La industria de lo cool

Por Guillermina Pico

Por Guillermina Pico

(Este texto fue escrito en febrero 2020)

Cuando salió la película Casi Famosos, de Cameron Crowe yo tenía 15 años y vivía en La Pampa. La cinta, ambientada en la década de los 70 cuenta la historia de un adolescente fanático del rock, William Miller, que se empeña en escribir sobre el mundo de la música desde dentro. Gracias a un encargo de la revista Rolling Stone podrá seguir la gira del grupo Stillwater.

William se encuentra con varios personajes en ese camino. Y sobre todo se encuentra a Penny Lane y a Russell Hammond. 

Esta película me presentó en términos teóricos con algunas contradicciones y revelaciones internas que me han acompañado en el fondo del corazón desde entonces. Puede decirse que Casi Famosos me educó sentimentalmente, ( ya sé, uno se agarra de lo que puede)  y aprendí una cosa o dos sobre la amistad, el arte, el sexo y el pertenecer.

Como una buena chica de pueblo con aspiraciones y deseos, yo me vi en, o quería ser Penny Lane. Yo quería ser Penny Lane porque ella era dorada, luminosa, era puro entusiasmo y su destino se presentía extraordinario. Penny Lane tenía onda y su tapado era algo que necesitaba tener. En la casa de mi abuela Elvira encontré uno del mismo corte pero con una piel atigrada en los puños y en la solapa. La piel me trajo dudas, en Santa Rosa iba a resaltar demasiado, así que se la arranqué en un acto de austeridad minimalista y supervivencia. Porque una chica quiere tener estilo en el pueblo, pero también quiere tener amigas. Al arrancarle el detalle de piel lo dejé más masculino, sin la suavidad de la piel ni adornos. Me gustó como quedó, era más una mezcla entre Penny y Russell. Para completar el look también rescaté collares de jade y otras chucherías varias, de plata y lata. Aprendí a usar mis rulos. Me miré en el espejo y afiné la cara de seducción sin un objetivo fijo más que la seducción en sí misma. Estaba lista.

Pero las cosas nunca son tan fáciles en términos de identidades. Estaba claro que Penny Lane no era la protagonista, era una groupie. Ella era un satélite. Joven y deseada, giraba en un torbellino de música, aventuras y rock, pero no digitaba nada. En la película ella seguía a Russell Hammond y a su banda Stillwater. Penny Lane era la líder de las Band Aid, un grupo mítico de groupies y la propagadora de la filosofía de su grupo: Siempre le digo a las chicas: nunca te lo tomes en serio. Si nunca lo tomas en serio, nunca te lastimas. Si nunca te lastimas, siempre te diviertes, y si alguna vez te sientes sola, solo ve a la tienda de discos y visita a tus amigos.”

 

¿Qué sabía yo de amor? Nada. No sabía nada de nada. Pero mi educación básica de grupos y colegio de monjas me alcanzaba para entender algo sobre el poder e intuir que Penny estaba equivocada. Identificarme con ella me generaba angustia. Yo no quería seguir a nadie. Yo quería ser la rockera y la groupie de mí misma.

 

Si entonces yo deseaba ser alguien en esa constelación, tendría que ser Russell Hammond, el músico, el rockero, el generador. La complicación era que a Russell también quería besarlo. Entonces el deseo era ser él y besarlo y eso era un problema en términos pragmáticos. 

Esto por supuesto se iba a resolver en arenas arquetípicas, pero aún así una tiende a considerar las posibilidades en este tipo de cuestiones metafísicas.

Russell era un encanto y un imán – de hecho creo que Russell fue el mejor papel en la carrera de Billy Crudup y Penny Lane el mejor de la carrera de Kate Hudson, nunca más los vi brillar así. Pero el tema que yo tenía con Russell era que tomaba demasiadas drogas y derrapaba con unas actitudes megalómanas, y eso no me gustaba, por no decir que era medio imbécil.  Russell era el músico, el que se comunicaba con la divinidad y hacía fluir la poesía y las melodías, con su guitarra misteriosa y sus actitud cool, ponele. Él era la presencia misteriosa de la banda, no la cara principal. Y esto estaba detalladamente demarcado en los roles que cada uno de los integrantes de Stillwater representaba. Claro que los límites a veces se corrían y entonces era más frontman que el miembro señalado como tal, y venian lso reclamos y las piñas,  pero, ey! no se puede regular por ley el uso del carisma personal y la belleza. Como decía Warhol: If you have it flaunt it.

Entonces en esta lucha clásica por la búsqueda de identificación a veces quería ser Penny Lane y besar a Russel Hammond o ser Russell Hammond y besar a Russel Hammond.

Pero en mi corazón, a medida de que los minutos se iban acumulando, saltando la preocupación de a quien besar, yo sabía que era William Miller. Sabia que era la que estaba afuera, mirando con ganas, con esas ganas de pertenecer y ser. Hay un momento del proceso después de verla muchas veces en el que caigo que la película se trata de William, de que él es el protagonista. Pero si William es el protagonista ¿por qué no me acuerdo de verlo en el póster? ¿Por qué en el póster parece que la protagonista de la película es Penny Lane? ¿Será que los Williams del mundo no venden, no llevan gente al cine? ¿Es que las chicas en bombacha si venden entradas? 

El juego de roles que Casi Famosos me ha hecho tener conmigo misma está desde el principio, desde antes de alquilar la película en el videoclub.

La película se trata de aprender a vivir con William como guía, dentro de toda la hermosura y la crueldad de las personas que te encantan y brillan, del arte que disfrutás y hacés a pesar de todas las dudas, de todas las fórmulas y de todas las sirenas de la falsedad y la verdad. 

William busca pertenecer y busca su lugar. Fracasa pero arriesga. Ya a esta altura del proceso soy más William que nada. Además, William se llama como yo, y yo como él, soy de un pueblo del oeste de Estados Unidos, ay, que estoy diciendo, del medio de la República Argentina, de La Pampa misma y estoy más lejos de todo que cualquiera de mi edad que estuviera viendo esa película en otro lado. Estoy lejos en el culo del mundo. “¿Por qué, dios mío, tuve que nacer tan tan tan tan lejos de todo, en el medio de la nada?” Repetía yo, en secreto, a escondidas incluso de mi misma.

Ahora todos los caminos me llevan a Warhol, esta vez según Lou Reed y John Cale en Songs for Drella: When you’re growing up in a small town / You say no one famous ever came from here / My father worked in construction /  It’s not something for which I’m suited  / Oh, what is something for which you are suited ? / Getting out of here.

William era un nerd, era un outsider. El miraba desde la vidriera, atraído por el brillo y la poesía, y lo peor y lo mejor de él, es que no ocultaba sus ganas de pertenecer. Y lo mejor era que él tenía un rol excepcional: él era periodista de la Rolling Stone y estaba en el medio de ellos. ¡Pasé tanto tiempo pensando qué ponerme que me olvidé que William tenía poder real! 

A William, los de la banda lo llamaban “El Enemigo” porque era el periodista en la gira, el hacedor de las palabras que podrían poner a la banda arriba o abajo.

Hay un personaje entrañable, que es Lester Bang, interpretado por Philip Seyfmorr Hoffman siendo hermoso. Antes de que William se embarque en la gira, le dice con todas las letras, —estoy parafraseando acá—: “ellos no son tus amigos, te van a querer emborrachar con el alcohol de la amistad para que te sientas cool y digas que ellos son lo máximo y unos genios del rock, y así van a arruinar el rock and roll y estrangular todo lo que amamos de él. Quieren comprar respetabilidad para una forma que es gloriosamente tonta, y el dia que el rock deje de ser tonto, es el día que va a dejar de ser real, y ahí ya solo se va a convertir en la industria de lo cool. Te digo, viniste en un momento muy duro para el rock and roll…Así que si vas a escribir sobre su música, sé honesto y no tengas piedad. Del 99% de cosas que pasan por rock and roll estos días, el silencio es más emocionante.”

Escucho a Lester y me pregunto si no pasará lo mismo con el cine en nuestros días. 

Las lecciones avanzan con las desilusiones de William, en la relación de “amistad” que mantiene con los chicos de la banda y con las chicas que los acompañan, especialmente el amor que crece por Penny Lane, que está, en ese momento de sus vidas en el que se cruzaron, en otra liga, enamorándose de rockeros que no la quieren y ya sabemos cómo sigue esa historia. Si se la cruzara más adelante sería posible que ella lo mirara, lo respetara, pero ahora, olvídalo. Penny le enseña a William a dejarse ir, a fluir, a vivir en el presente, a disfrutar la belleza del instante porque “It’s all happening”. Y fue hermoso ese momento. Pero con los pies en la tierra hay que hablar de las cosas como son, a Penny le rompieron el corazón por ser tan naive y casi se muere, en un intento de suicidio fallido. William le salvó la vida porque era el único al que de verdad le importaba. A Penny Lane la cambiaron en una apuesta por una caja de birra Heineken y 50 dólares. 

 

Cuando las cosas se desenvuelven más o menos como era lo esperable y le caen la ficha y la tristeza a William, es cuando se acuerda de Lester Bangs y lo llama. Lester, que no es cool y por eso siempre está en su casa, le atiende el teléfono y sin necesidad de que le cuente nada, lo consuela. Porque Lester es William. Porque nosotros somos William. Y antes de reconocer que somos William tratamos por todos los medios posibles de ser todos los otros. Por eso lloramos, al escuchar, cuanto más hunde el cuchillo con franqueza: “La única moneda verdadera en este mundo en bancarrota es lo que compartes con alguien más cuando no sos cool.”

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