“El conde reciclado: apropiación y excesos”

Por Mauro Lukasievicz

La nueva película de Radu Jude no es una simple adaptación de la novela de Bram Stoker ni una reinterpretación más del célebre vampiro. Es un ejercicio irreverente y expansivo que, bajo su fachada de comedia desatada y collage audiovisual, se revela como un ensayo vibrante sobre el cine contemporáneo, el tiempo que vivimos y nuestra relación con las imágenes. Lejos de buscar una “versión definitiva” de la historia, Jude la utiliza como pretexto para explorar la cultura actual, sus tensiones y contradicciones, su capacidad para reciclarse sin cesar y su voraz apetito por lo efímero. Desde el primer plano, queda claro que no estamos ante un homenaje solemne. La película se abre con una serie de retratos generados por inteligencia artificial de Vlad Țepeș, cada uno repitiendo una frase obscena al espectador. Es un arranque que funciona como declaración de intenciones: la IA está aquí, no para sustituir al cineasta, sino para evidenciar la naturaleza parasitaria y repetitiva de nuestra cultura visual. En manos de Jude, la tecnología se convierte en herramienta crítica, capaz de mostrar, con toda su torpeza y glitch, que la apropiación, la distorsión y el vaciado de significado llevan siglos ocurriendo. La historia principal sigue a un joven director que, tras un test de público poco favorable, decide “rescatar” su película de vampiros recurriendo a un bot transilvano. Lo que sigue es una sucesión de episodios que reescriben y deforman el mito de Drácula en todas direcciones posibles: un Nosferatu invadido por anuncios de spam, un Vlad capitalista que explota a trabajadores para vender cuentas de videojuegos, un museo turístico donde la historia se reduce a souvenir, o un relato erótico delirante inspirado en el folclore rumano. Cada pieza tiene su propio tono y estética, y todas juntas forman un mosaico que parece improvisado, pero que obedece a una lógica clara: mostrar cómo las historias sobreviven devorándose unas a otras.

La inteligencia artificial es, sin duda, una presencia constante, pero no es el centro del filme. Jude no cae en el discurso apocalíptico ni en la fascinación tecnológica; la usa como catalizador de ideas. Al exponer sus limitaciones, imágenes deformes, cuerpos mal ensamblados, texturas que rozan lo grotesco, convierte a la IA en metáfora de un sistema cultural que se alimenta de fragmentos del pasado sin importar la coherencia del resultado. Las escenas más divertidas no provienen de su “precisión” digital, sino de su imperfección absoluta, de esa incapacidad para reproducir la chispa humana. Así, lo artificial no reemplaza a lo real: lo parodia, lo exagera, lo desnuda. El otro gran eje de la película es la relación entre Rumanía y el mito de Drácula. Jude retrata con humor ácido el turismo de Transilvania, una industria que ha convertido a Vlad en una marca global y a su historia en un espectáculo. Una de las tramas recurrentes se sitúa en un teatro decadente donde se escenifica una experiencia “inmersiva” en la que los visitantes persiguen a un actor disfrazado de Drácula por las calles, entre bromas sexuales y momentos de auténtico delirio. Es un retrato burlón de cómo el patrimonio histórico (o no tanto en este caso) se convierte en entretenimiento banal, y de cómo las comunidades locales negocian con esa imagen exportada al mundo. Para algunos, Stoker es una mina de oro; para otros, una distorsión superficial que oculta una historia mucho más rica. Este Dracula es tanto una crítica como una celebración, un reconocimiento de que, aunque el mito pueda simplificar y trivializar una cultura, también le da visibilidad y recursos. Esta ambigüedad recorre toda su obra, siempre a medio camino entre el cariño y la sátira. Aquí Radu Jude cita a Beckett y a Eco con la misma soltura con que incluye persecuciones con antorchas, diálogos de doble sentido y dildos animados. Nada es sagrado: ni la alta cultura, ni la baja, ni la historia oficial, ni el propio cine en esta fiesta de libertades. Rodada en gran parte con iPhone, al igual que sus películas anteriores, y apoyada en escenografías mínimas, combina el look digital barato con fragmentos de archivo, recreaciones teatrales y animaciones generadas por IA. Este contraste de texturas subraya el carácter mutante de la propuesta, que avanza como una revista de variedades: números musicales, sketches, adaptaciones imposibles, monólogos filosóficos, gags visuales. La sensación es la de estar viendo varias películas a la vez, todas conviviendo en un mismo espacio caótico. En Dracula esa dispersión no es un defecto: es parte del concepto. Jude entiende que vivimos en un flujo constante de imágenes y relatos que se entremezclan sin jerarquía. En ese sentido, Dracula es profundamente contemporánea: refleja el zapping cultural en el que todos estamos inmersos, esa convivencia natural entre lo sublime y lo ridículo, lo histórico y lo banal. El filme es, en sí mismo, un ecosistema donde Chaplin y TikTok, Ceaușescu y OnlyFans, literatura gótica y memes digitales pueden compartir planos.

Al mismo tiempo, en Dracula hay una lectura política amplia. El vampiro, como figura que se alimenta de otros para sobrevivir, se convierte en símbolo de sistemas de explotación que trascienden el mito. Jude vincula a Vlad con empresarios sin escrúpulos, industrias extractivistas y lógicas capitalistas que chupan recursos humanos y culturales. Incluso el propio cine, sugiere, es un vampiro que se regenera apropiándose de formas y contenidos ajenos. La comicidad del filme de Jude, descarada, sexual, grotesca, no anula su dimensión reflexiva. Es capaz de pasar de un chiste obsceno a una cita filosófica sin cambiar el tono, de alternar un gag físico con un comentario histórico. Ese equilibrio es clave para que la película no se convierta en un ejercicio académico ni en un simple show de provocaciones. Su irreverencia no busca el escándalo gratuito, sino abrir grietas en las ideas preconcebidas, forzar a la audiencia a ver lo familiar desde ángulos insospechados.

Titulo: Dracula

Año: 2025

País: Rumania

Director: Radu Jude

 

Jueves 5 y 19 de febrero / 20hs

ARTHAUS / Bartolomé Mitre 434. CABA

Director: Abbas Fahdel / 2025

Selecciones: Locarno 2025 (Ganadora Mejor Dirección) – DocLisboa – Tallinn Black Nights – Ji.hlava International Documentary Film Festival – Viennale – El Gouna Film Festival – Seminici