“Body Horror de Autoayuda”

Por Agustin Acevedo Kanopa.

En el primero de sus múltiples experimentos, uno puede llegar a rasguñar la corteza de esa especie de sensación orgásmica que embarga a Hunter (Haley Bennett) cuando se traga una canica: la fría, dura y pulida esfera se desliza por la garganta y uno casi que puede sentir aquel nuevo peso bajando por la laringe esófago y diafragma hasta anidar en el estómago. Una rara sensación de frescura, de poder ser consciente, sin dolor, de varios rincones de un organismo propio que suele adquirir identidad y especificidad casi exclusivamente en situaciones de lesiones o enfermedad. Hasta la misma sensación de evacuar la pieza ingerida podría sentirse como una versión un poco más sedosa y limpia de empollar. Sin embargo, cuando Hunter prueba redoblar la apuesta y se traga un pin de tablero, todo nuestros puentes sensoriales se dinamitan al imaginarnos aquel objeto puntiagudo abriéndose paso por nuestro tracto intestinal: el vértigo de cuando aún pende al borde de la campanilla, como en la cima de un tobogán; el ardor del primer pinchazo cuando los músculos de la laringe se tensan; el pequeño desgarro en las paredes del esófago mientras baja; el horror de terminar de largar eso por nuestro ano.

En su primer y segundo acto Swallow (Carlo Mirabella-Davis, 2019) es una película de body horror contenidísimo que cumple su cuota con apenas unas gotas de sangre, donde todo lo terrible ocurre dentro de la protagonista. El famoso trastorno pica por el que una persona sucumbe a la compulsión de comer o deglutir objetos impensados suele ser un cuadro más típicamente asociado a niños (aunque puede encontrarse también en pacientes oligofrénicos o esquizofrénicos) y, en alguna medida, la misma Hunter es tratada como una: su esposo (Austin Stowell, que no sabemos si actúa mal o si es que encarna a esos tipos de garcas cuya vida entera es una completa mala actuación) alterna entre la ternura, condescendencia, indiferencia y exasperación y sus suegros tienen puestos sus ojos en su nuera como una nueva adquisición todavía en etapas de control de calidad.

En una primera instancia hasta la misma Hunter sabe eso, y hay una extraña cualidad zen en ese intento de borrar toda identidad propia para volverse el lienzo aséptico donde el resto traza sus impresiones. En este sentido, la actuación y physique du rôle de Bennett no podría ser más adecuada: la extraña simetría de su rostro -con unos ojos un poco separados entre sí, que a la vez que potencian esta sensación triangulan con un labio superior delgado, siempre húmedo y casi tembloroso- corporiza a la perfección esta especie de torre de jenga de cordialidad, pulcritud y desesperación. Su pelo parece estático e imperturbable, similar al de un playmobil, al igual que su piel siempre maquillada, con una cualidad brillosa y plástica que se funde con las superficies cromadas y vidriosas de la casa. Al igual que su voz: una superficie azucarada y quebradiza como la corteza de una crème brûlée.

Similar a Raw (Julia Ducournau, 2016), el trastorno de la protagonista que da pie al body horror está encriptado como una verdad tan liberadora como mortífera. En el caso de Hunter, detrás del telón terrorífico del trastorno está el valor de tener control y potestad sobre su cuerpo, una vez que queda embarazada y este cuerpo ya no es sólo suyo. Casi podríamos decir que más allá de aquellas canicas, pins, clavos, pilas y tierra que se lleva a su boca, al momento de quedar embarazada la protagonista ya viene tragándose muchas cosas más: las imposiciones de su nueva familia, la angustia de la casa hipermoderna y completamente aislada y un acontecimiento traumático que empieza a trabajar una vez que es mandada a unas sesiones psicoterapéuticas obligatorias.

Es en este giro por medio del cual se conecta el trastorno con el trauma que la película pierde un poco de filo y empieza su lenta fusión del body horror con algo más cercano al formato de autoayuda. Por más emancipatorio que se vea el nuevo trayecto que emprende Hunter (su mismo nombre esconde el pasaje de ser la presa a convertirse en cazadora), incluso con un climax dramático impecablemente llevado por Bennett, daría la impresión de que la Swallow es mucho más irreverente, política e intransigente cuando todavía el trastorno pesa por el acto en sí mismo, sin explicaciones. Una acción irracional y pura de alguien que, sin jamás perder la sonrisa, le levanta el dedo del medio a un esquema social y económico que quiere controlar su cuerpo y su voluntad.

Ver su placer al tragar, la colección de todos esos objetos rescatados de su interior y puestos en exhibición como medallas de unas olimpíadas oscuras y privadas, es un hecho político mucho más sólido que toda la liberación psicologicista que vendrá después

Titulo: Swallow

Año: 2019

País: Estados Unidos

Director: Carlo Mirabella-Davis

 

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