“El terror como herencia“
Por Kristine Balduzzi
El terror siempre ha sido un lenguaje secreto entre generaciones. Para muchos, la juventud es el momento exacto en el que se aprende a tener miedo: cuando una película deja una huella que perdura más allá de la pantalla y se instala, silenciosa, en los pasillos oscuros de la memoria. Sergio Oksman parece partir de esa convicción en Una película de miedo (2025), donde propone una reflexión íntima sobre cómo transmitimos nuestros temores, nuestras historias y, en definitiva, nuestra identidad a quienes vienen después.
La película nace de un viaje: un padre y un hijo pasan unos días de verano en un hotel abandonado de Lisboa. Es un escenario que evoca en quien mira la expectativa del horror, porque los hoteles vacíos siempre albergan la posibilidad de lo desconocido. Pasillos que parecen alargarse más de lo debido, una piscina que ya no refresca sino que oculta. Es un territorio ideal para que surja el miedo. Pero el hijo, Nuno, contempla ese espacio sin sobresaltos. No hay sobresalto, no hay susto: solo curiosidad adolescente.
Oksman se pregunta qué ocurre con el miedo cuando los hijos ya no lo reconocen como un territorio a explorar. Él recuerda sus primeras imágenes aterradoras, aquellas que marcaron su relación con el cine y con su propio padre. Quiere que Nuno sienta algo parecido, que la ficción sea, también para él, un puente hacia lo desconocido. Pero el chico permanece sereno, como si el miedo de los adultos no le perteneciera. Aquí surge una idea central de la película: el terror no solo nace de lo que nos acecha en la oscuridad, sino de lo que está desapareciendo sin que podamos retenerlo. La infancia de Nuno. La memoria del padre de Oksman. Los lugares que se vacían hasta quedar convertidos en ruinas del tiempo. El terror como la certeza de que todo lo que amamos es fugaz.
La figura del asesino Diogo Alves, que atraviesa el relato como un eco del pasado, introduce una pregunta inquietante: ¿se puede heredar el mal?, ¿o el miedo es, en cambio, el verdadero legado? Oksman revisa materiales familiares, retazos de vidas que ya no están pero que siguen habitando las imágenes, como espectros que se resisten a desaparecer. Cada recuerdo filmado parece preguntar: ¿a quién pertenecen los fantasmas que cargamos?, ¿al pasado o al futuro?
Una película de miedo termina siendo una obra que busca más que encontrar. Es un intento de entender los hilos invisibles que unen a padres e hijos, lo que se transmite sin palabras: una lengua, un gesto, una película que nos marcó. En su recorrido, Oksman descubre que el miedo más profundo puede no ser el que se encuentra detrás de una puerta cerrada, sino aquel que avisa del final de una etapa, del fin de la protección, de la llegada inevitable del mundo adulto. Ese, al fin y al cabo, es el miedo que de verdad asusta. El que nos toca a todos.