“Cada piedra que encuentra, cada flor arrancada y cada mariposa atrapada ya es para él principio de una colección, y todo lo que posee constituye una sola colección […] Sus cajones deben convertirse en arsenal y zoológico, museo del crimen y cripta.”

Ampliaciones.  Calle de mano única de Walter Benjamin

Siempre me deslumbraron los álbumes de fotos familiares. El álbum de tapas azules de mi abuela y su gesto casi de coleccionista, la precisión con la que ha señalado fechas y lugares, la delicadeza con la que ha colocado los esquineros en cada una de las fotografías y la disposición sobre el papel que alguna vez habrá sido blanco. Ese es el único álbum organizado que hay en mi familia, los otros casi nunca mantienen una lógica lineal, ni fechas precisas. Muchas fotos aparecen sueltas en los lugares menos pensados.

Pero mi abuela también tenía fotos- muchas de mis preferidas- sueltas en una lata de alfajores Havanna de varias décadas atrás y dudosa belleza. Me las legó mucho antes de su partida, porque involuntariamente me he convertido en la guardiana de las fotos familiares y las pequeñas historias. Si bien pronto llegué a conocer todas las fotos, al estar sueltas siempre me sorprendía el orden en el que iban sucediéndose. Esa carencia de lógica y la casualidad fueron para mí, pienso ahora, una primera aproximación a lo fragmentario. Siempre hay fotos que- aun hoy- tengo la impresión de ver por primera vez.

Hoy en día me debato entre esas dos formas de atesorar recuerdos, por un lado, la meticulosa y documental del álbum de tapas azules; por el otro, la del azar y lo inesperado de la lata Havanna. Probablemente nunca me decida por ninguna porque el orden y el caos me atraen en partes iguales.

¿Pero qué sucede con las imágenes en movimiento? ¿Cómo atesorarlas? Es por eso que me propuse realizar mi propio álbum audiovisual, un espacio donde pueda atesorar esos pequeños momentos que en principio parece ser más volátiles que las fotografías debido a su materialidad- o a su falta-.

Como decía Agnes Varda “Si abriéramos a las personas encontraríamos paisajes” yo agrego que también encontraríamos imágenes en movimiento. Imágenes que nos han atravesado, que siempre llevaremos dentro, que no las elegimos, suceden en nuestro interior.

Sueño con un álbum en el que pueda ver una y otra vez los pequeños y mágicos fragmentos que me ha regalado el cine y nunca olvidaré.

Hace muchos años, durante mi adolescencia, en un día caluroso, prendí el televisor. En la pantalla apareció una película en blanco y negro. Una mujer se vestía de hombre y salía a la calle junto a dos amigos, en un puente jugaban una carrera. Solo vi esa pequeña secuencia y apagué la televisión. Muchos años después puede recuperar esa imagen y saber el nombre de la película y su director (es curioso el reencuentro, la manera en que el tiempo y la memoria modifican las imágenes. No me interesa la precisión en los recuerdos, sino las sensaciones que despiertan, lo que ocurre en el cuerpo cuando los evocamos, lo que nos ocurrió cuando los vivimos).

Creo que ese encuentro casual me permitió intuir que el cine podía ser otra cosa. Valorar esa pausa que no cambia el curso de la historia, pero le aporta frescura, libertad. Probablemente en esas pausas- en la vida y el cine- ocurran las cosas más bellas y genuinas. Ese breve momento, los pocos segundos que dura una carrera, la respiración agitada, el pelo al viento, el corazón que parece querer escaparse por la boca, el sonido de los pasos de quien corre detrás… por alguna razón me marcaron profundamente y abrieron un camino. Algo tan chiquito, tan cercano a la niñez que hacía no mucho tiempo había dejado atrás ocupando una gran pantalla⚫

SOLAX.TV + REVISTA CALIGARI

Suscribite por $200 los primeros tres meses.