“El último brindis en el camino“
Por Fernando Bertucci
Hay noches en que la vida parece reducirse a un par de copas, una charla sin rumbo y la sensación de haber descubierto, por un instante, algo importante. Carlobianchi y Doriano viven en ese tipo de noches. Son dos viejos amigos que se repiten como una canción gastada: beben, filosofan, se ríen de sí mismos y olvidan lo que acaban de decir. Les basta con la rutina, con el bar de siempre, con la compañía mutua. Su amistad es un refugio contra el tiempo, una forma de resistir a la idea de que ya no queda mucho por hacer. No son sabios, pero han aprendido a no tomarse en serio, y esa liviandad se vuelve su virtud más grande. Un día aparece Giulio, un muchacho tímido, estudiante de arquitectura, sin demasiadas certezas ni demasiadas ganas de buscarlas. Su juventud no lo salva del desconcierto. Más bien, lo deja varado en una especie de vacío donde nada parece tener peso. Carlobianchi y Doriano lo adoptan sin pedir permiso. Ven en él una oportunidad de revivir el impulso de la aventura, de sentirse útiles, de compartir algo de esa sabiduría torpe que solo se obtiene después de muchas caídas. Para Giulio, ellos son una rareza: dos hombres que se mueven sin miedo al ridículo, que todavía creen que una noche puede cambiarlo todo, aunque al día siguiente todo vuelva a ser igual.
El viaje que emprenden juntos no tiene destino claro. Es un recorrido que avanza entre bares, conversaciones, recuerdos, pequeñas mentiras y momentos que parecen triviales pero encierran una especie de verdad flotante. Lo importante no es llegar, sino moverse; no es entender, sino sentir. Sossai construye con estos personajes una especie de oda a lo inútil, a lo que no deja huella y sin embargo marca. En tiempos donde todo se mide por su productividad, ellos eligen perder el tiempo con elegancia. Beber, reír, inventar historias. Recordar a medias. Olvidar del todo. Y volver a empezar. Giulio, al principio, los observa con distancia. No sabe si admirarlos o tenerles lástima. Pero poco a poco se deja arrastrar por su modo de vivir, por esa manera de mirar el mundo sin la urgencia de tener respuestas. Sus compañeros no pretenden enseñarle nada; solo lo invitan a participar del juego, a entender que vivir también es divagar, dejarse llevar, no buscar un sentido inmediato. En esa convivencia desordenada, los tres descubren algo que no se dice en voz alta: que la juventud y la vejez pueden encontrarse en el mismo punto cuando ambos renuncian a fingir que lo saben todo.
Las historias que Carlobianchi y Doriano cuentan son exageradas, contradictorias, probablemente falsas. Pero ¿a quién le importa? En su imaginación encuentran consuelo, y en su memoria reconstruyen el mundo como les da la gana. No hay engaño en eso, sino una forma de mantener viva la chispa. Giulio los escucha, se ríe, los acompaña, y en algún momento entiende que las verdades que importan no están en los libros ni en los discursos, sino en la gente que se atreve a seguir hablando incluso cuando nadie escucha. Así, la mentira se convierte en una forma de ternura, y la risa en un modo de sobrevivir. Hay algo profundamente nostálgico en este retrato de tres almas a la deriva. No nostalgia del pasado, sino de una forma de vivir que ya casi no existe: la de quienes se detienen a conversar, a perderse, a mirar el paisaje sin mirar el reloj. Las ciudades cambian, las carreteras se llenan, los bares cierran. Pero mientras haya alguien dispuesto a brindar sin motivo, algo del espíritu humano se conserva. Carlobianchi y Doriano, en su aparente decadencia, son guardianes de esa llama pequeña, testaruda y luminosa que se niega a apagarse.
Giulio, al final, no se transforma radicalmente. No hay moraleja ni epifanía. Solo una sensación distinta: la de haber compartido algo que no se puede explicar, pero que se siente. Tal vez eso sea crecer: aceptar que las respuestas no llegan, que el camino no se aclara, pero seguir andando igual. Y quizá eso mismo sea envejecer: descubrir que, aunque todo se repita, todavía hay espacio para un último brindis, una última carcajada, una última historia mal contada. Así, sin grandes gestos ni finales cerrados, esta historia deja una huella serena. Nos recuerda que la vida, con sus errores y desvíos, sigue siendo un viaje que vale la pena, sobre todo si se hace acompañado. Porque al fin y al cabo, como dirían Carlobianchi y Doriano, no hace falta entender nada para sentirse vivo. Basta con levantar el vaso, mirar alrededor y decir, una vez más: “Por nosotros”.
Titulo: The Last One for the Road
Año: 2025
País: Italia
Director: Francesco Sossai