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Crítica
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Yes, Nadav Lapid

Comme un château fort (2026), de Lou Colpé

"A veces el cine más íntimo es el que se atreve a enfrentarse a aquello que no puede resolverse narrativamente. Comme un château fort, de Lou Colpé, se sitúa en ese terreno incierto donde el duelo no se explica, sino que se atraviesa."

Habitar la ausencia como si fuera una casa

A veces el cine más íntimo es el que se atreve a enfrentarse a aquello que no puede resolverse narrativamente. Comme un château fort, de Lou Colpé, se sitúa en ese terreno incierto donde el duelo no se explica, sino que se atraviesa. La muerte de un ser querido, en este caso repentina, no solo irrumpe como acontecimiento, sino como una fisura que reorganiza la percepción del tiempo, del espacio y de uno mismo. Lo que la película explora no es tanto la pérdida en sí, sino las formas, a menudo contradictorias, de convivir con ella.

El regreso de la directora a la casa que compartía con su pareja funciona como un gesto inicial cargado de ambigüedad. No es un refugio en el sentido clásico, ni tampoco un espacio puramente hostil: es un territorio atravesado por presencias y ausencias, donde cada objeto parece resistirse a convertirse en simple recuerdo. La cámara, paciente y contenida, evita cualquier tentación de reconstrucción nostálgica. No hay imágenes del pasado feliz que ordenen emocionalmente el relato. En cambio, lo que persiste es el presente, con su densidad incómoda, donde el nombre del ausente aparece de manera fragmentaria, casi como un eco que no termina de disiparse.

Uno de los aspectos más singulares del film reside en su forma de narrar. Las palabras no llegan a través de una voz que se impone, sino como escritura sobre la imagen, trazos que remiten a un diario personal en proceso. Este desplazamiento no es menor: permite sostener el silencio como materia central, evitando que el lenguaje clausure aquello que aún no puede comprenderse. Incluso las relaciones con los otros se presentan de forma oblicua. Escuchamos mensajes de una amiga, pero la voz de la propia Colpé permanece ausente, como si todavía no pudiera afirmarse plenamente en el mundo tras la pérdida. En este contexto, la cotidianeidad adquiere una dimensión casi ritual. Acciones mínimas, ordenar una habitación, alimentar a un animal, recorrer los mismos espacios, se cargan de una intensidad nueva. Las listas que aparecen en pantalla, enumerando lo difícil o lo desconcertante, introducen una lógica fragmentaria que refleja con precisión el estado mental del duelo: no hay continuidad, sino acumulación de instantes heterogéneos. La casa, entonces, se convierte en una suerte de fortaleza inestable, un lugar donde resistir más que sanar.

La presencia de otros cuerpos, especialmente la de una joven amiga que visita regularmente, introduce variaciones sutiles en esa atmósfera. Sin grandes declaraciones, su simple compañía abre un espacio donde la vida vuelve a circular, aunque sea de manera tenue. La película no propone una superación del dolor, sino una convivencia con él, una forma de integrar la pérdida sin domesticarla del todo. Lo que emerge es una reflexión sobre la imposibilidad de fijar la memoria. Reunir objetos, nombrar al ausente, registrar lo cotidiano: todo parece responder a la necesidad de hacer tangible lo que se desvanece. Sin embargo, el film no oculta la fragilidad de ese intento. Más bien la expone, dejando que los vacíos hablen por sí mismos.

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