Volver a la esencia. Sobre la decimosexta edición de Punto de Vista

Por Tana Garrido Ruiz

Se realizó la decimosexta edición de Punto de Vista con un equipo nuevo que trabajó con determinación bajo la dirección artística de Manuel Asín. El festival parece haber recuperado su esencia. Le devuelve el espacio de la pantalla a quiénes tienen algo para decir. Las voces y miradas de mujeres de todo el mundo se unen con fuerza para denunciar problemáticas de clase, género y territorio, y bajar -de un golpe si es necesario- a “el cine” de su trono.

Llegué expectante ante la nueva propuesta artística, después de varios años marchándome con la sensación de que el festival se había aburguesado. Desde primera hora del lunes estaba lista para sumergirme en un programa que, al menos sobre el papel, prometía denuncia, autoría y compromiso con un público exigente.

Fui rápida e inesperadamente golpeada por Les prières de Delphine. Una joven camerunesa me interpelaba cigarro en mano desde su cama en Bruselas. Tras la muerte de su madre, Delphine es violada a la edad de 13 y abandonada por su padre, teniendo que prostituirse para mantener a su hija.

 

Para Delphine esta película son negocios. Cada vez que su relato se vuelve tan crudo, y se le hace difícil avanzar, le pide a su amiga y directora Rosine Mbakam que le recuerde qué viene después en la estructura que ambas han preparado. Delphine alberga la esperanza de que contar su historia le traiga lo que tanto tiempo lleva persiguiendo: vivir en paz. Pero también ganar dinero para poder dejar de vender su cuerpo.

 

Delphine se recompone una y otra vez después de narrar, ante una tímida cámara que se retira para dejarle espacio, un camino marcado por la colonización sexual en una sociedad patriarcal -en la que para muchas vivir es sinónimo de sobrevivir-. A pesar de todo, Delphine sabe muy bien quién es, mucho mejor que cualquiera de las que estábamos en la sala preocupadas por llegar a la siguiente sesión.

 

Amiga Delphine, me gustaría que tu valentía se hubiera premiado económicamente. Me gustaría que hubieras recibido el premio a la mejor película. Pero al parecer nadie se dio cuenta de que por fin un premio podía emplearse para algo verdaderamente útil. Nos preocupó más el cine. Nos preocupó la forma. La forma antes que el contenido. Pero aquí la forma no importa porque lo importante ha dejado de importar. Películas como la vuestra nunca deberían justificar su forma. Te confieso que todo se volvió insignificante después de escuchar tu historia.

No fue hasta el cuarto día del festival que volví a ser sacudida de nuevo. The capacity for adequate anger es la manera en que la artista de pelo azul, Vika Kirchenbauer, trata de entenderse a sí misma y al mundo que la rodea. Tras diez años ausente, vuelve a su pueblo natal y lo hace a través del álbum familiar y el anime. ¿Cómo contar lo que te educaron para callar durante años? Su voz ambigua y líquida sugiere una existencia marcada por la disidencia e invita a reflexionar sobre los privilegios de unos cuerpos frente a otros en tiempos de la institupatriarquización.

Apenas unos segundos de pantalla vacía para asentar este zarandeo cuando arranca 918 Gau de Arantza Santesteban. Dicen que Arantza fue una de las líderes del movimiento independentista de izquierdas vasco y por ello la encarcelaron durante casi tres años en 2007. Pero Arantza ya no es esa. Escanear es transformar digitalmente archivos físicos. Arantza escanea las fotos que tiene de su paso por la cárcel. Su cara y cuerpo van cambiando pero lo hacen más lentamente que su interior. Aún podemos reconocerla en las imágenes mientras que por dentro es otra. ¿Qué sucede cuando lo más importante en la vida de una persona deja de serlo por completo? A lo largo de 918 noches la directora se enfrenta a la ardua tarea de deconstruirse a sí misma para volverse a construir. Y es que lo que esta película nos enseña es que lo verdaderamente peligroso es no transformarse. 918 Gau es una invitación a escanearnos a nosotras mismas una y otra vez.

Estas tres piezas, tan alejadas entre ellas, tienen sin embargo en común la fuerza con la que golpean al cine mismo. Un cine que se mira en el espejo, acomodado, preocupado de su forma, de su apariencia, del qué dirán, repantingado con las piernas bien abiertas en un trono dorado. Estas películas tienen tanta verdad que se nos olvida el cine. ¿No debería ser así siempre?

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