Sobre la Berlinale 2026: ¿puede el cine mantenerse al margen de la política?

“La separación entre arte y política es una ficción cómoda. El cine nunca es neutral. Elige un punto de vista, un encuadre, un relato, cuerpos que filmar y otros que dejar fuera de campo. Distribuye la luz y la sombra.”

Por Abbas Fahdel

En la apertura del Festival Internacional de Cine de Berlín, su presidente del jurado, el cineasta alemán Wim Wenders, afirmó que los realizadores debían «mantenerse al margen de la política» y concentrarse en su verdadera misión: cambiar la forma de pensar de la gente. Consultado sobre la posición del gobierno alemán respecto a Gaza, insistió: hacer películas «resueltamente políticas» equivaldría a entrar en el terreno de los políticos; el cine, en cambio, sería un «contrapeso» de la política. «Debemos hacer el trabajo de la gente y no el de los políticos», añadió. Estas palabras pretenden defender la autonomía artística. Sin embargo, suenan como una evasiva en un momento en que el silencio pesa tanto como la palabra.

La separación entre arte y política es una ficción cómoda. El cine nunca es neutral. Elige un punto de vista, un encuadre, un relato, cuerpos que filmar y otros que dejar fuera de campo. Distribuye la luz y la sombra. Decide quién tiene derecho a la complejidad y quién queda reducido a una silueta. Toda obra está atravesada por valores, representaciones y relaciones de poder. Afirmar que el cine debe mantenerse «al margen» de la política equivale a olvidar que la neutralidad misma es una posición política. El universal invocado para elevarse por encima de los conflictos puede entonces convertirse en una pantalla, no en una altura.

La Berlinale ha cultivado durante mucho tiempo la imagen de un festival atento a las sacudidas del mundo. Supo tomar posición sobre Ucrania, sobre Irán y sobre otras fracturas contemporáneas. ¿Por qué, entonces, esta prudencia extrema cuando se trata de Gaza? En un contexto de genocidio, desplazamientos forzados y crisis humanitaria, elegir el repliegue no es un gesto neutral. Es una elección que normaliza el statu quo en nombre de una supuesta distancia artística. ¿Cómo pretender «cambiar la forma de pensar de la gente» mientras se rehúsa enfrentar con claridad una de las tragedias mayores de nuestro tiempo?

Wenders evoca la culpa histórica alemana ligada a la Shoá para explicar la prudencia del gobierno. La memoria del exterminio de los judíos de Europa es una responsabilidad inmensa, que impone vigilancia y rigor. Pero cuando se convierte en un argumento para evitar toda crítica contemporánea, deja de ser un imperativo ético para transformarse en una justificación paralizante. La memoria no debería producir silencio; debería, por el contrario, agudizar la conciencia frente a toda violencia de Estado, dondequiera que se manifieste.

Presentar el cine como un «contrapeso» de la política supone que actuaría de otro modo, más profundamente, a distancia de las relaciones de fuerza. Es cierto que las películas pueden transformar las sensibilidades y desplazar los imaginarios. Pero la historia del cine muestra también que las obras más decisivas han asumido a menudo frontalmente su dimensión política. Refugiarse en la idea de que el compromiso artístico sería una contaminación por la política equivale a olvidar que el arte no es fuerte porque se mantenga al margen, sino porque enfrenta lo real sin dejarse reducir a la propaganda.

La interrupción del livestream de la conferencia de Wenders poco después de la pregunta sobre Gaza —ya sea por un problema técnico o una torpeza— reforzó el malestar. En un festival que pretende ser un espacio de debate y pluralidad, la menor sospecha de censura fragiliza la credibilidad del discurso sobre la libertad artística. No se puede celebrar el poder del cine para interrogar el mundo mientras se da la impresión de temer ciertas preguntas.

Quisiera contar aquí mi experiencia como miembro del jurado documental de la Berlinale 2024. El clima político alemán ya era extremadamente tenso. Las manifestaciones pro-palestinas eran violentamente reprimidas y toda crítica a la política israelí era asimilada al antisemitismo por el gobierno y los medios alemanes. A pesar de ese contexto, junto con mis dos colegas del jurado decidimos otorgar el premio al mejor documental de la Berlinale a la película palestina No Other Land. La entrega del premio, acompañada de discursos que denunciaban el genocidio en Gaza y la complicidad del gobierno alemán, tuvo lugar en presencia de autoridades alemanas, entre ellas el alcalde de Berlín y la ministra federal de Cultura, conocidos por su firme apoyo a Israel. Esta toma de palabra provocó un escándalo en los medios y en el ámbito político alemán. Desde entonces, ha tenido como consecuencia hacer imposible la presencia de películas abiertamente comprometidas con la causa palestina o que denuncien la política del gobierno israelí. La postura de Wenders hoy, bajo la cobertura de una supuesta neutralidad artística, parece confirmar y legitimar ese giro.

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CARTELERA MARZO: