Una pregunta que debió haberse hecho mucho antes. Sobre la última portada de Cahiers Du Cinema

“¿Cómo no ver, en esta interrogación tardía, el síntoma de un silencio más amplio?”

Por Abbas Fahdel

La portada de Cahiers du Cinéma plantea una pregunta que debió haberse hecho mucho antes. ¿Cómo no ver, en esta interrogación tardía, el síntoma de un silencio más amplio? Hace más de dos años que se desarrolla un genocidio ante nuestros ojos, y más de setenta y cinco que el pueblo palestino vive bajo ocupación: masacrado, expulsado, despojado, fragmentado, condenado a la humillación. Y es ahora —solo ahora— cuando el mundo de la cultura francesa se atreve a formular la pregunta.

La cuestión, por tanto, no es solo la de Gaza o Palestina. Es la del retraso, la negación, la ceguera deliberada. Porque si el cine occidental ha sabido en ocasiones interrogar los crímenes de la Historia, demasiadas veces ha vacilado cuando se trataba de nombrar ciertos crímenes. El universo cultural francés, que se enorgullece de “pensar el mundo”, apenas ha balbuceado cuando se trataba de Israel, refugiándose en el lenguaje prudente del “conflicto”, del “drama de dos pueblos”, de la “complejidad de la situación”. Todo para evitar pronunciar la palabra justa: colonialismo.

Esa pregunta, en la portada de Cahiers du Cinéma, no abre un debate: constata un retraso moral. Dice algo sobre nuestra época: han hecho falta montones de cadáveres, ruinas, niños despedazados para que la cultura francesa se atreva por fin a salir del confort de su “neutralidad”.

La lucidez llega, pero demasiado tarde. Y esta tardanza no es neutra: revela una jerarquía del dolor, un miedo a romper con el Occidente oficial, una complacencia con la violencia de Estado cuando se reviste con la bandera israelí.

La portada de Cahiers dice implícitamente lo que el cine no ha querido decir: que Gaza no es un decorado, sino el síntoma de nuestro fracaso moral. La imagen de una mujer caminando entre los escombros encarna una verdad que el cine occidental ha evitado durante mucho tiempo.

Sin embargo, el cine no tiene solo un deber estético: tiene un deber de mirada. Los palestinos nunca han dejado de filmar. Han hecho de la cámara un arma frágil contra el borrado. Sus películas no “hablan” de Gaza: emanan de Gaza, en una relación directa con la supervivencia y la memoria. Ese cine no espera a que las ruinas sean visibles: las habita.

El problema, por tanto, no es lo que “hace” el cine, sino qué cine elegimos mirar. ¿El de los palestinos, demasiado a menudo marginado en los festivales europeos y excluido de las salas, o el que neutraliza la violencia colonial bajo el pretexto de la universalidad? El Occidente cinéfilo ha preferido el equilibrio narrativo a la claridad moral.

La pregunta planteada por Cahiers du Cinéma tiene valor de confesión. Revela la lentitud de un medio que descubre, demasiado tarde, que filmar Gaza es filmar el mundo que hemos dejado destruirse. No exige tanto una respuesta como un compromiso: que el cine deje de ser ciego y se convierta, por fin, en un acto de resistencia.

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CARTELERA MARZO: