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La máquina de matar no hace ruido: sobre NAZA y el cine frente al genocidio en Gaza

"El periodismo de investigación trabaja con la inmediatez de los datos, pero en la era del flujo ininterrumpido de imágenes, el exceso de pruebas no produce justicia; a menudo produce anestesia. ¿Qué sucede cuando ese material se convierte en una experiencia cinematográfica?"

Naza

El periodismo de investigación trabaja con la inmediatez de la denuncia, la urgencia de los datos y la verificación empírica de los hechos. Sin embargo, en la era del flujo ininterrumpido de imágenes, la información padece una paradoja devastadora: el exceso de pruebas no produce necesariamente justicia ni sensibilización; a menudo produce anestesia. Las minuciosas investigaciones publicadas por medios como The Guardian, +972 Magazine y Local Call ya habían sacado a la luz los mecanismos técnicos, el software de inteligencia artificial y la cuantificación matemática con la que el ejército israelí opera sobre la Franja de Gaza. Sabíamos, en términos conceptuales e informativos, lo que estaba ocurriendo. ¿Qué sucede, entonces, cuando ese mismo material deja de ser un cuerpo de datos periodísticos y se convierte en una experiencia cinematográfica? ¿Qué le queda por hacer al cine con algo que la opinión pública ya conoce, pero que ha preferido no asimilar?

Esta es la cuestión central que articula NAZA, el documental dirigida por Yuval Abraham y Rachel Szor, bajo la producción ejecutiva de Jonathan Glazer y James Wilson. La respuesta que ofrece la película no reside en la revelación de un secreto inédito, sino en la transformación del conocimiento abstracto en un peso existencial y estético insoportable. NAZA no es un mero reporte periodístico filmado; es un tratado sobre la mecánica de la violencia, una radiografía de la burocracia del exterminio y una prueba inapelable de que lo que acontece en Gaza no es un conflicto simétrico, ni un exceso operacional, sino un genocidio ejecutado a través de la frialdad del cálculo cibernético.

En lugar de recurrir al choque visual explícito, la película apuesta por una contención formal inquietante. Gran parte de su metraje transcurre en la penumbra de las terrazas nocturnas de Tel Aviv. Allí, bajo el amparo de la oscuridad y con identidades alteradas digitalmente, veinticuatro operativos, analistas y técnicos del Cuerpo de Inteligencia de Israel rompen el pacto de silencio. Las entrevistas, conducidas por Abraham en un tono deliberadamente pausado, despojadas de efectismo dramático, adquieren la cualidad de una confesión ritual. En ese escenario, el paisaje urbano de Tel Aviv funciona como el reverso tenebroso de la tragedia: mientras los informantes relatan cómo los algoritmos deciden la vida y la muerte a sesenta kilómetros de distancia, la cámara se desplaza hacia los ventanales de los departamentos modernistas de la ciudad, donde la ciudadanía sigue con aparente indiferencia el curso de sus rutinas bajo la luz tenue de sus pantallas. Esa yuxtaposición evoca de forma inevitable la lógica que Glazer exploró en The Zone of Interest: la coexistencia cotidiana con la barbarie. La normalidad de la urbe próspera y liberal no se presenta como ajena al crimen, sino como su condición de posibilidad. Al intercalar estos atisbos de vida burguesa con los relatos de la destrucción masiva, el cine logra algo que el titular del periódico no puede conseguir: materializar la escala del desapego moral y espacial. El espectador no solo lee una cifra de víctimas; experimenta la atmósfera de una sociedad que ha naturalizado la aniquilación del vecino.

El núcleo conceptual del documental queda al descubierto al explicar el término que le da título. NAZA es la jerga militar utilizada por las fuerzas israelíes para definir el margen aceptable de víctimas civiles en la búsqueda de un objetivo. Si en operaciones convencionales la cuota permitida de daños colaterales se fijaba en un dígito, las confesiones recopiladas en la película revelan cómo esas barreras se diluyeron hasta aceptar decenas, o incluso cientos, de vidas humanas por un solo individuo clasificado como objetivo. A través de su estructura narrativa, el documental expone el funcionamiento del sistema de inteligencia artificial Lavender, proyectado para rastrear patrones de telefonía y conducta. Un programa informático, cuyo margen de error admitido alcanza el quince por ciento, se convierte en juez y ejecutor de miles de familias. La película documenta también el programa bautizado con la macabra denominación de “Where’s Daddy?”, diseñado para monitorear el regreso de los sospechosos a sus hogares y coordinar los ataques con drones en el momento exacto en que se encuentran rodeados por sus hijos.

Escuchar a jóvenes instructores, educados en el corazón de la clase media liberal israelí, definir estas operaciones con la soltura de quien habla de un juego de ordenador desvela el grado absoluto de deshumanización que requiere el proyecto colonial. No hay odio exacerbado en sus voces, y esa es precisamente la dimensión más aterradora del relato. La destrucción masiva de infraestructuras, el bloqueo de suministros básicos y el bombardeo sistemático no aparecen aquí como fallos en el sistema, sino como las piezas de un mecanismo diseñado para erosionar las condiciones de habitabilidad de la Franja, forzando un desplazamiento ininterrumpido que encaja con la definición legal e histórica del genocidio.

¿Qué añade, entonces, la película a la investigación previa? Añade tiempo, cuerpo y resonancia. El periodismo expone la estructura del hecho; el cine fuerza a habitar la duración del hecho. En NAZA, los silencios pesan tanto como las palabras. Las pausas entre pregunta y respuesta, el rumor lejano del tráfico de la metrópoli, el motor tenue de una aviación invisible y la vacilación en la voz de un operador que intenta justificar la muerte de dos niñas pequeñas componen un mapa sensorial de la culpa que ningún artículo impreso puede reproducir.

Al relegar el registro del territorio devastado de Gaza únicamente a la secuencia final, la película invierte la dinámica del consumo voyerista del dolor. En lugar de convertir el sufrimiento palestino en un espectáculo de consumo rápido, los directores obligan a la audiencia a permanecer en el lugar del perpetrador, a mirar de cara a los técnicos de la violencia y a comprender cómo la tecnología militar transforma la masacre en un procedimiento administrativo. El impacto del documental no proviene de la sorpresa, sino del lento depósito de evidencias destructivas que se acumulan hasta volver insostenible cualquier intento de neutralidad. NAZA demuestra que la función del cine frente a las atrocidades del presente no es únicamente informar sobre lo que ocurre, sino disputar el sentido de la representación. En un contexto donde el discurso político pretende diluir las responsabilidades bajo el eufemismo militar y la propaganda estatal, la cámara opera como un dispositivo de precisión moral. Al llevar las investigaciones periodísticas de las páginas de los diarios a la penumbra de la sala cinematográfica, Yuval Abraham y Rachel Szor construyen un testimonio urgente que impide apartar la mirada. La película exige que entendamos el genocidio en Gaza no como una fatalidad inevitable ni como una estadística abstracta, sino como el resultado de una política deliberada de exterminio que utiliza la vanguardia tecnológica para borrar la humanidad de todo un pueblo.

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