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CALIGARI

Fallen Leaves (2023), de Aki Kaurismäki

“Bebo demasiado porque estoy deprimido y estoy deprimido porque bebo demasiado”

Por Mauro Lukasievicz

 

Desde que Aki Kaurismäki presentó la trilogía del proletariado pasaron más de tres décadas. Aquella trilogía estaba compuesta por Sombras en el paraíso (1986), Ariel (1988) y La chica de la fábrica de cerillas (1990). Ahora con Fallen Leaves parece que mucho no ha cambiado en este universo que sigue teniendo varios tonos de gris y verde azulado, animado por algún toque ocasional de colores más llamativos en una chaqueta de mujer roja y brillante o en algún contenedor de basura de color azul chillón. Hombres y mujeres solitarios pasan sus días en trabajos aburridos y precarios de la clase trabajadora. Después de fichar, todavía van a bares donde beben, fuman y hablan entre ellos con frases exageradamente cortas e inexpresivas… si es que hablan, ya que la mayor parte del tiempo prefieren mirar solemnemente hacia adelante, dejando que sus cigarrillos ardan mientras suena rock en la máquina de discos que alguien encendió con una moneda que encontró en el fondo del pantalón viejo y gastado que lleva puesto.

 

Incluso las radios son modelos analógicos antiguos, aunque no hay duda de que son actuales, porque todo lo que parecen transmitir son noticias de los ataques aéreos rusos contra Ucrania, tal vez sea lo único nuevo o actual, y quizás la nostalgia característica de Kaurismäki no sea infundada. En cualquier caso, también tiene sus ventajas narrativas: cuando Ansa le da a Holappa su número de teléfono, en el comienzo de la historia de amor, si lo hubiera agendado en su celular en lugar de anotarlo en un papel, el viento no lo hubiera podido llevar en uno de los tantos momentos mágicos que provienen de dicha nostalgia. Además, la película no podría haberse dejado llevar por una encantadora secuencia de romanticismo de la vieja escuela, que muestra al devastado Holappa regresando noche tras noche al cine donde alguna vez vio junto a su amor la película The Dead Don’t Die (2019): el efecto de esta comedia de zombies sirve a la perfección para un divertido contraste de estilo que aunque solo parece ser un homenaje a Jim Jarmusch, gran amigo de Kaurismäki, también marca la pauta de que si bien todo está atravesado por la nostalgia la esperanza también está siempre presente, volver a ver una película con la esperanza de recrear aquellas circunstancias en las que se la vio, como si el cine por alguna especie de alquimia fuera capaz de retroceder el tiempo y hacernos encontrar a la persona que alguna vez amamos. 

 

En la misma escena del cine abundan los homenajes, cuelgan algunos carteles de películas de Bresson, de quien siempre se supo que Kaurismäki era un discípulo declarado y con quien comparte la capacidad de dotar a los gestos de los personajes de un tremendo poder emocional. Como cuando Holappa conoce por primera vez a Ansa, que acaba de perder dos trabajos en pocos días, cada pequeño acto de bondad, ya sea comprarle un rollo de canela o invitarla a ver una película, es profundamente conmovedor. Su beso en la mejilla antes de partir se registra como una afirmación triunfante de que efectivamente hay esperanza, aunque eso desaparezca rápidamente cuando finalmente pierde su número de teléfono. 

 

Como en todas las películas de la vieja trilogía del proletariado de Kaurismäki, el amor representa la única posibilidad de los personajes de trascender, o al menos sobrevivir, a la dura realidad de la vida bajo el capitalismo. Ansa y Holappa reconocen su salvación en el otro y, aunque su relación es más dulce, más inmediata y amorosa que la de sus predecesores, el peligro siempre está latente, ya sea por el mismo sistema laboral o por los problemas con el alcohol de Holappa. Es el tipo de alcohólico que esconde botellas en el trabajo, a pesar de tener que manejar grandes máquinas, y toma tragos de una pequeña petaca cada vez que otros le dan la espalda. “Bebo demasiado porque estoy deprimido y estoy deprimido porque bebo demasiado”, le dice a un amigo. Estamos ante un tipo de personaje ¿Kaurismakiano? que ya perdió a su padre y hermano a causa del alcohol, de un personaje que necesita tocar fondo para poder reflotar y que su gran amor lo acepte en el viejo juego de “la botella o yo”. 

 

Los pequeños detalles del mundo de Fallen Leaves son los que siguen generando en el cine de Kaurismäki un amor por el cine en sí mismo y una forma de entender no solo su mundo sino el mundo tal como lo ve. La forma en la que el primer sonido que escuchamos parece ser diferente de lo que deberíamos escuchar, como si hubiera una falla en el sistema, solo para que el mismo sonido regrese en la mitad de la película, pero ahora en la forma que esperábamos al principio y en el lugar que creemos correcto, la tragedia generada inicialmente, y adrede por el director, para que finalmente nos muestre que todo puede mejorar. O la forma en que Ansa, que tiene su propia y pequeña casa, en la que todo está organizado para una sola persona, tiene que comprar un segundo plato, cuchillo y tenedor cuando viene alguien a cenar. No es sólo un detalle divertido y poético sino también revelador del mundo, Ansa es una mujer de clase trabajadora que salta de un trabajo mal pagado a otro, y si bien su independencia es invaluable para ella, y su propio espacio vital permite serlo hasta cierto punto, no tiene dinero para mucho más, la vida no le permite mucho más. Para Kaurismäki el mundo, su mundo, se trata de personas que intentan sobrevivir en el lugar en el que nacieron, de lograr encontrar un poco de esperanza en los desesperanzados y mostrar que también hay humor en el fracaso. Fallen Leaves termina siendo parte de aquella trilogía del proletariado, pero mantiene fuerte y con vigencia ese otro lado de la esperanza.

Titulo: Fallen Leaves

Año: 2023

País: Finlandia

Director: Aki Kaurismäki