“Pinceladas del tiempo“
Por Kiara Warmerdam
Olivia vive con su padre en una casucha en el campo. De un día para el otro, el padre desaparece y nuestra protagonista emprende un recorrido en función de su búsqueda. Desde un primer momento se establece cierta relación con lo fantástico: por un lado hay imágenes, que bien podrían ser sueños, de fuego y de agua, de viento. El padre sueña que el matadero donde trabaja se incendia.
La película propone unas imágenes bastante peculiares desde un principio. Más allá de la belleza del fílmico y la profundidad que esta propone, es inevitable destacar la precisión con la que se trabaja. A la hora de pensar un plano, se puede hacer una analogía con el trabajo de un pintor. Uno puede mirar una pintura como mira un plano. Estos planos que Olivia nos muestra, me remitieron mucho al oficio del pintor. El pintor elige, inventa cada detalle que aparezca en la pintura. No me gusta ponerme formalista pero es muy destacable el control que tiene la película sobre los elementos que tienen el privilegio de aparecer. Toda la primera parte de la película se rige bajo una lógica lumínica muy meticulosa, donde lo que se ve y lo que no es totalmente deliberado. Nada se concreta, todo elemento se define por la luz de sus bordes, o el reflejo de una luz. Lo que se narra es encierro y oscuridad, pero por sobre todas las cosas, la indefinición de tiempo y espacio cual peso recaerá literalmente sobre el cuerpo de la protagonista.
Así como hay una indeterminabilidad en cuanto al espacio y los cuerpos que lo habitan, Olivia propone un entendimiento del tiempo diferente. Las cosas van y vuelven. No sé si es necesario encontrar una respuesta a cuáles son los tiempos que viven porque la gracia es que conviven, justamente. Su padre se va y solo vuelve en forma de fotografía, donde descubrimos que fue tomada en 1917, hace mucho tiempo. Mismo el encuentro con la mujer, Mari, quien parece reconocerla (o reconocerse en ella), son todos indicios de que hay una temporalidad dispersa, que no deja concretar quiénes son exactamente estas personas y que están haciendo ahí. Lo que sí es concreto es que dan vueltas, avanzan y vuelven para atrás.
Son almas flotando en el éter, encontrándose con cuerpos y habitándolos. Por eso hay un énfasis en la relación con los demás seres vivos, con las vacas, con los bichos y entre ellos mismos. Cada vida fluye en esos hilos de luz. De hecho es una idea que remite a los románticos del siglo XVIII la de que todo pasa por un mismo flujo de energía, y creo que esta película narra eso, la circularidad de la vida, las etapas, el paso del tiempo y el encuentro con uno mismo a través de los otros.
Me gusta pensar esta película como un fragmento. Al principio la vemos a Olivia llegar como si no supiese de dónde viene, y la vemos desplomarse al final cuando ya no sabe a dónde ir. Pero, no nos olvidemos que están quienes la preceden, como Mari y el padre, pero también quienes la continúan. A quien vemos al final es a una niña, casi como un guiño a que en realidad, lo que estamos viendo es el principio de todo esto.
Siempre da gusto ver que hay nuevas voces surgiendo, nuevas imágenes que se proponen, y creo que Sofía Petersen junto al equipo de Animitas Cine son gente a la que hay que prestar atención.