“Una peregrinación hacia la verdad”
Por Natalia Llorens
Carla Simón regresa a ese terreno íntimo y delicado donde el cine y la memoria se entrelazan con una precisión conmovedora. Si Verano 1993 hablaba de la infancia y Alcarràs de los vínculos familiares amenazados por el progreso, aquí la directora vuelve con una película que late al ritmo del pasado: un viaje emocional al corazón de la familia, la pérdida y los recuerdos no contados. Con un tono contenido y lleno de resonancias personales, Romería se presenta como su obra más introspectiva hasta el momento. La historia sigue a Marina, una joven de 18 años que, huérfana desde niña, decide viajar desde Barcelona hasta Vigo, en la costa atlántica de Galicia, con la esperanza de reconectar con la familia paterna que nunca conoció del todo. En ese trayecto hacia lo desconocido, también va en busca de documentos oficiales que necesita para comenzar sus estudios de cine. Pero el verdadero motor de su desplazamiento no es administrativo, sino emocional: Marina quiere entender de dónde viene, y qué parte de ese pasado, doloroso, silenciado, complejo, sigue habitando en ella.
Simón teje una película donde las preguntas pesan más que las respuestas. ¿Qué historias decide contar una familia? ¿Cuáles quedan enterradas por vergüenza, miedo o dolor? Romería explora esos huecos, esos vacíos, y los llena con una mirada compasiva pero lúcida, que nunca juzga pero tampoco idealiza. El relato transcurre en 2004, pero está atravesado por ecos de otra época: la juventud de los padres de Marina, marcados por el consumo de heroína, el estigma del SIDA y la incomodidad de una sociedad que prefería cerrar las puertas antes que enfrentar el sufrimiento. Más allá de lo estrictamente narrativo, Romería funciona como un espacio de reencuentro simbólico. La protagonista se convierte en puente entre dos tiempos, dos generaciones, dos verdades. A través del diario íntimo de su madre, que estructura la película en capítulos, y de grabaciones de cámara digital que remiten al primer viaje real de Simón a Galicia, el film adquiere una cualidad casi documental, como si el pasado se reconstruyera no desde la certeza, sino desde los fragmentos. Es un gesto cinematográfico profundo: una película que no pretende capturar la verdad objetiva, sino algo más esquivo y poético, como lo que sentimos cuando nos enfrentamos a una foto antigua o a un lugar que reconocemos sin haber pisado nunca.Uno de los momentos más poderosos es la transición hacia un flashback en los años ochenta, donde la historia da un giro inesperado. En lugar de seguir un realismo estricto, Simón introduce elementos de ensueño que dan cuenta de la idealización con la que Marina imagina a sus padres. Allí, los jóvenes enamorados parecen suspendidos en el tiempo, en una Galicia soleada y sensual que pronto se ensombrece. Esa ruptura del tono habitual en la obra de la directora, un atisbo de realismo mágico, de coreografías improbables al ritmo del punk español, no desentona, sino que enriquece: es una representación lírica del deseo de revivir lo perdido, de comprender lo incomprensible.
Lo más admirable de Romería es su honestidad emocional. La película no cae en sentimentalismos, ni fuerza clímax artificiales. Los encuentros entre Marina y sus familiares están llenos de silencios incómodos, de gestos contenidos, de contradicciones humanas. Hay tensión, pero también un deseo genuino de conexión. Y, como en la vida real, esas conexiones no siempre son claras ni satisfactorias. Algunos personajes se resisten a mirar atrás, otros se aferran a los recuerdos. Marina, en cambio, decide mirar de frente. En este recorrido, la noción de “romería” cobra un sentido pleno. No se trata solo de un viaje físico, sino espiritual. Una peregrinación que no lleva a un santuario religioso, sino a las raíces emocionales de una identidad fragmentada. Y si bien Marina no encuentra todas las respuestas que busca, sí obtiene algo más valioso: la posibilidad de narrar su propia historia, con sus propias palabras, en su propio lenguaje. En ese gesto, tan íntimo como cinematográfico, hay una forma de sanación. Con una mirada que rehúye lo grandilocuente pero que no teme lo profundo, la directora firma una película sutil y luminosa, donde el pasado no es una carga, sino una brújula.