Buscar
Cerrar este cuadro de búsqueda.

CALIGARI

La sociedad de la nieve (2023), de J.A. Bayona

Esto es mi cuerpo

Por Andrés Brandariz

 

Juan Antonio Bayona reúne dos características que cualquier realizador solía reunir para convertir un gran presupuesto en un gran espectáculo: pericia técnica y sensibilidad para la emoción. Ambas confluyen en La sociedad de la nieve, en la cual Bayona toma momentánea distancia de Hollywood -el ecosistema que ha moldeado su sensibilidad durante los últimos 15 años- para volver al castellano, en una coproducción entre España, Chile y Uruguay apadrinada por Netflix. La película es un nuevo acercamiento a la tragedia de los Andes (la anterior era ¡Viven!, de Frank Marshall), a partir del libro homónimo de Pablo Vierci.

 

La proyección en el Auditorium de Mar del Plata -que contó con la presencia del director y fue homenajeado con un premio a la trayectoria- fue una experiencia intensísima, como pocas que haya vivido a lo largo del festival. El mismo día, asistí a la proyección de la más reciente película de otro español -la maravillosa Cerrar los ojos, de Víctor Erice- y el contraste no podría haber sido más rotundo, ni más representativo del rango dinámico que puede ofrecer un festival de este tipo. Si la emoción en Erice surge de un proceso acumulativo, de un proceso de contemplación y reflexión en el cual el relato nos devuelve siempre al cine como materia, La sociedad de la nieve es un maelström de estímulos de alto impacto que suspenden el juicio y nos impiden hacer otra cosa que mirar, mirar y mirar. Puedo suponer que algo de esto servirá para ejemplificar la famosa diferencia entre imagen tiempo e imagen movimiento.

 

Si en la trama diseñada por Erice priman el buen gusto y la lateralidad, aquí Bayona elige un relato que le plantea una frontera ética casi insalvable como cineasta: ¿cómo realizar una película de catástrofe basada en hechos reales, con sobrevivientes reales, sin recabar en la espectacularización y explotación de su dolor? Su acercamiento sorprende por lo directo y también por lo explícito. La secuencia del accidente del avión es algo que sólo Spielberg, Zemeckis o quizás Clint Eastwood habrían podido resolver de una manera tan virtuosa como conectada con el pathos: es brutal, violentísima, angustiante, pero de alguna manera consigue que una planificación muy compleja nos mantenga siempre adentro del relato. Cuando recordamos que, en algún momento y lugar, hubo alguien pegando planos aislados para generar semejante efecto, urge abandonar todo desdén y señalar en ello algo casi milagroso.

 

El mismo acercamiento es el que sostiene Bayona hacia uno de los aspectos más escabrosos de los hechos: el canibalismo al cual debieron recurrir los sobrevivientes para vencer al hambre y continuar con vida. La construcción dramática previa es robusta, y Bayona le ofrece tiempo y espacio en pantalla para macerar. Moviéndose en un terreno tan delicado era muy difícil indignar o, peor, perder la empatía del espectador. Nada de eso pasa y el director incluso le confiere al acto de quienes, antes de morir, ofrecen su cuerpo para la supervivencia de los otros una cualidad casi cristiana.

 

Esto no es una ocurrencia de Bayona: la frase escrita por Numa Turcatti (voz narradora durante la mayor parte de la película, una estrategia narrativa que remite a la de Spielberg en Rescatando al Soldado Ryan) al momento de su muerte era del Evangelio de San Juan: “No hay un amor más grande que dar la vida por los amigos“. A lo largo de la película, las referencias religiosas abundan y sos todo menos sutiles (aunque me pregunto si alguien puede ser sutil a la hora de incorporar imágenes religiosas en una película). Es así, despegándolo de los problemas de representación que ofrecerían sus aspectos más concretos, que Bayona convierte a la historia de los varados en los Andes en una parábola bíblica, en la cual la fe conquista todo sólo cuando el amor al prójimo se vuelve más grande que nosotros mismos.

Titulo: La sociedad de la nieve

Año: 2023

País: España

Director: J.A. Bayona