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Father – MALBA Cine
“Un retrato del vacío americano”

Por Kristine Balduzzi

Un hombre decide volverse fantasma. No lo hace por miedo, ni por una amenaza concreta, sino como resultado de una extraña pulsión que lo lleva a hacer estallar su vida desde adentro. En The Mastermind, Kelly Reichardt nos sitúa en los Estados Unidos de principios de los años 70 para seguir los pasos de James Blaine Mooney, un sujeto que, con todo a su favor, familia, casa, estabilidad, prefiere dinamitar su cotidianidad en nombre de un plan absurdo y clandestino: robar cuatro cuadros del museo de arte de su ciudad. Lejos de plantear un thriller convencional, Reichardt construye una tragicomedia de derivas e impulsos egoístas, donde lo importante no es tanto el golpe en sí, sino lo que ocurre después. A Mooney no lo mueve la necesidad económica ni la adrenalina del riesgo, sino algo más turbio y menos confesable: una especie de hartazgo sordo, una frustración mal digerida con su entorno, y una arrogancia infantil que lo hace creer que puede salir impune. Como si el robo no fuera más que una forma elaborada de deshacerse de su vida anterior, o un intento caprichoso de probarse a sí mismo que aún puede tomar las riendas del destino.

The Mastermind funciona como un retrato generacional: el del descontento blanco de clase media que, en lugar de volcarse en una militancia colectiva, opta por una autoafirmación vacía y destructiva. Mientras las protestas contra la guerra en Vietnam ocupan las calles y las radios escupen titulares de un país fracturado, Mooney se desliza por moteles baratos y casas prestadas, huyendo no tanto de la ley como de sus propias decisiones. La película, sin subrayar nada, contrasta esa huida solitaria con el fervor de una época donde muchos luchaban por causas más grandes. En ese espejo invertido se revela la paradoja: el protagonista no busca justicia, sino una especie de escape sin rumbo, una aventura mínima disfrazada de crimen artístico. Reichardt filma este trayecto con su habitual distancia empática, sin exculpar ni condenar del todo a su personaje. La suya es una mirada que observa, que espera, que permite que el absurdo y la tristeza convivan en el mismo plano. El resultado es una película sobre el vacío disfrazado de ambición, sobre la tentación de desaparecer y el peso inevitable de las consecuencias. Porque Mooney, por más que lo intente, no logra nunca escapar del todo. Cada nueva parada, cada reencuentro, cada mentira sostenida por cansancio más que por convicción, va tensando una cuerda invisible que no tarda en romperse.

La elección del período histórico no es casual. A comienzos de los 70, Estados Unidos comenzaba a dejar atrás la inocencia de la posguerra y a entrar en una era de cinismo, paranoia y desencanto. The Mastermind captura ese tránsito con una sensibilidad visual que convierte cada escena en un eco de una época en ebullición: suburbios adormecidos, interiores cálidos y apagados, campos que parecen suspendidos en el tiempo. Es un mundo donde las certezas se desvanecen, y donde incluso el crimen parece carente de propósito. El título de la película juega con ironía: lejos de ser un verdadero genio del crimen, Mooney improvisa a cada paso, arrastrando consigo una cadena de errores, silencios y traiciones. Su plan, tan ingenuo como innecesario, lo coloca en una espiral de desconexión que lo va alejando no solo de los demás, sino de sí mismo. Pero ese descenso, más que desesperante, resulta hipnótico: Reichardt encuentra en el fracaso íntimo de su protagonista una forma de hablar de toda una nación, de una cultura que empieza a verse a sí misma con ojos escépticos.

Titulo: The mastermind

Año: 2025

País: Estados Unidos

Director: Kelly Reichardt