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The Shining — Una lectura contemporánea Por Julieta Amalric y Jazmín López
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Crítica
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Yes, Nadav Lapid

Return to a Strange Land (2026), de Olga Malířová Špátová y Jiří Kylián

"Su materia es universal: el miedo a no haber sido amado, el deseo de que algo de uno sobreviva, la ternura como manera de resistir el paso de los años."

Lo que queda en la arena

Jiří Kylián puso una sola condición para dejarse filmar: que la película escapara del retrato biográfico de manual, con sus entrevistas en sillón y su desfile de discípulos agradecidos. Olga Malířová Špátová tomó esa exigencia como punto de partida formal y armó Return to a Strange Land en un único escenario, las dunas de Terschelling, una isla del norte holandés donde la tierra es tan chata que el cielo parece apoyarse sobre ella y el mar le devuelve la luz en tonos que cambian cada hora. Sobre esa franja de arena caminan dos cuerpos viejos. Kylián y Sabine Kupferberg, su mujer, su intérprete y la voz física de sus ideas durante medio siglo, avanzan como una pareja de vagabundos salida de Beckett que busca el sitio justo para un pícnic y lo posterga una y otra vez. La premisa tiene algo de chiste, y la película la sostiene con una dignidad de payaso: tropiezos, gestos que quedan a mitad de camino, una canasta que pesa demasiado. El humor funciona como la forma más elegante de mirar de frente lo que viene.

Y lo que viene es el final. El título retoma una pieza que Kylián compuso de muy joven, cuando la muerte repentina de su maestro lo empujó a pensar en la propia. Ahora, cerca de los ochenta, vuelve sobre esa intuición con una serenidad nueva: regresar a la tierra equivale a quedarse de otra manera, en los demás, en lo que uno amó, en los cuerpos que aprendieron un movimiento y lo siguen repitiendo después. La arena que el viento redibuja cada tarde es la metáfora más evidente del film, y también la que mejor trabaja.

Por primera vez, el coreógrafo aparece en escena junto a la mujer para la que inventó tantas danzas, y ese gesto desplaza el centro de gravedad. Durante décadas ella fue el instrumento; acá emerge también su biografía, la de una nena apartada por sus padres que pasó la vida buscando sentirse querida. En ese punto el ensayo poético se abre al relato humano, y la directora, hija de un documentalista que a los treinta y pico ya filmaba la vejez y la soledad, entiende que esa herida es el corazón de la película.

La cámara coreografía tanto como registra. Los archivos de ballets célebres, donde Kupferberg brilló durante años, se cuelan entre las dunas, se superponen al paisaje, conversan con él. El último cuarteto de Beethoven acompaña algunos pasajes con una gravedad que la imagen equilibra con viento, gaviotas y silencio. Bajo esa luz casi irreal, cada plano tiene la composición de una pintura, y la belleza por momentos amenaza con volverse autosuficiente, encerrada en su propio esplendor.

La propuesta asume además su costado de monumento: un artista consagrado que se filma a sí mismo con plena conciencia de su lugar en la historia, algunas frases que rozan la filosofía de almanaque, un ritmo lento que reclama un espectador contemplativo, dispuesto a entregarse a la respiración de las mareas. Su materia es universal: el miedo a no haber sido amado, el deseo de que algo de uno sobreviva, la ternura como manera de resistir el paso de los años. Interpela a cualquiera que se haya preguntado qué queda de una vida, conozca o ignore el mundo de la danza, tenga veinte años u ochenta. El título de trabajo era Sehnsucht, esa palabra alemana que nombra un anhelo sin objeto preciso. Le sienta perfecto a una película hecha de pura añoranza. Al salir, lo que persiste se parece mucho a la esperanza.

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