Un álbum propio: Jeanne Dielman, 23, quai du Commerce, 1080 Bruxelles (1975), de Chantal Akerman

¿Cómo atesorar las imágenes en movimiento? Me propuse realizar mi propio álbum audiovisual, un espacio para atesorar aquellas imágenes que me han atravesado y siempre llevo dentro. Sueño con un álbum en el que pueda ver una y otra vez los pequeños y mágicos fragmentos que me ha regalado el cine y nunca olvidaré.

 

En una entrada de sus diarios Sylvia Plath escribe: “Hacer que el instante adquiera permanencia” como posibilidad de la literatura. El cine también podría asumir ese enunciado. ¿Acaso el quehacer cinematográfico no se trata- en gran medida- de capturar el gesto, de atesorar lo volátil, lo escurridizo, lo pequeño? El instante… salvarlo del olvido. 

Los pijamas debajo de la almohada no llegan allí por arte de magia; los platos no se quitan la grasa de la comida como si se dieran un baño; al levantar la tapa de una olla no encontramos comida humeante esperándonos. Algunas manos están detrás de estas tareas, alguien hace que una casa se mantenga en movimiento. Las casas están llenas de rutinas, horarios y exigencias. Estas tareas históricamente las han llevado adelante las mujeres, son asumidas como parte de sus obligaciones. Quehaceres que han sido realizados por nuestras abuelas, madres y tías a lo largo de los años. Acciones que requieren de delicadeza, pero también de fuerza. Acciones que no forman parte del imaginario cinematográfico, porque lo cotidiano va en contra de la épica, de los grandes relatos. No parece casual que sea una mujer la que decida poner en pantalla esas acciones invisibilizadas. Chantal Akerman ha heredado algo de esos gestos, en sus palabras: “los llevo en la sangre”, y esa cercanía le permite convertirlos en imágenes. 

Jeanne Dielman sentada a la mesa pela papas, ya la hemos visto hacerlo antes, pero ahora el gesto se ha transformado. La expresión de su rostro y la velocidad de sus movimientos parecen afectados por un destello, por una revelación. Sin mediar palabra sabemos que Jeanne reflexiona sobre su propia vida. Algo ha cambiado para siempre en ese instante de autorreflexión. Akerman nos enseña a ver, a agudizar la mirada, a volvernos más sensibles frente a una imagen. Toda imagen encierra un secreto, parece decirnos, y para que este se manifieste al menos fugazmente se requiere de paciencia y de entrega. El quehacer cinematográfico es un acto de paciencia, el acto de observar también debería serlo, interrogar a las imágenes, estar en vilo esperando ese momento de revelación fugaz. Akerman no subraya estos momentos, se mantiene a una prudente distancia de su protagonista, lo suficientemente cerca para percibir su expresión, pero no tanto como para aislarla de sus acciones. No hay una jerarquización desde la puesta en escena, será cada espectador/a quien descubra qué es lo importante, quien elegirá donde posar la mirada. El plano se expande para dejar un espacio donde se aloje el espectador/a. 

En aquellos gestos mecánicos que hacemos día tras día, algo nuevo puede ocurrir. La cocina se vuelve un espacio donde se manifiesta lo sensible, un espacio de reflexión profunda. El único espacio reservado para una mujer, el espacio al que ha sido desplazada por la sociedad patriarcal. La cocina se vuelve- a falta de un espacio intimo -en un cuarto propio. Jeanne interactúa con los objetos desde su materialidad, no es un decorado, no es un artificio, es una casa real. Ella misma fue a comprar las papas que ahora debe pelar con el pelapapas que lavó la noche anterior. La delicadeza con las que ha realizado las tareas domésticas hasta el momento parece responder a la imagen de ama de casa perfecta. La búsqueda de esa perfección, la precisión y la constancia tal vez lo sea para compensar la forma en la que gana su sustento, el trabajo sexual, actividad denostada por las sociedades que se asumen bien pensantes. La casa es entonces el espacio donde se desarrolla el trabajo doméstico y el sexual. La casa no es más un espacio de distención o refugio, la casa oprime. 

La cámara de Chantal Akerman no solo registra, su cámara espera. Espera que se manifiesten las transformaciones sutiles, las que ocurren en soledad en medio de tareas cotidianas. Cada relato necesita su tiempo para desplegarse. El cine también es un arte de la espera⚫

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