“Aquí tiene el vuelto, señora”

Por Miguel Peirotti.

“Gracias, hasta luego” y la señora se va. Aunque no todos los clientes que pasan por el quiosco que atiende la directora Alexandra Pianelli son tan locuaces. Otros lo son menos, ojo. El ojo puesto en la humanidad no tanto en la ciudad francesa. La cámara que inaugura Pianelli cuando empieza a atender el quiosco de revistas de la familia que ella nunca atendió por salir a buscar horizontes menos horizontales y a hacer arte, es una ventanita que el mundo gana para mostrarse disfrazado de una metrópolis. El apellido italiano de la directora es la primera pista que recibimos, pero como la recibimos antes de ver sus película, no la comprendemos sino a medida que progresa la narración.

Le kiosk muestra gente común. Más común, imposible: de todos los colores y razas, con dientes limpios, dientes torcidos, sin dientes, sonrientes como Chaplin o parcos como Keaton, con menos o más cabello o con trenzas o con entretejidos infames o calvos orgullosos, altos y bajos y no tan altos y anchos y flacos y menos gordos, ancianos, “viejóvenes” y jóvenes y adultos y niños, tímidos y extrovertidos, o hipócritas o enigmáticos proferentes de gansadas que son capaces de deslizar conceptos misóginos formateados con naftalina con una sonrisa beatífica digna de un cardenal panzón más que de un ciudadano corriente que llega a comprar el diario, aunque el huevo de la serpiente rompe el cascarón en cualquier clima y circunstancia, tal como ha evolucionado; un crisol de raz… No, un crisol de comportamientos más que de razas se desprende en este trabajo sobre todo a partir de los veinte minutos, cuando podemos empezar a adivinar alguna que otra intención de la autora. La antropología Sui Generis que lleva adelante Pianelli no es menos expeditiva que su sociología sui generis. Hay un progreso narrativo en este documental pero es motorizado por el punto de vista de la directora, por su mirada, crítica no atonal, y no por la participación de la gente que pasa ante ella, convertida en la mujer-cámara que casi todo, salvo excepciones, lo registra en planos subjetivos. Los seres variopintos que desfilan ante la lente desfilan ante nosotros y son muy diferentes entre sí pero no sabemos absolutamente nada de cada uno, si siguen siendo la misma persona una vez que han abandonado el quiosco o si sus vidas pegan un giro radical. El ojo avizor de Pianelli muta de la ojeada-oruga a la contemplación-mariposa; cuando empieza este diario audiovisual ella es una persona (una artista que arrastra sus prejuicios) y cuando termina es otra (una persona que dialoga con los demás sin subirse a un taburete de superioridad). Y lo que diferencia a las dos pianellis no es un modo de capturar las imágenes, porque la técnica de la que se sirve es básica –sólo una cámara y un trípode– y su puesta en escena es ascética, sino su metodología para conocer a los clientes en su tránsito efímero por el quiosco, seguramente asistida por la calidez y el poder de encantamiento serpentario con el que debe armarse una cineasta que pretende abordar lo real y para ello, entrar en contacto con su comunidad. La singularidad que quiero establecer entre una y otra Pianelli no está determinada por su moral, es decir, no empezó la película siendo una cínica ni la terminó transformada una asistente social; es más sutil: la diferencia entre la magia negra y la magia blanca es la simple intención así como esto es lo mismo que separa a una artista con una cámara en su poder a una documentalista intencionada con el poder de la curiosidad. Insistimos: una cámara no es un DNI que te identifica como un cineasta automáticamente sino lo que demonios vayas a hacer con ese artefacto. Todos tenemos cámaras, no todos tenemos antenas. Como dice la sinopsis, la familia de Pianelli ha estado detrás de este mostrador casi un siglo. Pero la primera miembro familiar que tuvo la iniciativa de ir más allá del simple saludo fue Pianelli, la artista de la familia. De la transacción comercial a la acción documental. Transar con el aburrimiento no ha sido nunca una opción para las ovejas negras. Otra cosa que aprendemos de la película de Pianelli es que la gente para a preguntar direcciones postales en cualquier quiosco de cualquier ciudad del mundo. Y otra más: Lennon tenía razón cuando afirmaba que las personas somos originalmente y por lo general defectuosas, que sólo vemos cuerpos bellos y perfectos en las películas costosas de Hollywood y en las esculturales páginas de la revista Playboy.

Titulo: The Kiosk

Año: 2020

País: Francia 

Director: Alexandra Pianelli

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