“Entre el mito y la catástrofe”
Por Fernando Bertucci
El director surcoreano Syeyoung Park propone una visión demoledora del futuro, donde la reunificación de las dos Coreas no trae la esperada prosperidad, sino un escenario aún más opresivo y sombrío. La acción se sitúa en un tiempo indeterminado después de un cataclismo ecológico que tiñó el cielo de rojo y volvió tóxicas las aguas del océano. El desastre, ocurrido demasiado lejos en la memoria colectiva, apenas conserva rastros en la conciencia de los personajes, pero sus efectos son palpables: sequías interminables, ciudades amuralladas y un pueblo sometido por un régimen totalitario que convierte la escasez y la suciedad en símbolos de sacrificio patriótico. En este paisaje devastado surge la figura de los llamados Omegas, hombres y mujeres que, tras trabajar en aguas contaminadas, desarrollaron mutaciones físicas: aletas en la base de la columna. Convertidos en parias, son expulsados tras los muros que cercan las urbes y explotados como mano de obra esclava. La propaganda estatal los demoniza, utilizándolos como el enemigo externo que alimenta el miedo y asegura obediencia, reproduciendo la lógica de hostilidad que durante décadas dividió a Corea del Norte y Corea del Sur. Su sola existencia recuerda que el régimen necesita monstruos para mantener el control.
La trama se concentra en tres personajes cuyas trayectorias se entrecruzan en la última parte de la película. Sujin, una joven funcionaria del gobierno, es entrenada para detectar y cazar Omegas ocultos entre la población. Su lealtad comienza a tambalear cuando se topa con Mia, una mutante que ha logrado sobrevivir amputándose la aleta y dirigiendo una misteriosa tienda de pesca subterránea. A ese lugar, recreación nostálgica de un pasado donde era posible pescar en el mar, acuden clientes en busca de consuelo. Allí también llega un Omega sin nombre, que ha escapado de los muros para entregar a Mia los restos de su padre muerto. Entre los tres no se forja una épica ni un relato heroico, sino una tragedia seca, sin esperanzas, donde los individuos apenas logran reconocerse en medio de la desconfianza. Estéticamente, The Fin se erige como un viaje hipnótico. Park utiliza filtros de color que van del rojo contaminado al gris del totalitarismo, y sorprende con la calidez azulada y amarilla del escondite de Mia, evocando atmósferas de cineastas como Wong Kar-wai o Hou Hsiao-hsien. El contraste entre esos refugios íntimos y el desierto exterior potencia la melancolía de un mundo en ruinas. La música de Seokyoung Haam y la cuidada edición sonora refuerzan la dimensión onírica de la propuesta, en la que el espectador queda atrapado más por la experiencia sensorial que por la lógica narrativa.
Lejos de ser solo un relato futurista, The Fin funciona como una parábola política sobre la manipulación, la alteridad y la repetición de viejas violencias bajo nuevas máscaras. Park diseña una fábula amarga donde el dolor físico y el emocional se confunden, y donde los mitos –como el supuesto grito mortal de los Omegas– sirven más para encubrir injusticias que para revelar verdades. Su fuerza radica en esa mezcla de belleza y desesperanza que convierte a la película en una de las apuestas más singulares del cine coreano reciente.