Una de fantasmas: el cine de Pedro Costa

Por Ian Quintana

La invención de la fotografía y, más tarde, del cine, fue una alegría para los etnógrafos. Gracias a las cámaras pudieron registrar y conservar la experiencia vital que conlleva la realización de su trabajo. Las primeras imágenes del cine surgieron bajo el cielo del mundo, lejos de los estudios, en los territorios ocultos. Las cámaras y los autores se acercaron a las personas para observar sus prácticas y participar de ellas por un tiempo. En esa vivencia lograban plasmar, a través de una observación rigurosa, distintas experiencias sociales y culturales, pudiendo así entenderlas mejor y afirmar sus discursos. Esos grupos sociales se volvían visibles ante el mundo gracias a los autores que respetaban y enaltecían su posición en él. Los estudiaban para conocerlos, pero también para conocerse a sí mismos. En ese hallazgo se fusionaban con la nueva cultura, para que las personas en ella se desenvolvieran con naturalidad, sin el condicionante de ser observadas. Se fusionaban con el grupo de estudio, y desaparecían en él. Se convertían en fantasmas.

Esas imágenes etnográficas se relegaron pronto a un objetivo puramente científico. Se dice que la historia del cine comienza con la salida de los obreros de la fábrica de los Lumière. Pero aunque ese primer fotograma haya surgido en la calle, buscando entender o retratar algunos grupos sociales sin ningún tipo de manipulación, prontamente el cine desvió los propósitos buscados en su origen. Se dedicó, con codicia, a adecuar y ordenar el mundo de una forma irreal y ficticia. Se creó el montaje y el maquillaje. Y desde entonces, la realidad que contenía la imagen se transformó en ficción: sus personas serían ahora personajes, y la experiencia vital que implicaba entender a un grupo humano y su cultura se rebajó ante la acumulación de dinero, convirtiéndose en espectáculo y consumo.

Aquel tipo de imagen, de registro, y su experiencia vital quedaron olvidados. Una realidad maquillada a través de recursos no naturales pero efectivos al fin logró estar en los ojos de todos. Y como el mundo lo dominan unos pocos, las historias y las perspectivas se pudieron aglutinar. Los discursos que se le imponen a las masas son tan frágiles como sus contenidos, pero logran su función y se expanden fácilmente. Y en ese discurso masivo que se revela en la superficie, mas cala profundo, poco importan las migajas de los no escuchados, de los no observados, de aquellos grupos que no están en él. Ahora, aquellos que fueron carne y hueso, génesis del presente, y cuyo estudio permitía comprenderse a uno mismo, se han convertido en espectros que deambulan por las sombras. Están en todo lugar, pero nadie los ve. Apariciones abatidas por su lugar en el mundo, son pocos los que afirman sus discursos y logran darles una voz.

Los fantasmas luchan por su visibilidad, por aparecer ante un mundo que no reconoce su presencia, por vivir más allá de la memoria y la imaginación de los otros, por encontrar su propio espacio y tiempo. Es en esta oposición, en este choque de fuerzas reales y abstractas, que surge el cine de Pedro Costa como un registro vital y fílmico que revela la esencia de un grupo social particular y marginalizado que reside en una aldea de Portugal.

El trabajo que Costa realiza en la localidad de Fontaínhas conlleva un proceso artesanal que no se estanca en fines comerciales, sino que acciona el saber y progreso humano, transformando su obra en una hazaña digna de respetar y reconocer. En los habitantes de Fontaínhas, Costa encuentra esa figura fantasmal que recorre el mundo y desea ser visible. De ese barrio, en el que trabaja hace décadas, el director es capaz de extraer un caudal infinito de historias para contar. Su cine se sostiene en una realidad inagotable que no se extingue, porque no requiere de maquillajes superficiales para expresar su esencia: se expresa tal cual es, frente a Costa y su cámara. Se universaliza y deviene en poesía. 

Lo registrado por Costa en el barrio de Fontaínhas está inevitablemente tratado con la creatividad e invención de un cineasta, pero a su contenido y su forma los atraviesan la templanza y la pluma de un investigador. De esta forma, el cineasta logra revelar una cultura y los significados de sus prácticas, integrándose en su mundo y registrándolo. Su cine se sostiene en el contraste de las formas que aparecen y desaparecen, en el movimiento entre lo real y lo irreal, entre la ficción y el documental. Su estilo realista bien podría confundirse entre el género melodramático y el cine negro, entre el documental etnográfico y la pura ficción. Gracias a esta asociación de modos y formas, Costa hace posible la presencia de los fantasmas en el mundo, les da el lugar que merecen, les da un cuerpo y un rostro, ya que se nutren de múltiples variaciones para vivir, para integrarse al discurso oficial. Ese espacio natural que se revela y Costa graba, está cargado de sentimientos y vitalidad. Cada instante y cada espacio son un suceso eterno. En cada historia, persona y rincón del micromundo que registra Pedro Costa se expresa la cultura que los habita. Dedica su vida a entender este espacio, para entenderse al fin un poco más a sí mismo.

Intentando desaparecer

Para entender el cine de Costa es necesario conocer algo de su historia y de su forma de trabajo, así como el progreso que tuvo su cine a lo largo de casi tres décadas de producción. Con siete largometrajes y variadas incursiones en cortometrajes, la bio-filmografía de Costa permite saber cómo llegó a encontrar un cine que se caracteriza por su distinción y unicidad al conjugar elementos y recursos variados del cine, con un fuerte carácter autoral y político, innovando también en la forma de concebir y crear una película.

Nacido en 1958, en plena dictadura salazarista, y atravesando en su juventud la Revolución de los Claveles, su cine comienza a gestarse en la voluntad por representar el descontento social y las injusticias que vivió en su juventud. Su interés por la experiencia de los desamparados y los miserables se hace visible en la creación de su primer largometraje O Sangue (1989), pero se afirma con seguridad cuando decide viajar a Cabo Verde, anteriormente una colonia portuguesa, para rodar Casa de Lava (1994), una película en la que ya se nota su interés por los inmigrantes y las experiencias que atraviesan las personas que no encuentran su espacio en el mundo, y acaban errando por él.

A partir de un encargo de los habitantes de la isla, Pedro Costa toma contacto con un barrio de la periferia de Lisboa, Fontaínhas, habitado mayoritariamente por inmigrantes de Cabo Verde, en el que la indigencia, la droga y la precariedad se observan en cada espacio del territorio. Costa percibe algo especial en el lugar, encuentra un mundo único y siente un fuerte compromiso sobre la representación de ese universo. Habitando el espacio, comienza a integrarse en la comunidad y a rodar todo su cine con los residentes del barrio. Desde Huesos (1997), hasta Vitalina Varela (2019), su largometraje más reciente, sus películas se fueron construyendo entorno a una necesidad natural y surgieron de las relaciones que se iban creando con los habitantes del barrio, y de los periplos atravesados para sobrellevar la propia existencia.

Así, al llegar al barrio durante los años 90, conoce a Vanda, una de las protagonistas de Huesos, y a su hermana, quienes luego invitan a Costa a rodar No Quarto Da Vanda (2000) para capturar la esencia del barrio a través de su propia historia. Luego de esa película, le cineasta conoce a Ventura, con quien rueda Juventude em Marcha (2006). En esta trilogía, Costa representa las angustias internas de sus personajes a través del espacio exterior que los circunda. Atravesando la destrucción del barrio de Fontaínhas y la travesía de los habitantes en el cambio de espacio asistimos a la transformación de sus vidas y de sus historias.

La figura de Ventura tomará fuerza, y su fantasmal presencia tendrá en Caballo dinero (2014) una honesta representación. En sus últimas películas, Costa integra la memoria de sus personajes en la propia narración, para adentrarse cada vez más en el espacio que los define. Los recuerdos, aquel puro e íntimo lugar que nos permite entender la perspectiva de un sujeto, se transforma en el espacio que circunda sus cuerpos. Es así que ese exterior inmenso es abandonado y Costa ingresa a la mente, lugar que los constituye internamente y revela la forma de vida presente.

Costa trabaja con los habitantes del barrio y con lo que sucede a lo largo del tiempo en sus vidas. La destrucción del barrio, las tragedias vividas, el día a día de una existencia sin rumbo, las calles y los rostros son los elementos con los que él intenta describir la realidad de estas personas y, en ese proceso, se observa la transformación de la vida. Verdaderos compañeros de trabajo, con ellos construye cada escena y las secuencias de sus películas se organizan en conjunto, de forma colectiva, sostenidas en la sinceridad de la relación que el autor logra con los habitantes del barrio. Errantes de un mundo hostil, olvidados y desamparados, Costa los transforma a todos ellos en fantasmas, seres incorpóreo que pueden desaparecer a cada instante y que, de alguna forma, intentan habitar el mundo y encontrarse ante él. La presencia de estas frágiles personas frente a la cámara se torna política, en tanto que su imagen reivindica un discurso acallado y una perspectiva oculta. Costa entiende que su trabajo es documentar las formas en que estas personas aparecen ante el mundo, y ante ellos mismos, y oponerlas a los discursos hegemónicos que muchas veces trastocan los sentidos. Costa y los habitantes del barrio luchan por su visibilidad, por una materia física que los constituya, por crear esa existencia anhelada y soñada que nunca han tenido. El director les brinda esa posibilidad a través de un trabajo comprometido y desde un plano sentimental, con una fuerte carga de compromiso y verdad hacia la realidad de sus vidas.

Para lograr esto, Costa entiende que la forma de arribar a su objeto de interés no puede ser la misma que se aplica frente a los discursos que niega, y por ello abandona todo el sistema propio de una producción cinematográfica, se olvida del equipo técnico, desaparecen las luces artificiales, el maquillaje, los guiones y los grandes camiones estacionados en el barrio. Entiende que lo más importante es su presencia en ese mundo, habitar físicamente la realidad y absorber la comunidad. Fusionándose con ella, todo se desenvuelve naturalmente. Rueda entonces con una pequeña cámara digital, en los espacios interiores, en los rincones de las casas, en los bordes de las calles y en los escondrijos del barrio, desaparecido, hecho un fantasma. Esto le permite capturar la esencia del espacio y de las personas que lo habitan. El cine desaparece y permite que la realidad se desenvuelva sin condicionantes. Costa observa y estudia, recuerda y registra, crea y destruye el día a día de una comunidad que pocos ojos han visto, solo los de él, un fantasma.

Carne y hueso

El giro que toma la carrera de Pedro Costa al encontrar el barrio de Fontaínhas conlleva una revisión de su tarea como cineasta y de la manera de hacer y pensar, tanto el cine como el mundo. El encuentro de un espacio acorde a sus intereses y personalidad le hace entender el fuerte compromiso que debe tener el cineasta ante su tarea, así como también la necesidad de aprehender el espacio que se está registrando. En su nuevo método de realización cinematográfica, se desestabilizan los escenarios, los modos y el lenguaje fílmico convencional en pos de una verdadera vinculación afectiva con los espacios que filma y eso es suficiente para crear una obra eterna. El material que esa obra contiene son las historias mínimas pero profundas de Vanda, de Ventura, de Nuno, de Mariana y de Vitalina, con toda la belleza y tragedia que posee su día a día. Y a través de éstas se observa la propia historia de vida de Costa: la misma se revela en cada fotograma que ha capturado de la porción de espacio que estudia y filma.

 ¿Y qué encuentra en este espacio? ¿Qué formas y prácticas sociales se desenvuelven en el día a día de estos fantasmas? ¿Quiénes son? ¿Qué se revela en su cultura, en sus palabras, en sus miradas y acciones? ¿Cómo influye el espacio, su barrio y la forma de vida en la perspectiva que tienen del mundo y que éste tiene sobre ellos? ¿Qué se muestra y qué se esconde?

Cada silencio y cada gesto, la posición de los cuerpos, las miradas vacías y los rostros, las sombras y las luces remiten a un pasado y a un presente trágicos en que los lazos familiares y comunitarios atraviesan la experiencia humana. Estos vínculos creados en el hecho de habitar un lugar en común, compartir la lengua, y una serie de prácticas frecuentes, gesta en estos grupos un sentido de identificación y de constitución importantes. Gracias a ello se entienden como personas, cobran materialidad, se hacen carne y hueso, dejan de ser fantasmas. Su presencia atemporal y cada vez más abstracta genera un espacio múltiple y ambiguo, pero cada hecho vital que se expresa en los cuadros de Costa sobrepasa el pequeño rectángulo de la pantalla, y se expande en el mundo y en la historia. 

Así estos fantasmas se hacen cuerpo y cobran voz para representar a aquellos grupos sociales que han sido marginados, cuya vida ha sido abandonada y olvidada, y que en un tiempo pasado fueron origen del presente, pero hoy son menospreciados. Inmigrantes, nativos, indigentes, necesitados: todos ellos pueden aparecer ante la cámara de Costa, y así, también frente a nuestros ojos. Esta acción podrá darles, de una buena vez, un organismo claro y un discurso vigente, logrando así para ellos una mayor igualdad y presencia.

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