los hermanos Nasser no es solo un thriller: es un testimonio sobre la memoria viva de un pueblo que, pese a todo, se niega a desaparecer.

Titulo: Once Upon a Time in Gaza

Año: 2025

País: Palestina

Director: Mohammed Abou Nasser y Ahmad Abou Nasser

 

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CARTELERA MARZO: