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Father – MALBA Cine
Como una pieza de jazz”

Por Mauro Lukasievicz

El jazz se alimenta de tensiones. Su fuerza no reside únicamente en las notas que suenan, sino en aquellas que no suenan o están fuera de escala, en los silencios incómodos y en las disonancias que se resuelven o no. En esa lógica de la improvisación, del riesgo estructural y del quiebre deliberado de la armonía, parece estar inspirado el montaje de Un Poeta, la nueva película de Simón Mesa Soto. En ella, el director colombiano no persigue el orden sino el ritmo interno de su personaje: cortes abruptos que descolocan y escenas que se encadenan no por continuidad narrativa sino por impulso emocional. Como si la estructura misma de la película fuera una pieza de free jazz, hecha de desvíos y repeticiones. Un poeta no se presenta como un drama lineal ni como un relato de redención, es más bien una sátira oscura disfrazada de comedia ligera, una balada trágico-cómica sobre la precariedad de la vida artística en América Latina. Un retrato descarnado de Oscar, un hombre que se proclama poeta a pesar de no escribir hace años. Lo repite con fervor, lo grita incluso borracho por las calles de Medellín: “¡poesía!”. Esa insistencia no es solo una pose: es lo único que le queda, una identidad que se deshace y que solo sobrevive en el ritual de la  repetición y el alcohol. 

Lo distinto de esta propuesta no es su crítica al sistema artístico (algo abordado ya por otros cineastas en muchas ocasiones), sino la manera en que lo hace: con un humor hilarante, a veces incómodo, pero jamás cínico. La comedia en Un Poeta no suaviza los conflictos, sino que las hace más visibles al insertar escenas absurdas, un comentario mordaz o un plano que parece fuera de lugar pero que, como en el jazz, encuentra su sentido en la totalidad de la pieza. 

Oscar, el protagonista de Un Poeta, puede ser muchas cosas (padre ausente, alcohólico, inútil, ególatra o incluso… un mal poeta), pero no es un mal hombre. Esa contradicción es una de sus mayores virtudes: lograr que nos encariñamos con alguien a quien no deberíamos admirar, Mesa Soto logra que veamos humanidad incluso en sus errores más graves. Y es precisamente ese afecto el que le da la “altura” moral al relato. Porque Oscar no explota a nadie, no instrumentaliza el talento de Yurlady (su joven alumna) para beneficio personal, como sí lo hacen casi todos los demás personajes que la rodean. Todos ven en ella una oportunidad económica: sus padres, su comunidad, los intelectuales. Todos salvo él, que la ve como una encarnación viva de aquello que él ya perdió: la posibilidad de creer en la poesía. Pero Un Poeta no se deja atrapar por la nostalgia ni por la ternura. El montaje impide asentarse en una lectura cómoda. Cuando parece que asistimos a un momento de intimidad genuina, Mesa Soto introduce un chiste desmedido o una línea de diálogo que quiebra el tono. Es un recurso deliberado, aunque no siempre efectivo. En algunos tramos, la acumulación de gags atenta contra la profundidad que la película construye con tanto cuidado. Hay escenas donde el humor social se impone con tal fuerza que desactiva la potencia crítica que lo sostenía. Y sin embargo, ese mismo desequilibrio, ese tambaleo entre lo ridículo y lo trágico, es parte de la identidad de la obra que no busca parecer real, sino creíble dentro de su propia lógica.

En ese cruce entre lo local y lo universal, Un Poeta despliega una aguda reflexión sobre el lugar del arte en nuestras sociedades. ¿Quién puede ser poeta hoy? ¿Qué condiciones materiales hacen posible o imposible la creación? ¿Hasta dónde el reconocimiento artístico depende de los discursos de legitimación impuestos desde el norte (la embajada de Países Bajos)? Cuando Yurlady es invitada a una lectura, no se le pide simplemente que lea su poesía: se le exige que la disfrace de sufrimiento, que la haga sonar “seria y latinoamericana”, que hable de raza, pobreza y trauma. Como si la voz de una joven afrocolombiana solo pudiera definirse a través del cliché de una vida marcada por el dolor y la marginalidad, como si no tuviera la libertad de narrar otras cosas. Esa exigencia, tan presente en los circuitos internacionales (también los de los festivales de cine), aparece aquí retratada con inteligencia y sin subrayados, a través de escenas pequeñas pero incisivas. La sátira, en ese sentido, no se limita al mundo de la poesía. Se extiende al sistema educativo, a las familias funcionales e incluso a la figura del mentor, que en lugar de guiar, arrastra a su discípula a un callejón sin salida. El fracaso de Oscar como maestro es quizás más doloroso que su fracaso como poeta, porque en ese vínculo con Yurlady se juega su última posibilidad de redención. En vez de apelar a la lágrima fácil, se elige el humor absurdo, como cuando Oscar huye por las calles perseguido por el hermano de la chica. La escena es ridícula, sí, pero también profundamente trágica: es el momento en que el sistema se cobra su precio y donde el protagonista paga por todos los errores que no supo o no quiso ver.

Lejos de construir una épica del artista incomprendido, Un Poeta revela las fisuras de esa imagen. Oscar no es un genio marginado, sino un hombre con un éxito moderado que ha quedado aferrado a una idea de sí mismo que ya no se sostiene. Su grandeza, si existe, radica en su terquedad, en su obstinación por seguir creyendo en la poesía cuando todo a su alrededor parece burlarse de ella, el artista aquí no es un mártir, sino alguien que navega en las suciedades del mercado cultural, sin mapa ni brújula. Oscar no tiene amigos artistas: su vida es un simulacro sostenido por la ayuda de su madre y la piedad de su hija. Y sin embargo, hay en él una honestidad que resulta conmovedora. Cuando se detiene frente al cuaderno de Yurlady y contempla sus poemas, lo hace en silencio, con una mezcla de admiración y certeza. Es su momento de mayor verdad, y quizás también su única victoria: reconocer en otro aquello que él ya no puede producir. Un Poeta piensa el arte desde lo pequeño y cotidiano, sin renunciar nunca a su potencia transformadora. Su apuesta por un montaje alocado, por un humor desbordado y por una crítica social que no teme al ridículo, la convierte en una propuesta singular que incluso en sus excesos se mantiene con una coherencia precisa. Como una pieza de jazz tocada por músicos enardecidos y ebrios, Un Poeta desafina, se descompone y se recompone en cada escena para demostrar que el arte circula por los rincones más recónditos e insospechados, seas poeta o no, dando aire y nuevas oportunidades.

Titulo: Un Poeta

Año: 2025

País: Colombia

Director: Simón Mesa Soto