No Good Men (2026), de Shahrbanoo Sadat
Por Kristine Balduzzi
Amor y dignidad en el umbral del colapso
Kabul, 2021. Naru tiene 25 años, un hijo pequeño y una convicción amarga: en Afganistán no existen los hombres buenos. Trabaja como operadora de cámara en un programa televisivo donde un “experto” masculino aconseja a mujeres jóvenes cuyos maridos las engañan o golpean por usar “demasiado” maquillaje. La escena es casi absurda, pero también brutal en su normalidad. Naru acaba de regresar a casa de sus padres después de soportar las infidelidades constantes de su esposo. Sin embargo, no puede divorciarse oficialmente: la ley afgana permite que el padre le quite la custodia del hijo. En ese entramado legal y cultural, la desigualdad no es un exceso, sino la estructura misma del sistema. Con esa premisa se abre No Good Men, escrita y dirigida por la cineasta afgana Shahrbanoo Sadat, quien también encarna a su protagonista. Lo que en un resumen podría parecer un melodrama o incluso una comedia romántica, una joven desencantada que conoce a un periodista mayor, casado y con cuatro hijos, se convierte en una reflexión íntima sobre la dignidad femenina en un país al borde del abismo. Naru pide ser transferida a tareas “serias”, lejos del programa que la irrita. Así comienza a colaborar con Qodrat, un reportero reconocido que al principio la subestima. Un encuentro profesional fallido abre paso a una cercanía inesperada.
La película transcurre en los meses previos al regreso de los talibanes al poder. Esa inminencia histórica no funciona como telón de fondo decorativo, sino como presión constante sobre cada gesto cotidiano. Sadat conoce esa sensación de amenaza latente: cuando los talibanes retomaron Kabul en agosto de 2021, ella misma debió abandonar el país. Esa experiencia impregna la narración con una conciencia aguda de fragilidad. La historia avanza entre momentos de ironía ligera y una tristeza que nunca se vuelve grandilocuente. El equilibrio es delicado: la directora evita el tono solemne y apuesta por una cercanía humana que desarma.
En el centro del relato hay una pregunta incómoda: ¿es posible hablar de amor dentro de un sistema patriarcal profundamente corrupto? Naru sostiene que no existen hombres capaces de amar y respetar a una mujer en su entorno. Su afirmación, que podría sonar exagerada, se revela como diagnóstico estructural. La ley, las costumbres y la religión, tal como se aplican, sostienen un orden que limita la autonomía femenina. Incluso en espacios que aparentan modernidad, un canal de televisión, una redacción, las jerarquías son claras. La protagonista debe insistir para ser tomada en serio y enfrenta objeciones que remiten más a su condición de mujer que a su capacidad profesional.
Sin embargo, No Good Men no se contenta con denunciar. También explora la posibilidad de una grieta en el sistema. La relación entre Naru y Qodrat introduce ambigüedad. Él es mayor, está casado y ocupa una posición de poder. La cercanía entre ambos no es idílica ni redentora. Más bien funciona como territorio de duda. ¿Se trata de una excepción que confirma la regla o de una ilusión que debilita la crítica? Sadat no responde de manera didáctica. Prefiere mostrar la contradicción: el deseo de creer en la ternura convive con la conciencia de los límites estructurales.
Uno de los rasgos más singulares del film es su tono. Durante buena parte del metraje, la energía recuerda a una comedia feminista contemporánea, con diálogos ágiles y situaciones que rozan lo satírico. Las amigas de Naru hablan con franqueza sobre sexualidad y frustración; la idea de que la transgresión femenina deba ser castigada de inmediato queda desmentida una y otra vez. Ese gesto es político en sí mismo: la directora rehúsa reforzar la expectativa de represalia. Kabul aparece como una ciudad viva, contradictoria, donde conviven ambiciones profesionales, bromas privadas y deseos íntimos. Pero el contexto histórico termina por imponerse. El anuncio de la retirada de las tropas estadounidenses y el avance talibán modifican el clima. La sensación de inminente colapso atraviesa las escenas finales. Sin recurrir a discursos explícitos, la película deja ver cómo lo personal y lo político se entrelazan de manera inevitable. La pregunta por los “hombres buenos” pierde su carácter abstracto cuando el país entero se desliza hacia un régimen que institucionaliza la subordinación femenina.
En ese tránsito, No Good Men se revela menos como historia de romance que como relato sobre dignidad. Los gestos cotidianos, compartir un té, sostener una cámara, hacer una pregunta en la calle, adquieren peso simbólico. No son actos heroicos en sentido épico, sino formas discretas de resistencia. Sadat enmarca el amor no como salvación sino como riesgo: una apuesta frágil por la verdad emocional en un entorno que tiende a borrarla. La película, tercera entrega de un proyecto más amplio inspirado en los diarios del actor y guionista Anwar Hashimi, desplaza aquí el foco hacia una voz femenina decidida y frontal. Si en obras anteriores predominaba la mirada masculina autobiográfica, ahora la narración se construye desde la experiencia de una mujer que no teme formular juicios tajantes. Esa elección modifica el eje moral del relato.
Sadat encuentra un lenguaje propio, directo y humano. Kabul no es solo escenario de tragedia, sino espacio de vida cotidiana. Detrás de la catástrofe política siempre hay individuos concretos, con dudas, contradicciones y derecho a amar. Esa afirmación, sencilla y radical, es el núcleo que sostiene la película y explica su resonancia más allá de cualquier etiqueta de género.
Titulo: No Good Men
Año: 2026
País: Alemania, Francia, Noruega, Afganistan
Director: Shahrbanoo Sadat