Tardes de soledad y el aislamiento radical ante la muerte (del toro)

“Al reconstruir la experiencia del espectáculo desde la percepción del riesgo, la película logra sostener la ilusión del peligro humano mientras deja aflorar, sin subrayados, la profunda asimetría del ritual: una épica persistente frente a una muerte animal inevitable.”

Por Mauro Lukasievicz

Hay espectáculos que se sostienen sobre una idea poderosa aun cuando esa idea no resiste el contraste con la realidad. La tauromaquia es uno de ellos: un ritual que se presenta como un duelo casi natural entre dos fuerzas equivalentes, el hombre y el toro, ambos supuestamente expuestos a una muerte inminente. Sin embargo, basta con mirar con atención para advertir que esa simetría es, en gran medida, una construcción. El riesgo existe, pero no se distribuye de manera equitativa; la muerte no es una posibilidad compartida, sino una certeza casi exclusiva. Desde ese punto de partida, el de una ficción aceptada colectivamente, el cine encuentra un territorio privilegiado para interrogar no solo lo que vemos, sino cómo y por qué lo vemos. Ese es el terreno en el que se inscribe la obra documental de Albert Serra, quien aborda la corrida no como tradición ni como debate moral explícito, sino como un sistema de percepciones cuidadosamente organizado. La película construye una sensación constante de peligro extremo alrededor del torero, como si cada pase pudiera ser el último. Sin embargo, esa percepción choca con un dato realista: en los últimos veinticinco años, solo dos toreros profesionales han muerto a consecuencia directa de una corrida. La muerte del torero, tan presente en el imaginario taurino, se ha convertido en un mito moderno, sostenido más por la retórica del valor que por la realidad estadística. Y aun así, el cine (Albert Serra) logra reinstalar esa ilusión con una eficacia asombrosa.

La clave está en cómo se representa el riesgo. Aislado del contexto, sin cifras ni explicaciones, el cuerpo del torero parece siempre vulnerable, expuesto, frágil frente a la embestida. La cámara refuerza esa impresión mediante la repetición ritual, la duración de los planos y el encierro espacial. Cada corrida se vive como si fuera única, definitiva, aunque sepamos que el protagonista volverá a vestirse al día siguiente.

Lo fundamental es que, en la tauromaquia, hay un cuerpo para el cual la muerte no es una hipótesis sino un desenlace programado. El toro no entra en la plaza con posibilidades reales de sobrevivir. Más aún, el enfrentamiento dista mucho de ser “natural”. Numerosas investigaciones, denuncias y testimonios han señalado prácticas destinadas a mermar la fuerza del animal antes de la lidia: sedación, debilitamiento progresivo, golpes, estrés prolongado y un desgaste físico previo que condiciona radicalmente su comportamiento. Sin necesidad de convertir esto en un inventario médico, basta entender que el toro llega a la arena en un estado muy lejano al de su potencia original. La igualdad mítica entre hombre y bestia se revela entonces como una ficción cuidadosamente producida. La película no explica estos procedimientos ni los enumera, pero los vuelve perceptibles de otro modo. El cuerpo del toro aparece fatigado, sangrante, cada vez más lento; su fuerza “natural” se disuelve ante la cámara. Frente a él, el torero ejecuta una coreografía de precisión y belleza que Serra filma con un rigor casi escultórico. En esa coexistencia de gracia y agotamiento se revela la verdadera asimetría del ritual. El hombre parece desafiar a la muerte; el animal la atraviesa. La soledad que emerge no es compartida: mientras el torero puede salir, recomponerse, repetir, el toro queda solo frente a un final irrevocable.

Lo más inquietante es que, aun con esta evidencia, la película consigue sostener la ilusión del riesgo humano permanente. Esa es su mayor inteligencia formal. Al eliminar el contexto, al suprimir cualquier explicación externa, el film reconstruye la experiencia subjetiva del espectáculo tal como se vive: un presente absoluto donde cada gesto parece definitivo. El espectador siente que el torero está al límite, del mismo modo en que siente que un piloto de carreras puede morir en la próxima curva. El cine no miente; selecciona, encuadra, intensifica. Y en ese proceso produce una verdad emocional que no coincide necesariamente con la verdad material. La positividad de la película no reside en una defensa del espectáculo, sino en su confianza radical en el cine como herramienta de revelación. Al no intervenir discursivamente, Serra obliga al espectador a sostener una contradicción: creer en el riesgo del torero mientras asiste, una y otra vez, a la muerte del animal. La repetición ritual refuerza esta tensión. Cada corrida confirma que el torero sobrevive y que el toro no. Con el paso del tiempo, la épica se vacía y lo que queda es una estructura que necesita producir la ilusión del enfrentamiento para ocultar su desequilibrio fundamental.

En ese sentido, la película no desmonta el mito desde afuera; lo deja funcionar hasta que muestra sus grietas. La tauromaquia aparece así como una ficción cuidadosamente escenificada, un teatro de riesgo donde la muerte humana es excepcional y la animal es constitutiva. El cine convierte esa ficción en experiencia sensible y, al hacerlo, nos enfrenta a nuestra propia manera de mirar. Creemos asistir a un duelo ancestral cuando en realidad contemplamos un dispositivo moderno de control, desgaste y representación del peligro. La soledad que se impone al final no es solo la del toro que muere ni la del torero que actúa, sino también la del espectador, obligado a reconocer que aquello que parecía natural es, en verdad, una construcción sostenida por la mirada y por el deseo de creer en ella.

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CARTELERA MARZO: