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En un festival donde todos corren… Sobre la muestra Walker de Tsai Ming-Liang en el Festival de San Sebastián

"La idea es mínima. Lee camina. Pero en la repetición de ese gesto aparece una de las exploraciones más profundas de Tsai: qué ocurre cuando una imagen deja de estar sometida a la velocidad habitual de nuestra mirada."

Yes, Nadav Lapid

En medio del ritmo acelerado del Festival de San Sebastián, donde las películas se suceden, las salas se llenan y el tiempo parece siempre insuficiente, Tsai Ming-Liang propone detenerse. En Tabakalera, Walker reúne tres trabajos de una de las series más singulares de su filmografía: No Form (2012), Walker (2012) y Journey to the West (2014). Al mismo tiempo, el cineasta taiwanés presenta en Zabaltegi-Tabakalera La deriva (Dust), una nueva película rodada en San Sebastián y sus alrededores. La coincidencia convierte a la ciudad en una nueva estación de una investigación que Tsai desarrolla desde hace más de una década.

El protagonista es siempre Lee Kang-sheng, colaborador fundamental del director desde Rebels of the Neon God (1992), convertido aquí en un caminante que avanza a una velocidad casi imperceptible. Con su túnica roja, muchas veces descalzo, atraviesa calles, edificios y paisajes mientras todo a su alrededor continúa moviéndose. La figura está inspirada en Xuanzang, el monje budista chino que durante la dinastía Tang viajó hacia la India en busca de escrituras sagradas. Tsai transforma aquella referencia histórica en una presencia contemporánea que ha atravesado ciudades como Hong Kong, Taipéi, Marsella, Tokio y París.

La idea es mínima. Lee camina. Pero en la repetición de ese gesto aparece una de las exploraciones más profundas de Tsai: qué ocurre cuando una imagen deja de estar sometida a la velocidad habitual de nuestra mirada. El caminante no tiene que llegar a ningún lugar determinado. Su recorrido importa menos que la duración del recorrido. Frente a la circulación permanente de las ciudades, su cuerpo parece obedecer otras leyes físicas. En la exposición, esa operación adquiere una dimensión particularmente física. Las imágenes no reclaman atención mediante acontecimientos ni buscan conducir al espectador hacia una conclusión. Hay que permanecer frente a ellas. Dejar que transcurra el tiempo. Al principio puede parecer que no sucede demasiado; después, lentamente, cambia la percepción del espacio. Los movimientos de quienes aparecen alrededor, los sonidos, las distancias y pequeños detalles que normalmente quedarían relegados al fondo comienzan a adquirir otra importancia.

Ahí reside también el riesgo de Walker. La experiencia puede ser hipnótica o exasperante, y probablemente tenga que ser ambas cosas. Tsai no busca hacer de la lentitud una cualidad decorativa. La convierte en una condición para mirar. Frente a unas imágenes que no parecen tener ninguna urgencia, el espectador descubre su propia impaciencia.

La presencia de La deriva (Dust) completa la propuesta. Rodada en San Sebastián, la película vuelve a colocar a Lee en espacios reconocibles de la ciudad, pero sin convertirlos en postales. El mar, los bosques, las calles y otros lugares aparecen atravesados por el mismo cuerpo extraño que ya recorrió otras geografías. San Sebastián deja de ser entonces un simple escenario y se incorpora a la lógica de la serie.

La elección resulta especialmente significativa durante el festival. Mientras Zinemaldia transforma la ciudad en una sucesión permanente de desplazamientos, encuentros y horarios, Tsai introduce una figura que parece ignorar por completo ese ritmo. Lee camina mientras alrededor suyo todos hacen prácticamente lo contrario: corren, llegan tarde, se cruzan, desaparecen. La imagen puede verse incluso como una pequeña anomalía dentro del propio festival.

Pero Tsai no contrapone simplemente velocidad y lentitud. Su cine trabaja sobre la posibilidad de percibir aquello que la velocidad elimina. Una ciudad deja de ser un conjunto de lugares que atravesamos para convertirse en algo que podemos observar. Un cuerpo deja de ser una figura que se desplaza dentro de un plano para convertirse en una medida del tiempo. Por eso Walker funciona tan bien fuera de la sala de cine. La instalación permite entrar y salir, permanecer unos minutos o quedarse mucho más tiempo. No existe la obligación de consumir la obra completa ni de seguir una estructura narrativa. El espectador establece su propia relación con la duración, algo que parece especialmente coherente con el proyecto de Tsai. Después de tantos años y tantas ciudades, el caminante conserva su capacidad de producir una imagen extraña. No porque haya cambiado demasiado, sino porque el mundo que lo rodea sí lo ha hecho. Cada nueva ciudad modifica aquello que significa verlo avanzar. En San Sebastián, además, esa lentitud se encuentra con una ciudad particularmente acelerada durante unos días del año.

La exposición no necesita explicar su sentido. Basta con quedarse frente a las imágenes durante el tiempo suficiente para que la propuesta empiece a funcionar. El mundo continúa pasando, la gente continúa moviéndose y el festival continúa corriendo de una película a otra. Lee Kang-sheng, en cambio, sigue caminando. Quizás ahí esté la imagen más precisa que Tsai Ming-Liang deja en San Sebastián: en una ciudad que durante unos días parece no tener tiempo para nada, un hombre que se toma todo el tiempo del mundo para dar un solo paso.

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