Tokyo International Film Festival and Future of Cinema Culture: Carlo Chatrian reflexiona en Tokio sobre el presente y el futuro de la cultura cinematográfica

En el marco del Festival Internacional de Cine de Tokio, el reconocido programador y crítico italiano Carlo Chatrian —exdirector de la Berlinale y actual responsable del Museo Nacional del Cine de Turín— realizó una charla con TheFilmStage (se puede escuchar completa aquí) “Tokyo International Film Festival and Future of Cinema Culture”, una conversación que funcionó tanto como balance de su trayectoria como una mirada lúcida y esperanzada sobre el porvenir del cine.

Como presidente del jurado internacional del festival, Chatrian comenzó refiriéndose a su tarea en Tokio: “Ser parte de un jurado es, sobre todo, escuchar. No se trata solo de juzgar películas, sino de entender a las personas con las que compartís la mesa”. Dijo que su función principal era equilibrar la pasión personal con la búsqueda de un consenso colectivo. “En un jurado hay que moverse rápido, aprender rápido y evitar malentendidos. La empatía es tan importante como la mirada crítica”, señaló, describiendo el trabajo como “una conversación intensa y breve, pero profundamente humana”.

El italiano, uno de los programadores más respetados de Europa, aprovechó la charla para reflexionar sobre la salud del circuito cinematográfico. “Los festivales están llenos, incluso más que antes. Pero eso no significa que las películas vivan”, advirtió. “Un film sin público no existe. Si se proyecta en una sala vacía, es como un árbol cayendo en el bosque”. En esa frase resumió una preocupación central: la distancia entre la visibilidad de los festivales y la fragilidad de la distribución. Chatrian sostuvo que muchos títulos premiados nunca llegan a estrenarse o tienen una vida mínima fuera del circuito festivalero. “Hay películas que se pierden porque no encuentran su lugar. Y eso no es culpa del público, sino del sistema”, dijo. Según él, el problema está en que “las grandes distribuidoras compran películas en paquete y después no las estrenan. Las dejan esperando. Es como si las tomaran de rehenes”. Frente a esa lógica, defendió el trabajo de los exhibidores y programadores apasionados, capaces de sostener el interés por obras pequeñas: “Cuando alguien cree en una película y la defiende con convicción, eso se nota. La pasión puede cambiar el destino de un film”.

Aun así, su tono nunca fue pesimista. Chatrian afirmó que existe una salida, y que pasa por revalorizar la figura del curador cinematográfico. “El público busca una mirada, una narrativa que le diga por qué una película importa. Los festivales y las salas deben ofrecer contexto, conexión, sentido. Eso puede marcar la diferencia”. Propuso, además, volver al espíritu de los antiguos cineclubes: “Cuando era joven, en mi ciudad había un cineclub los martes y miércoles. Ir ahí era un acto de amor por el cine. Creo que necesitamos recuperar eso: lugares donde ver películas sea también un acto de comunidad”.

En la conversación, también habló de su nueva etapa como director del Museo Nacional del Cine de Turín, institución que define como “una casa viva del cine”. Contó que recibe más de 800.000 visitantes al año, entre ellos 90.000 estudiantes, y que su gran desafío es acercar el arte cinematográfico a un público amplio. “El museo no puede ser un mausoleo. Tiene que ser un lugar donde el cine siga transformándose”, afirmó. Para eso, impulsó la creación de una sala dedicada al siglo XXI, con videoensayos y fragmentos de películas contemporáneas, y un programa que invita a cineastas a realizar cortos con materiales de la colección del museo. “No puedo hacer una exposición enorme sobre Albert Serra o Ryûsuke Hamaguchi, pero sí puedo invitarlos a mostrar su universo, su forma de ver el cine”, explicó. Chatrian también celebró la vuelta del público a las películas clásicas, que en muchos casos logran más éxito que los estrenos. “En Turín proyectamos obras restauradas de Kurosawa y fueron un fenómeno. Hay hambre de historia”, dijo. Para él, esa tendencia confirma que el pasado y el presente del cine pueden convivir: “Mostrar un clásico junto a una película nueva demuestra que ambas son parte del mismo diálogo cultural”. Ya en un tono más personal, confesó que su relación con el cine ha cambiado desde que dejó la Berlinale. “Antes veía más de seiscientas películas por año. Ahora puedo ver una película en una sala, con otras personas, y disfrutarlo. Es un lujo que había olvidado”, reconoció. También habló del desafío de dirigir una institución cultural: “Me paso más tiempo entre presupuestos y leyes que entre películas. Pero es parte del trabajo: si entendés los números, podés cuidar mejor el cine”.

La charla cerró con una reflexión sobre lo que el cine representa hoy. “Sigo creyendo que el cine es una forma de arte popular”, dijo. “El desafío es encontrar el equilibrio entre lo que el público espera y lo que todavía no sabe que quiere”. Y concluyó con una frase que sintetiza su pensamiento: “Mientras haya gente que se reúna en una sala para mirar una película, el cine estará vivo. No importa el formato ni la tecnología: el cine es, ante todo, un acto de comunidad”.

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CARTELERA MARZO: