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Yes, Nadav Lapid

The Price of the Sun (2026), de Jérôme le Maire

"Una pregunta incómoda sobre el rumbo del progreso contemporáneo, insinuando que su brillo puede ocultar nuevas formas de exclusión estructural persistente hoy mismo."

El precio del sol y las sombras del progreso

Cuando las autoridades marroquíes anunciaron la construcción de uno de los mayores complejos de energía renovable del mundo, lo hicieron como quien vende un producto, ajustando el discurso según el público. Así surgieron dos relatos: crecimiento económico ilimitado y transición ecológica ejemplar. Sin embargo, bajo esa retórica persiste una tensión: un futuro verde convertido en mercancía difícilmente será universal.

En The Price of the Sun, el cineasta Jérôme le Maire articula esa contradicción desde dos perspectivas complementarias. Por un lado, sigue a la tribu Aït en el altiplano cercano a Midelt, mostrando su relación íntima con un entorno árido donde el agua define la vida. Por otro, desplaza progresivamente el foco hacia un conflicto político: la dificultad de seguir siendo a la vez habitantes del desierto y ciudadanos plenos.

Desde los primeros planos abiertos, el film sitúa al espectador en una geografía casi intacta. Rebaños, viento y silencio configuran una cotidianidad antigua, pronto interrumpida por máquinas. Excavadoras, camiones y detonaciones transforman el paisaje mientras la televisión celebra la modernidad. La coexistencia entre ambas imágenes revela la violencia latente del proyecto.

La célebre idea de que la ecología sin lucha de clases es mero ornamento resuena aquí con fuerza. La planta solar promete energía limpia para millones, pero convierte a los Aït en daño colateral. Al perder acceso al agua y a sus rutas, quedan atrapados entre adaptarse o desaparecer.

Le Maire subraya además cómo este discurso reproduce lógicas coloniales. Las emisiones radiales que escucha la comunidad repiten promesas externas, ajenas a su experiencia. La ciudadanía aparece frágil, incapaz de protegerlos, mientras las infraestructuras cercan recursos vitales. Visualmente, los cuerpos son empequeñecidos por el territorio o por la maquinaria, acentuando una sensación de extrañamiento. A veces, observan pantallas para entender lo que ocurre en su propia tierra, como si el futuro les fuera narrado desde fuera.

Con el avance de las obras, aparecen cercas, se alteran los caminos y hasta la fauna modifica sus hábitos. La comunidad queda relegada a testigo de un proceso irreversible, donde el progreso funciona como espejismo.

En una escena final, mujeres mayores rompen piedras para extraer plomo, insumo de baterías para autos eléctricos. Mientras respiran polvo, otros celebran la energía limpia. La ironía sintetiza la tesis central: el costo de la sostenibilidad recae sobre quienes menos pueden asumirlo. 

Así la película cuestiona la noción de bien común, mostrando que no todos participan de sus beneficios. También revela la persistencia de desigualdades entre norte y sur, donde ciertas regiones funcionan como territorios de sacrificio. Frente a ello, los Aït recurren a estrategias de adaptación, combinando saberes antiguos con trabajos precarios vinculados al propio complejo. La película deja abierta una pregunta incómoda sobre el rumbo del progreso contemporáneo, insinuando que su brillo puede ocultar nuevas formas de exclusión estructural persistente hoy mismo.

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