“Silencios y umbrales“
Por Kristine Balduzzi
En Songs of Forgotten Trees, Anuparna Roy propone una experiencia cinematográfica que se adentra en territorios íntimos, esos espacios que rara vez se comparten y que, sin embargo, definen nuestra forma de estar en el mundo. La película parece hablarnos desde el otro lado de una pared: escuchamos murmullos, intuimos gestos, intentamos completar con nuestra imaginación aquello que permanece oculto. Es una historia sobre el deseo de ver y, al mismo tiempo, sobre el peligro de mirar demasiado de cerca. El relato se centra en la convivencia de dos mujeres en la inmensidad de Mumbai. Thooya, que sueña con abrirse camino como actriz, y Swetha, trabajadora de oficina que alquila un cuarto en el apartamento que ambas comparten. Lo que comienza como simple indiferencia va transformándose en una relación frágil y ambigua, marcada por silencios más elocuentes que las palabras. La cercanía física no garantiza cercanía emocional, y Roy convierte esta paradoja en el corazón de su película.
La ciudad, vibrante y caótica, funciona como telón de fondo de un aislamiento compartido. Sus habitantes viven pared con pared, pero siguen siendo desconocidos entre sí. Este retrato de la soledad urbana se refleja en los gestos cotidianos: comer juntas sin hablar, pasar de largo por el pasillo, escuchar al otro sin atreverse a preguntar más. Roy nos recuerda que en las grandes urbes podemos estar rodeados de millones de personas y, sin embargo, sentirnos completamente solos. El apartamento que comparten Thooya y Swetha se convierte en metáfora de esa tensión: un espacio doméstico que debería ser refugio pero que revela las fronteras invisibles entre quienes lo habitan. Las puertas cerradas, los pasillos estrechos o los encuadres a medias sugieren constantemente que algo queda fuera de nuestra vista. Así, el espectador se convierte en testigo indiscreto de un vínculo que nunca termina de consolidarse.
Ambas mujeres arrastran carencias y secretos. Thooya busca en su oficio una forma de ser reconocida, aunque ese reconocimiento siempre esté teñido de artificio. Swetha, en cambio, intenta encontrar en las citas rápidas un afecto que nunca llega a materializarse. Lo que comparten es el vacío, esa imposibilidad de acceder plenamente a la otra, y al mismo tiempo el deseo inconfesado de intentarlo una y otra vez. La fuerza de Songs of Forgotten Trees no radica en lo que cuenta explícitamente, sino en lo que deja sin resolver. El vínculo entre las protagonistas se va tejiendo con gestos mínimos, con avances y retrocesos, hasta que descubrimos que la intimidad puede ser tan esquiva como el amor. Roy evita dar respuestas fáciles: su apuesta es mostrar la vida como un territorio de deseos incompletos, encuentros que rozan la posibilidad pero no alcanzan la plenitud.
Al final, lo que permanece es una sensación de extraña familiaridad: como si hubiéramos compartido ese mismo silencio alguna vez, en nuestra propia casa o en la vida de alguien más. Songs of Forgotten Trees nos invita a contemplar esas grietas de la experiencia humana donde lo no dicho pesa más que cualquier palabra.