“Cuerpos, herencias y afectos en movimiento“
Por Laura Santos
En una casa aislada entre montañas, frente a un lago de superficie calma, el tiempo parece transcurrir con una cadencia propia, ajena al mundo exterior. Ese espacio, a la vez refugio y límite, alberga una convivencia marcada por la rutina, el silencio y una intimidad intensa. Allí viven Emma y su nieta adolescente Alicia, unidas por un vínculo profundo que se sostiene en el cuidado cotidiano y en una disciplina que organiza cada gesto. La vida compartida se estructura alrededor de la danza, entendida no solo como una práctica, sino como una forma de transmisión afectiva y de orden. Emma cría a Alicia con dedicación absoluta, convencida de que ese legado es una manera de protegerla y de darle un sentido claro a su crecimiento. Sin embargo, esa entrega amorosa también impone un marco rígido, donde el afecto se expresa más a través de la exigencia que del contacto directo, y donde la libertad personal queda suspendida en favor de una armonía frágil.
Alicia crece dentro de ese universo cerrado con sentimientos ambivalentes. Por un lado, encuentra contención y una identidad clara; por otro, percibe una incomodidad difícil de nombrar, una necesidad de correrse del lugar asignado sin herir a quien la cuida. La adolescencia irrumpe como un estado de tensión silenciosa, en el que el cuerpo empieza a reclamar otros tiempos y otros deseos. Esa estabilidad contenida se ve alterada con la llegada de Bárbara, hija de Emma y madre de Alicia, acompañada por Juan, su cuidador. Su aparición no es abrupta, pero sí profundamente transformadora. Bárbara trae consigo un modo distinto de vincularse, más directo, menos regulado, que desarma las lógicas establecidas en la casa. Su presencia expone aquello que estaba latente: las carencias afectivas, los reproches no dichos y las heridas que atraviesan a las tres generaciones.
Bárbara no encaja en el esquema que Emma construyó. Su manera de expresar emociones, sus cambios de humor y su relación espontánea con el afecto generan incomodidad, pero también abren una grieta por la que se filtran nuevas posibilidades. Alicia encuentra en su madre una cercanía emocional que no conocía, un contacto menos mediado por normas y expectativas. Ese reencuentro habilita preguntas sobre el pasado, pero sobre todo sobre el presente: qué significa cuidar, qué implica amar y hasta dónde una herencia puede convertirse en una carga. Para Emma, la convivencia forzada con su hija la enfrenta a sus propias limitaciones, a la dificultad de expresar ternura sin recurrir al control, y a un pasado que regresa no como recuerdo explícito, sino como una sensación persistente que atraviesa el cuerpo.
En este entramado, la figura de Juan introduce un matiz particular. Su rol como cuidador aporta una presencia masculina afectuosa y respetuosa, alejada de los modelos tradicionales y de las figuras ausentes que parecen haber marcado la historia familiar. Para Alicia, él representa una apertura hacia lo desconocido: el despertar del deseo, la curiosidad por lo prohibido y la posibilidad de imaginar una vida más allá de los márgenes impuestos. Esa atracción no se presenta de forma explícita, sino a través de gestos mínimos y miradas sostenidas, en coherencia con el tono íntimo de la película. Nada se subraya; todo se sugiere. El relato confía en la potencia de lo contenido y en la capacidad del espectador para leer entre líneas.
La danza atraviesa toda la experiencia como un lenguaje paralelo. No es un tema en sí mismo ni un simple telón de fondo, sino una forma de pensamiento corporal. En los movimientos se inscriben memorias, frustraciones y mandatos heredados, pero también la posibilidad de transformarlos. Para Emma, la danza es orden, repetición y legado; para Alicia, empieza a convertirse en un espacio de búsqueda personal, donde el cuerpo deja de ser solo un instrumento disciplinado y se vuelve territorio de exploración. A través de ese contraste, la película reflexiona sobre la transmisión generacional y sobre cómo una misma práctica puede ser vivida como refugio o como límite, según el lugar desde el que se la habite.
A lo largo del relato, los roles familiares se vuelven porosos y se intercambian de manera sutil. La abuela deja de ser únicamente la figura de autoridad, la madre deja de ocupar el lugar de la ausencia y la hija comienza a ensayar una identidad propia. El pasado se filtra constantemente en el presente, no como una serie de hechos explicados, sino como una huella que condiciona cada vínculo. Hay algo de fantasmático en ese retorno, una sensación de que lo no resuelto insiste y reclama atención. Sin recurrir a grandes conflictos ni resoluciones tajantes, la película propone un proceso de reacomodamiento emocional, donde cada personaje debe aprender a correrse de su posición fija para permitir algún tipo de transformación.
Con una mirada sensible y sin exageraciones, la ópera prima de Marlene Grinberg indaga en los vínculos intergeneracionales entre mujeres, en las formas del cuidado y en las tensiones entre amor y control. Su fuerza reside en la observación atenta de los detalles, en la confianza en los cuerpos como portadores de sentido y en una narrativa que privilegia la experiencia por sobre la explicación. El resultado es una obra íntima y reflexiva, que invita a pensar cómo se heredan los afectos y cómo, a veces, solo a través del movimiento es posible empezar a resignificarlos.
Titulo: Tres tiempos
Año: 2025
País: Argentina
Director: Marlene Grinberg