Wes Anderson: ¿estilo agotado o en constante expansión?

“En The Phoenician Scheme, Wes Anderson vuelve a deslumbrar con su precisión estética y un elenco estelar, pero la ligereza y repetitividad de la trama acentúan la sensación de que su inconfundible estilo, antes expansivo, atraviesa ahora un estancamiento creativo.”

Por Felipe Jacobsen

Wes Anderson ha construido una carrera que se sostiene en una estética reconocible al instante: simetrías obsesivas, colores pastel que se convierten en una paleta emocional, personajes que hablan con un deadpan imperturbable y una ironía melancólica que atraviesa cada historia. Sin embargo, con The Phoenician Scheme parece que la pregunta inevitable ya no puede esquivarse: ¿su estilo es un motor en expansión o un mecanismo que empieza a dar vueltas sobre sí mismo sin dirección clara? La película arranca con un despliegue de comicidad física y energía absurda —el empresario Zsa-Zsa Korda (un Benicio del Toro hierático y perversamente gracioso) sobrevive a su sexto accidente aéreo en una secuencia tan delirante como gratuita— que invita a pensar que Anderson se ha permitido filmar su comedia más ligera. Y aunque es cierto que se trata de una de sus cintas más disparatadas, donde proliferan gags visuales y exageraciones cartoonescas, también es una obra que se aproxima a terrenos más bíblicos y burocráticos, intentando hablar de la corrupción, de los lazos familiares y de la manipulación de los poderosos. El problema es que lo hace con tanta superficialidad que el trasfondo se deshace como humo: lo que podría ser una sátira de peso sobre la política, la fe y los negocios, se reduce a una mascarada donde la forma eclipsa el fondo, algo que ya le reprochaban desde The French Dispatch pero que aquí alcanza un punto crítico.

El entramado argumental confirma esa sensación de ligereza forzada. Zsa-Zsa Korda decide que su hija Liesl, una monja fumadora interpretada con aplomo por Mia Threapleton, debe convertirse en su heredera frente a sus nueve hijos, adoptados en parte como un experimento estadístico para obtener un genio en la familia. Lo que sigue es un periplo de tratos con príncipes, magnates, primos oportunistas y tíos desquiciados, que lo llevan a jugarse la vida mientras negocia contratos y evita atentados. La galería de personajes es tan amplia como excesiva: Riz Ahmed, Tom Hanks, Bryan Cranston, Scarlett Johansson, Jeffrey Wright, Benedict Cumberbatch, Mathieu Amalric, Rupert Friend y, por supuesto, Bill Murray como Dios. La lista parece diseñada más para llenar un cartel publicitario que para sostener una trama coherente. Aunque resulta divertido ver a Michael Cera robarse escenas como un torpe tutor noruego, o a Cumberbatch desatarse en un duelo fratricida grotesco, la sensación predominante es que la película confunde acumulación con profundidad. Anderson parece más interesado en coreografiar encuentros absurdos y decorados minuciosos que en dar consistencia a una narración que se hunde en su propio barro.

Hay quienes encuentran fascinante que cada intento de asesinato contra Korda derive en viñetas celestiales en blanco y negro, con Murray, F. Murray Abraham y Willem Dafoe interpretando a divinidades caprichosas que interrogan al magnate sobre su vida corrupta. Es un recurso visual atractivo, pero también evidencia la falta de compromiso con el tema: la crítica al poder económico y la meditación sobre el más allá quedan reducidas a viñetas estilizadas que no arriesgan nada. Se insinúa que Korda, un híbrido entre Onassis y Hughes, podría iniciar un proceso de redención al reconocer los límites de su brutalidad empresarial, pero Anderson nunca permite que esa línea crezca, porque la comedia ligera lo arrastra hacia lo intrascendente. El resultado es un film que parece pedir ser tomado en serio y ridiculizado al mismo tiempo, sin lograr un balance. Si en Asteroid City había al menos una sensación de densidad emocional, aquí predomina lo anecdótico, como si Anderson hubiese optado por hacer un pastiche de sí mismo, confiando en que el estilo bastaría para ocultar la fragilidad de la estructura narrativa.

Eso no significa que no haya destellos de lo que sigue haciendo de Anderson un director singular. El despliegue visual es impecable: los sets son auténticos dioramas en movimiento, las coreografías actorales se integran en un ballet de precisión y cada encuadre podría colgarse en una galería de arte contemporáneo. La comicidad, en sus mejores momentos, recuerda al slapstick clásico con un barniz moderno, y hay pasajes donde la risa se impone incluso a la incredulidad del espectador. Además, el trabajo de actores como Cera o Threapleton demuestra que Anderson todavía puede encontrar nuevas formas de explotar su estilo: el primero brilla con un humor físico inusual en la filmografía del director, y la segunda encarna con convicción el choque entre espiritualidad y capitalismo que, en teoría, sostiene la película. Sin embargo, estos aciertos parecen parches luminosos en un tapiz deshilachado, momentos que destacan precisamente porque contrastan con la sensación general de que la historia está improvisada sobre la marcha.

La paradoja de The Phoenician Scheme es que funciona mejor cuando se asume como un disparate autoconsciente, un divertimento que se complace en su propio artificio, y peor cuando intenta disfrazarse de reflexión filosófica sobre la moral, el poder y la familia. Anderson se burla de los oligarcas que manipulan gobiernos y adopta niños como si fuesen fichas de ajedrez, pero nunca llega a incomodar ni a escarbar en la realidad que parodia. La película avanza como un tren que acumula vagones pintorescos pero pierde de vista la estación de llegada, y eso deja al espectador atrapado en un bucle de situaciones estrafalarias que no conducen a nada. Por más que se reconozca el virtuosismo visual y la capacidad para convocar a un elenco espectacular, la sensación de déjà vu se impone: cada simetría, cada gag, cada diálogo monocorde nos recuerda que Anderson sigue siendo Anderson, pero sin la frescura de hace una década. La pregunta ya no es si su estilo se agota, sino si él mismo se ha resignado a explotarlo como una fórmula inamovible.

En definitiva, The Phoenician Scheme no es una película despreciable; al contrario, resulta demasiado agradable como para odiarla. Sus excesos son, a ratos, entrañables, y su humor absurdo puede arrancar carcajadas incluso a los escépticos. Pero también es difícil imaginar que alguien la considere la mejor obra de Anderson, o que logre trascender como lo hicieron The Grand Budapest Hotel o incluso la más arriesgada Asteroid City. Es una película fácil de ver, imposible de confundir con la de otro director, y al mismo tiempo un recordatorio de que la genialidad de un estilo puede convertirse en su propia cárcel. En su afán de expandirse hacia lo bíblico y lo político sin renunciar al chiste tonto, Anderson entrega una obra que divierte pero apenas roza la superficie de sus grandes temas. Tal vez el mayor peligro que enfrenta no es que lo critiquen por repetirse, sino que el público empiece a mirarlo con indiferencia, celebrando su minuciosa artesanía sin esperar nada más.

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CARTELERA MARZO: