Ilustración: Mauro Lukasievicz

Una autora comprometida desde el desapego. Sobre el cine de Maddi Barber

Por Sebastián Francisco Maydana

Maddi Barber nació en 1988 en un pueblo fantasma de Navarra, muy cercano a la frontera con Francia en los Pirineos. Estudió en el País Vasco y en Inglaterra, pero la mirada que trasluce en su (aun) corta filmografía está habitada por lo local. En esa tensión fronteriza entre la internacionalidad y el enraizamiento nace un punto de vista que es a la vez desapegado y comprometido, una combinación imposible que lleva adelante sin aparente dificultad. Es el cine de alguien que estudió cine para poder contar su realidad, y no de alguien que estudió cine y se dio cuenta de que lo único que puede contar es lo que tiene a mano.

En 592 Metroz Goiti (2018) se narran los ciclos de vida y muerte, de angustia y alegría, que suceden en tierras elevadas del valle de Arce. Elevadas porque no queda otra, porque hace treinta años la construcción de una represa inundó el valle y relegó a las personas a vivir por encima de la cota de 592 metros. Y en Urpean Lurra (2019), que forma un díptico junto con la primera, nos enteramos de qué hay debajo de ese agua. Debajo del agua están los sueños de una comunidad, sobrevivientes de la inundación e irrepresibles treinta años después. Los pobladores siguen soñando, como alguna vez soñaron con frenar la construcción de la represa, una lucha desigual que registraron con sus cámaras de video. Barber recupera estas cintas, un archivo valioso que trata con una sensibilidad de etnógrafa. En su montaje, desecha la tentación de la voz en off que explica lo qué está pasando y ordena la mirada del espectador, en favor de un cuidadoso ensamble de material de archivo, registro propio y la palabra de los aldeanos.

Barber tiende a preferir los planos cortos, que encuentran detalles, muestran la parte por el todo, dan libertad al espectador. En sus cortos sobre el valle de Arce los contrapone a las filmaciones de los locales, que son siempre furtivas y desde tan lejos que el zoom de las primeras cámaras digitales termina descomponiendo la imagen en cuadraditos etéreos como espejismos. Las imágenes que filma Maddi en la actualidad son el diario del día después: la presa se construyó, el valle se inundó, y ahora hay otro tipo de belleza y otra vida más alta que no olvida lo que el agua tapó. 

Gorria (2020) también retrata la localidad donde nació Barber, pero es otro tipo de cine, marcado por sus planos y el montaje. Mientras que los primeros, siempre fijos y cortos, nos muestran el mundo de forma fragmentaria, el espacio que se termina creando en la sucesión de estos es increíblemente complejo y rico, un paisaje visual realmente interesante retratado con cierto candor pero también con el profundo conocimiento de quien vivió e hizo vivir ese espacio.

La colaboración Yours Truly (2018), la primera de la serie, sí incluye un relato en off: la lectura de una serie de cartas entre naturalistas, burócratas y empleados de zoológicos victorianos. El asunto, el destino de una serie de animales sin destino, ya matados y embalsamados. Ahí vuelve a aparecer (o mejor dicho, nace) esa mirada de planos cortos. Aunque no está filmada en Navarra, traslada el punto de vista y sobre todo el compromiso con los animales no-humanos. La taxidermia es parecida al cine, después de todo se trata de preservar cosas que alguna vez sucedieron, vidas que alguna vez fueron vividas. Esos animales embalsamados, preservados en la muerte, pero preservados al fin, silenciosos, inofensivos, expresan algo parecido a lo que Rachel Carson describía en su influyente Primavera Silenciosa (1962): el sobrecogimiento de estar entre árboles y no poder oir el canto de los pájaros. Ese silencio forzado por el hombre aparece en 592 Metroz Goiti, un mapache es hallado muerto en un sector donde la muerte está prohibida y hay que trasladarlo lejos, de modo que no atraiga a los buitres al espacio arbitrariamente humano. Ese mundo de vida y ruido que relegamos a lugares otros es el mundo que mira Maddi Barber.

Decía más arriba que esa mirada es a la vez desapegada y comprometida. Esto es así porque su compromiso no es de denuncia, de panfleto, de bajada de línea. Es un compromiso con la vida, pero sobre todo con la memoria y con la lucha de una comunidad a la que arrebataron el ruido de los pájaros, los lugares donde siendo niños iban a refrescarse al río, las casas donde alguna vez jugaron a las escondidas.

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