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CALIGARI

Mato seco em chamas (2022), de Joana Pimenta y Adirley Queirós

Mato seco em chamas (2022), de Joana Pimenta y Adirley Queirós

La memoria del territorio se escribe con fuego

Por Candelaria Carreño

 

“oh noite de trapaça, cidade deserta

eles vêm para seduzir

meninas da vizinhança

lindas mulheres confiantes

seus corpos em chamas queimando até o amanhecer

esta explosão de sensações

todos unidos em um só coração

como um mato seco en chamas

queimando explodindo

emoções

fogo de desejo e paixão

com emoção”

 

Mato Seco en Chamas, Banda Muleka 100 Calcinha

 

Futuros distópicos que no parecen tan lejanos. La memoria del territorio se escribe con fuego, desde el cuerpo. Mato seco en Chamas (2022) es una película ignífuga porque transcurre en una realidad que está prendida fuego. Una vez más, en el cine de Adirley Queirós, esta vez en dupla con Joana Pimenta, la etnografía de la ficción se hace presente. Una vez más, la favela de Sol Nascente, ubicada en la periferia de Ceilândia, muy cerca de Brasilia es el escenario elegido. Escenario es un decir: las fisuras (porque no son cruces, en el cine de Adirley Queiros son fisuras) entre documental y ficción agrietan el relato, suturando la pantalla.

 

No sé bien cómo abordar este texto. No sé cómo atravesar la película. Lo comenté con amigas, en las brechas de los tiempos libres del festival. Pienso en el texto de Valentina Giraldo Sanchez, publicado en la rabia; quiero poder hacerme cargo de la vulnerabilidad de un texto. Textos vulnerables para películas inflamables. Rosario me dice: arranca por la escena que más te haya gustado de la película. Pienso que un festival de cine también es eso: poder pensar las películas en colectivo. Con mis amigas. Discutirlas. En un mundo utópico, accederíamos todas a vivir la experiencia de los festivales de cine, en distintos lugares del mundo. Pero no, no todas accedemos a esa posibilidad, y mucho menos a ocupar espacio de tomas de decisiones reales. 

 

La herida colonial que sangra: Mato seco en chamas: un grupo de mujeres en la noche, saquean la tierra, extraen petróleo, y sus pieles marronas se entremezclan con las manchas del negro carbonizado. Relucen a la luz del fuego. Son las dueñas de un pozo de extracción petrolífero ilegal, extraen sin descanso y luego comercializan el producto en su barrio. Sus empleados son una horda de motoqueros: ellas mandan, negocian el precio. No acatan, ordenan. Cierro los ojos y no vuelvo a la escena que más me gustó de la película. Me gusta, más bien, imaginar a las protagonistas, Chitara y Léa saqueando perforaciones petroleras fumando un cigarrillo tras otro, mientras sus rostros se iluminan por la brasa ardiente encendida por cada pitada, entre claroscuros logrados por los primeros planos, dueñas del territorio de Sol Nascente, mientras hablan de su vida. O que Andreia es la nueva gobernadora de Ceilândia, con su Partido Popular de los Presos, perreando reggeatones tan urbanos y callejeros como sus promesas de campaña. Cierro los ojos y las veo trabajando sin descanso, en la noche, como en las primeras escenas de la película. Disparando una bengala que atraviesa el cielo oscuro, llamada codificada para que la tribu se reúna alrededor del fuego. Rugiendo las motos que repartirán la nafta, cumpliendo sus utopías soterradas. En el cine de Adirley Queiros, la fisura entre realidad y ficción perfora la imagen y hace agujero adentro. Porque las protagonistas caen presas, sus personajes, pero también las actrices que los encarnan, que juegan a ser ellas mismas en pantalla. La distancia brechtiana irrumpe locuazmente en la película. Entonces, prefiero imaginarlas dueñas del territorio, como una especie de motomamis saqueadoras de petróleo en el barrio de Ceilândia. 

 

El texto se abre y me devuelve recuerdos. Las películas no son solo películas. Las películas son todo eso que pasa alrededor. Parece una obviedad, pero lo olvidamos. Tomo notas, escucho a Queirós y Pimenta luego de la proyección. Me cuesta digerir lo que acabo de ver. A mi amiga, compañera eventual de sala y visionado, le gustó mucho. Aún no sé qué pensar. Todas estas notas mentales las volcaré días después a un word que me acompaña los días de festival, y que apunto con mi celular en los tiempos muertos entre función y función. Mato seco en chamas va destilando con el paso de los días su gusto a triunfo en mi subjetividad. Adirley Queirós lo hizo de nuevo. Con una gramática propia del territorio que habita, lenguajes genuinos que suturan la herida colonial, es de los pocos cineastas latinoamericanos actuales que tiene con qué demostrar que le debemos poco y nada en nuestras filmografías a los centros hegemónicos de producción artística.  Quizás, por eso mismo, la circulación de su cine es escasa. Las películas no son solo películas, es todo lo que las acompaña.

 

Lograr una gramática propia del territorio también es lograr una gramática de las periferias que no sea condescendiente con la realidad a la que se acerca. En ese punto, no hay pudor de rozar lo políticamente incorrecto, especialmente para una progresía espectadora que puede observar con algo de reticencia que la extracción de petróleo, con lo que implica para el medioambiente, sea el medio de subsistencia y empoderamiento del grupo de mujeres que lidera la película. O que agiten la bandera de un partido de los presos para gobernar Ceilândia (¿es una lectura muy facilista pensar que, al fin y al cabo, nos gobiernan delincuentes?). Incluso que la religión evangelista sea tan importante en la trama, porque lo es para sus protagonistas. La ultraderecha es evangélica en Brasil, caldo de cultivo para sostener su ascenso al poder; quienes habitan los márgenes también se apropian, a su manera, de los credos conservadores. Como también hay una gran parte que es bolsonarista. De todas maneras, Mato seco en chamas sabe complejizar las diferencias. La cámara sale del barrio para filmar el festejo popular del ascenso político bolsonarista: una clase media, alta, urbana y blanca vitorea y festeja el ascenso del líder de la ultraderecha al poder. La cámara es estática, y toma un plano en 360°, que cubre todo: muestra la exuberancia discursiva aparatosa y nacionalista de quienes esa noche festejaron que Bolsonaro fuera el sucesor de Temer — cuentan Queirós y Pimenta que, por el aspecto lulista del director, tuvieron que mentir, argumentando que eran trabajadores de la televisión alemana; de esa manera, los manifestantes aceptaron que los filmaran–. La cámara se mueve con lentitud, hasta que vuelve a la periférica Sol Nascente. Un plano general, donde vemos a Andreia sobre los techos de la maquinaria que bombea, mientras fuma. A lo lejos una ciudad festeja, fuegos artificiales estallan en la línea del horizonte. Pero nada cambia en la favela, es como si fueran dos países, incluso dos naciones separadas: la blanca y bolsonarista que festeja en Brasilia, y la de los fuegos de tierra seca del barrio. Las irrupciones entre ficción y realidad se vuelven fisuras, y en el caso de Mato Seco en Chamas, a diferencia de Branco Sai, Preto Fica, (Adirley Queirós, 2015) o incluso Érase una vez Brasilia (Adirley Queirós, 2017) lo distópico cobra una dimensión sobrecogedora ya que se vuelve parte de un presente que poco tiene que ver con el futuro, sino con lo que ya es. Según Queirós, los territorios periféricos contienen una potencia ficcional que funciona como termómetro del futuro que se viene. En su última película dirigida junto a Joana Pimenta, el termómetro es mucho menos distópico que lo que una puede imaginar. 

Con la misma soltura en que se enfrenta a las contradicciones concernientes a lo religioso o lo político, la película habita lo queer, desde el territorio donde se enuncia. Tanto como cuando Lea y Chitara recuerdan a su padre –machista, abandónico, con familias pararelas– con una reivindicación que oscila entre el humor, respeto y cariño, como con la sexualidad de Lea, que no es fija, no está atada, va y viene. Su sueño en un futuro es regentear un prostíbulo y poder acostarse con todas las mujeres que quiera. ¿Cómo se vive y se habita lo queer desde la periferia? Queirós también lo sabe: solo podemos acercarnos desde afuera, ser apenas testigxs de lo que ocurre. Una etnografía de la ficción, apenas, nada más. Y nada menos. 

 

Vigilar el territorio. Cuidar lo propio. Hacer tierra (fuego) y plata en la hostilidad. Las mujeres de Mato Seco en Chamas vigilan en la noche y fuman. Fuman mucho, y cada cigarrillo que encienden entre barriles son indicios de lo inflamable, prueba de que juegan con fuego todo el tiempo. Incluso cuando se defienden de la tríada de militares que, montados en un tanque de policía futurista, pregonando canticos fascistas, patrullan las calles del barrio, en busca de delincuentes. Cuando las encuentran y deben hacer frente, Léa y Chitara disparan escudándose en los barriles, la cámara decide filmarlas a ellas. No sabemos quién dispara fuera. Lea empuña el arma y a los gritos les dice que ni se les ocurra, que de ahí las sacan muertas. Prendidas fuego. Apunta y dispara. Lea estuvo presa, también, en el transcurso de rodaje de la película: fisuras de la ficción que suturan la imagen. Las caratulas y los videos de las pruebas de la causa de Léa, irrumpen en pantalla. La documentación de lo real irrumpe, el distanciamiento brechtiano que juega con las delgadas grietas entre ficción y realidad. 

 

Escribo este texto que editaré en las próximas horas en el trayecto del colectivo, volviendo del Festival de Cine de Mar del Plata. No dejo de pensar que las películas no son solo películas. Vuelvo sobre el texto, lo edito. Pienso en su banda de sonido: aún resuena en mi cabeza el spot de campaña rapero inventado para el PPP. O la canción de la Banda Muleka 100 Calcinha homónima al título de la película, Mato seco en chamas. Resuenan en mi cabeza, y repaso el tráiler donde la cantante, de gira en las calles de la favela, baja de una combi para regalar su show al barrio; Andreia y Chitara bailan, mientras Léa abraza a una de sus chicas. Cuerpos gozantes que festejan. Como el plano en que perrean y transpiran cerveza y goce, arriba de un colectivo, en plan trencito de la alegría. Cuerpos que se tocan, juntos, que festejan. Cierro los ojos y las quiero seguir imaginando, extrayendo petróleo, dueñas gangsta de la favela. Sus historias dibujan las memorias de un territorio futuro, que es presente arrasado: una tierra seca en llamas. 

Mientras tanto pienso que las películas son todo eso que pasa alrededor de las películas, y un festival de cine es mucho más que un festival de cine.

Titulo: Mato seco em chamas 

Año: 2022

País: Brasil

Director: Joana Pimenta y Adirley Queirós

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