“La interminable lucha por la autonomía de los cuerpos gestantes”

Por Rocío Rivera.

La historia de la despenalización del aborto en Argentina es larga y ajetreada. En una modificación del Código de 1921 se establecen los casos en los que no se debe penar la interrupción del embarazo: cuando se practica con el fin de evitar un peligro para la vida o la salud de la mujer, cuando se interrumpe un embarazo fruto de una violación o de un atentado contra el pudor cometido sobre una mujer idiota o demente (sic código civil).

Posteriormente en 1968, durante la dictadura militar de Onganía, entra en vigencia el Decreto Ley Nº 17.567, el cual establecía la no penalización si el peligro para la vida o la salud de la mujer es grave; o en cualquier caso de violación, siempre que éste estuviera judicializado, y con el consentimiento de un representante legal si la mujer fuera menor, idiota o demente (sic código penal). En 1973 paradójicamente en democracia, estas modificaciones quedaron sin efecto a través de la sanción de la Ley Nº 20.509.

Posteriormente, durante la última dictadura cívico militar se sanciona el Decreto Ley Nº 21.338 donde se vuelve a incorporar las modificaciones realizadas en el Decreto Ley Nº 17.567 sancionado en 1968. Recién en 1984, el gobierno democrático sanciona la Ley Nº 23.077, que establecen los casos de no punibilidad vigentes actualmente.[1]

Aclarar todo esto es necesario, para entender, contextualizar y valorizar sobre lo que trata Vicenta, la nueva película de Darío Doria. Basada en el polémico, injusto y militante caso de LMR, una niña con discapacidad cognitiva a quien, tras sufrir una violación intrafamiliar, le operan todos los mecanismos burocráticos, estatales, religiosos y conservadores que las instituciones del estado pueden utilizar para no dejar que las leyes se cumplan, en este caso el acceso a un aborto no punible, es decir, cuando del derecho sobre el propio cuerpo de las mujeres se trata, la justicia se ralentiza, obstaculiza y desoye.

La propuesta de Doria para el tratamiento de la situación de Vicenta, la madre de LMR, es interesante y cumple lo que promete. El escenario es injusto, los obstáculos son indignantes, los maltratos son despreciables y la inoperancia estatal es brutal. Todo esto no se puede mostrar con la crudeza de la estética documentalista tradicional, de registro archivo, entrevistas, o algún otro recurso cinematográfico que se valga en “la mostración” de una realidad, de una situación o de una temática que se quiera explicitar. Aquí Doria se vale de una animación a través de muñecos de plastilina, que representan lxs personajes, los lugares y las situaciones que la familia de Vicenta debió soportar. Y el alejamiento a una verosimilitud más tradicional, funciona a la perfección para la historia de LMR: inocencia e injusticia. 

Todo este relato, por momento surrealista, rígido e inmóvil, es acompañado por una voz en off que complementa aquello que las piezas de plastilina no pueden hacer: expresar emociones, pensamientos, sensaciones que le ocurren a las protagonistas. La narración es en tercera persona, pero haciendo hincapié en el proceso interno de Vicenta, en su lucha por se comprendida, en los destratos que los aparatos del estado le propiciaron. El abandono, la burocracia psicótica, las voces de autoridad que desoyen y no ayudan abundan en esta historia, y Vicenta se ocupa que se conozcan y se oigan a viva voz: se presentan como imágenes de archivo que se mezclan con el mundo surrealista de la plastilina que alivia el desgarrador relato de esta historia y las barbaridades que en aquel momento se dijeron en los medios.

Pero, Vicenta no solo se encarga de traer a la memoria colectiva la historia de LMR, la misma que ha sentado un importante precedente en la legislación sobre los cuerpos de las mujeres en la Argentina, pero que también ha estrechado los lazos sororos entre las activistas por el aborto legal, seguro y gratuito que luchan desde hace décadas, ya que fueron ellas quienes se acercaron a Vicenta a ayudarla, comprenderla y empatizar con ella, con su injusticia. Y esa historia, la de Vicenta, la de muchas otras que no lograron la masividad de los medios, cuando se vuelve colectiva se vuelve poderosa, se vuelve un arma de construcción masiva para la adquisición de los derechos que aún nos deben, de los derechos que no se cansó Vicenta de pedir para ella, para LMR, para su familia, para todas las mujeres. Eso es lo que recuerda Vicenta, eso es lo que aún en 2020, aún más de 10 años después del caso LMR, después del fallo F.A.L[2], aún la justicia patriarcal no los brinda sin obstáculos y sin peleas por el cumplimiento de las leyes y protocolos que, se supone, deben protegernos.

[1] Información relevada de Fundación Huésped: https://www.huesped.org.ar/informacion/derechos-sexuales-y-reproductivos/tus-derechos/interrupcion-legal-del-embarazo/historia-del-aborto-en-argentina/

[2] Es el caso de una joven de Comodoro Rivadavia que en 2012 fue violada por su padrastro cuando tenía 15 años y su madre recurrió a la Justicia para que su hija pudiera realizarse el aborto en un hospital público. Su reclamo fue rechazado en primera y segunda instancia de la Justicia de Chubut y recién cuando la joven cursaba la semana 20 de embarazo intervino el Tribunal Superior de Justicia Provincial, que reconoció el caso como uno de los supuestos de aborto no punible del artículo 86 del Código Penal de la Nación, permitió la realización del aborto.

Titulo: Vicenta

Año: 2020

País: Argentina

Director: Darío Doria

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