“Youth Sculpted”
Por Natalia Llorens
La tercera película de Julia Ducournau, Alpha, se aleja del efectismo visceral y los estallidos corporales que marcaron sus anteriores trabajos, Raw y Titane. Aquí el horror persiste, pero se decanta por una tristeza más soterrada, más melancólica. La amenaza ya no está en el cuerpo que muta violentamente, sino en el cuerpo que se enfría y se endurece hasta convertirse en piedra. En esta metáfora contundente y lírica, Ducournau imagina una enfermedad que transforma lentamente a los infectados en estatuas, condenados a convertirse en monumentos mudos a su propio sufrimiento. La joven Alpha, con apenas trece años, parece no tener miedo a nada. Se mueve con una rebeldía torpe pero decidida: bebe, fuma, se tatúa en una fiesta con una aguja dudosa y se involucra con un compañero de clase comprometido. Su madre, médica en un hospital diezmado por la epidemia, intenta contenerla, pero también se desborda. No es solo el miedo al virus lo que la desestabiliza, sino el terror de perder a otro ser querido. El hermano de la madre, Amin, ya ha sido infectado. Aparece en casa como un espectro demacrado, un cuerpo que se aferra a lo poco que le queda de vida.
Ducournau convierte esta enfermedad no solo en un riesgo biológico, sino en un estigma social. La enfermedad, que nunca recibe un nombre concreto, evoca inevitablemente a la crisis del sida en los años 80. La mirada ajena está cargada de miedo, prejuicio y repulsión. Cuando Alpha ve a su profesor en una sala de espera junto a su pareja enferma, es la única que no se aparta con asco. El gesto es mínimo, pero dice mucho. Los enfermos de Ducournau son mártires silenciados, cuerpos relegados a la marginalidad, cuya transformación en piedra los convierte en memoria física del abandono.
La película habita un terreno difuso entre el presente y el recuerdo, desdibujando líneas temporales, repitiendo gestos y peinados como únicas señales para orientarse. Este recurso de saltos temporales, a veces confuso, no pretende organizar la narrativa, sino transmitir la vivencia misma del duelo, con su lógica no lineal y su mezcla de tiempos superpuestos. En medio de este desorden, los vínculos se reconfiguran: el que se establece entre Alpha y su tío agonizante es el más honesto, quizás porque está despojado de toda pretensión. En sus momentos compartidos, hay ternura, rabia y complicidad. Aunque su propuesta parezca distópica, Alpha no habla tanto del futuro como del pasado y del presente. Del miedo al contagio, del castigo al deseo, de las heridas que aún supuran y de la vergüenza que sigue siendo enseñada, o silenciada, en las aulas. Pero también, y sobre todo, de cómo el dolor se hereda. Del modo en que el miedo y la pérdida nos moldean, como el viento a la piedra.