“Un rostro para el futuro“
Por Kristine Balduzzi
Marc Isaacs vuelve a desafiar las categorÃas tradicionales del cine con Synthetic Sincerity, una obra que propone una relación renovada entre lo humano y lo artificial sin caer en alarmismos ni discursos solemnes. Lo hace desde una perspectiva Ãntima y cercana, tomando como punto de partida a Ablikim Rahman, un cocinero uigur cuyo pequeño restaurante en el norte de Londres se convierte inesperadamente en puerta de acceso a un mundo de experimentación tecnológica. Esa elección, tan humilde como reveladora, le permite al director desplegar una mirada que combina calidez, curiosidad y una fina ironÃa sobre lo que entendemos por verdad en la pantalla.
Rahman acepta participar en un proyecto universitario que estudia la expresividad del rostro humano mediante técnicas avanzadas de análisis digital. Lejos de ser tratado como un sujeto pasivo, aparece como un aliado tácito de Isaacs, alguien que observa con mezcla de asombro y diversión cómo sus gestos cotidianos pueden transformarse en datos capaces de alimentar una versión artificial de sà mismo. Su presencia aporta un contrapunto emocional que sostiene la pelÃcula y la mantiene anclada en lo terrenal incluso cuando explora territorios conceptuales. El laboratorio en el que se desarrolla el estudio es ficticio, aunque está poblado por investigadores reales que se suman con naturalidad al juego de Isaacs. Lo que podrÃa haber derivado en un retrato frÃo de la investigación cientÃfica se convierte aquà en un espacio donde lo absurdo y lo auténtico conviven. Los gestos espontáneos de los estudiantes, la energÃa del profesor a cargo y la disposición general a experimentar, contribuyen a crear una atmósfera donde la ficción funciona como espejo de una verdad más profunda. Isaacs logra que el artificio no oculte la realidad, sino que la potencie.
Uno de los elementos más llamativos del filme es la presencia de un avatar que orienta al propio director dentro del mundo de la investigación. Esta figura, generada a partir de grabaciones de la actriz Illinca Manolache y modelada digitalmente, encarna una mezcla singular de autoridad y humor. Su tono, siempre un poco severo pero nunca hostil, funciona como brújula narrativa y añade un matiz cómico que suaviza las reflexiones más densas. A través de esta interacción, la pelÃcula ensaya una forma de diálogo entre el creador y una criatura que existe a medio camino entre la actuación y el algoritmo. Isaacs entrelaza escenas documentales con secuencias más claramente construidas sin marcar una frontera visible entre ambas. La fluidez con la que se combinan estos elementos da lugar a una obra que respira libertad y evita encasillarse en un solo género. Esta mezcla permite explorar la inteligencia artificial sin convertirla en amenaza ni en promesa redentora, simplemente como un territorio nuevo donde observar cómo reaccionan los gestos, las emociones y las instituciones humanas.
Uno de los aspectos más refrescantes del filme es su rechazo a la solemnidad. Isaacs aborda el tema desde la curiosidad y la duda, evitando respuestas apresuradas. No señala a la tecnologÃa como culpable, sino que invita a pensar en las estructuras sociales que determinan cómo se usa y a quién beneficia. Esa mirada crÃtica pero no pesimista le da a la pelÃcula una ligereza que nunca se traduce en superficialidad, sino en apertura a múltiples interpretaciones. La pelÃcula también plantea interrogantes sobre la representación. Frente a un rostro digital creado a partir de un ser humano real, surge la pregunta de hasta qué punto podemos identificarnos con una figura sin experiencia propia. Isaacs sugiere que quizá no sea tan diferente del vÃnculo que establecemos con los personajes de la ficción tradicional. Después de todo, cada obra audiovisual construye una ilusión que aceptamos porque deseamos creer en ella, y ese pacto con el espectador se renueva aquà desde una perspectiva contemporánea.
El retrato de los investigadores introduce una dimensión social que amplÃa la lectura del filme. Las tensiones institucionales, la preocupación por la diversidad de estudiantes y la influencia de intereses externos se filtran en pequeñas escenas que revelan que incluso en los espacios donde se imagina el futuro, las decisiones siguen marcadas por fragilidades muy humanas. Es un recordatorio de que la tecnologÃa no avanza aislada, sino en diálogo constante con contextos polÃticos y culturales.
A pesar de su presupuesto reducido, Synthetic Sincerity irradia una libertad creativa poco común. Isaacs demuestra que la independencia puede ser una aliada poderosa cuando se trata de explorar ideas sin las limitaciones de estructuras rÃgidas. Su pelÃcula avanza con naturalidad, sin prisa por resolver las preguntas que plantea. Al final, lo que queda es una invitación a mirar el porvenir con curiosidad.Â