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La conversación — Una lectura contemporánea Por Ezequiel De Rosso
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Crítica
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Yes, Nadav Lapid

Visits from a Distant Relative (2026), de Inês Oliveira

"La respuesta es una máquina del tiempo que, de paso, devuelve a una autora al lugar que le correspondía, y que recuerda que detrás de cada mito del cine de autor hubo siempre alguien más mirando."

Una vampira en el set

Hay un oficio del cine que vive en tierra de nadie: el del fotógrafo de rodaje. Forma parte del equipo pero no de la puesta; registra lo que otros construyen y, mientras tanto, construye otra cosa. Alguien en Visits from a Distant Relative define a Mariana Viegas como una vampira, y la imagen es exacta: una presencia que se alimenta de lo que pasa frente a la cámara sin quedar nunca del todo dentro del cuadro. Durante siete años, a mediados de los noventa, Viegas fotografió los rodajes de Šarūnas Bartas, Pedro Costa, João César Monteiro y Manoel de Oliveira. Fueron, aunque nadie lo supiera entonces, algunos de los últimos sets de una época en que el 35mm era la norma y la fotografía conservaba algo de alquimia, de espera, de químicos en la oscuridad. Inês Oliveira, que la conoce hace décadas y compartió con ella el ambiente artístico lisboeta, decidió abrir ese archivo y convertirlo en película.

El resultado, estrenado en la competencia portuguesa de Doclisboa, es menos un documental sobre grandes autores que un retrato de quien los miraba. Oliveira tenía todo servido para rendirse a la cinefilia: Ossos, Few of Us, Le Bassin de J.W., Party o Inquietude siguen funcionando como contraseñas del cine de arte europeo. Pero elige otro eje. Le interesa cómo una mujer de 26 años se movía entre directores consagrados, casi todos hombres, y cómo esa misma mujer, ahora de 56, vuelve sobre sus propias imágenes. Las fotos funcionan entonces como disparadores de relatos, y el más perturbador llega desde Siberia, adonde Viegas viajó con Bartas: el helicóptero que la llevó a la aldea traía también un cargamento de vodka, y durante tres días los adultos bebieron hasta perderse mientras los chicos quedaban librados a su suerte. No hubo escuela ni pan, porque el panadero también estaba borracho. Los retratos de esos niños, tomados al margen de la ficción que se filmaba, son de una tristeza difícil de sacudir.

Con Costa, en cambio, su cámara tuvo una función casi pedagógica: los actores no profesionales aprendían a ser mirados a través de ella antes de enfrentar el rodaje. Por la película pasan además Paulo Branco, productor de casi todo aquel cine, que todavía habla de sus directores como creadores de mundos más intensos que la realidad, con un romanticismo autoral que el documental registra sin subrayar; el director João Botelho, la vestuarista Isabel Favila y el actor Francisco Nascimento. Pero ninguno de ellos desplaza el centro, que es la voz de Viegas, su manera de narrar, su exposición sin red ante un material que es también su propia juventud.

Hecha con apenas 50 mil euros, Visits from a Distant Relative tiene la modestia de sus medios y la ambición de su pregunta: qué queda de un cine cuando se lo mira desde el costado. La respuesta es una máquina del tiempo que, de paso, devuelve a una autora al lugar que le correspondía, y que recuerda que detrás de cada mito del cine de autor hubo siempre alguien más mirando.

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