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8 al 14 Jun 2026 Buenos Aires, Argentina
Crítica
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Yes, Nadav Lapid

Magilligan (2026), de Ross McClean

"La película se construye sobre una premisa casi paradójica: dentro de los muros que simbolizan el castigo, Ryan encuentra una inusual vía de escape emocional a través de un programa de rehabilitación que le permite cuidar ovejas."

El determinismo del ADN y el refugio de la lana

La ópera prima de Ross McClean, Magilligan (2026), se despliega ante el espectador no solo como un documental sobre la vida carcelaria, sino como una meditación profunda, íntima y desprovista de sentimentalismos sobre la identidad fracturada de un joven norirlandés llamado Ryan. Retomando el pulso narrativo de su cortometraje previo, Hydebank (2019), McClean nos sumerge nuevamente en la realidad de este protagonista, cuya existencia parece estar atrapada en un bucle de criminalidad, adicciones y periodos de reclusión en la prisión de mediana seguridad HM Prison Magilligan, situada en el condado de Londonderry. La película se construye sobre una premisa casi paradójica: dentro de los muros que simbolizan el castigo, Ryan encuentra una inusual vía de escape emocional a través de un programa de rehabilitación que le permite cuidar ovejas. Este vínculo con lo animal no es tratado por McClean como una cura milagrosa ni como una redención cinematográfica barata, sino como el primer indicio de una alternativa vital para un hombre que ha interiorizado la institución carcelaria hasta el punto de sentirse «feliz» o, al menos, cómodo dentro de ella. La franqueza con la que Ryan acepta su destino, incluso cuando se le deniega la libertad condicional frente a una pantalla de video, revela la tragedia de un individuo para quien el afuera no ofrece más que confusión y amenazas, mientras que el adentro representa una rutina predecible y segura.

El director, que actúa también como director de fotografía, utiliza un enfoque paciente y respetuoso que permite a Ryan ocupar el espacio necesario para reflexionar sobre su propia herencia maldita. La película es especialmente punzante cuando aborda el determinismo social y genético; Ryan admite sin rodeos que la cárcel está en su ADN, citando la historia de encarcelamiento de su padre, su abuelo y sus tíos. Esta carga familiar, sumada a un entorno donde la violencia y la lealtad a los códigos del silencio frente a los paramilitares son la norma, parece asfixiar cualquier intento de progreso. Sin embargo, el contraste visual entre su exterior rudo, marcado por tatuajes y una expresión impasible, y la ternura con la que sostiene a un cordero, ofrece una de las imágenes más potentes del cine documental reciente. McClean explora cómo la relación con estos animales permite a Ryan desarrollar por primera vez una conexión basada en el afecto desinteresado, transformando literalmente su rostro y revelando la vulnerabilidad que se esconde tras su armadura. A pesar de los retrocesos, de las recaídas en el consumo de drogas y de los abusos verbales de otros reclusos que desprecian su labor pastoral, el film concluye con una nota de esperanza tentativa. Al visitar una granja y observar nuevamente a las ovejas, Ryan vislumbra, quizás por primera vez, que su identidad no tiene por qué ser una condena perpetua y que la verdadera libertad reside en la capacidad de sentir afecto por otro ser vivo.

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