Remake (2025), de Ross McElwee
"Remake es el trabajo más íntimo y más doloroso de una carrera construida sobre la intimidad. Es también, paradójicamente, un acto de amor."
El Peso de una Cámara
Ross McElwee lleva décadas filmando su propia vida con la misma dedicación con que otros directores construyen mundos ficticios. Su cámara ha sido testigo de bodas, nacimientos, conversaciones con amigos y las pequeñas ceremonias del día a día. Pero en Remake, su primer largometraje en catorce años, ese mismo instrumento se convierte en algo más perturbador: el archivo de una pérdida anunciada y la prueba de lo que un padre no supo ver a tiempo.
En 2016, su hijo Adrian murió a los 27 años tras consumir heroína adulterada con fentanilo, luego de años de lucha contra la adicción y el trastorno bipolar. Adrian no era un desconocido para los espectadores habituales de McElwee: había aparecido en sus documentales desde su propio nacimiento, registrado en Time Indefinite en 1993. Creció ante la cámara de su padre, primero como un niño fotogénico y curioso, luego como un joven brillante y contradictorio, y finalmente como alguien que luchaba en silencio mientras la lente seguía grabando.
McElwee anuncia la muerte de Adrian en los primeros minutos del filme, lo que transforma toda imagen posterior en una especie de duelo anticipado. Cada escena de la infancia de Adrian, cada broma frente a la cámara, cada discusión con su padre, queda bañada por la conciencia de su ausencia definitiva. La película adopta una estructura no lineal que imita el funcionamiento errático de la memoria: salta entre décadas, mezcla material en 16mm con video digital contemporáneo, y construye un retrato fragmentado que no pretende ser exhaustivo sino honesto.
Lo que distingue a Remake de un simple documental de duelo es la valentía con la que McElwee se examina a sí mismo. No se limita a llorar a su hijo: se pregunta en voz alta si su compulsión de filmarlo todo contribuyó a dañarlo. Exponer las vulnerabilidades de Adrian ante audiencias de festivales internacionales, registrar sus momentos más difíciles bajo el pretexto del arte, mantener encendida la cámara cuando quizás habría sido más humano apagarla: estas son preguntas que McElwee formula sin esquivar la incomodidad que generan. Una secuencia particularmente incómoda recupera fragmentos de la conferencia de prensa de Photographic Memory en Venecia, donde un Adrian visiblemente afectado habla sobre la extrañeza de verse proyectado en pantalla grande.
Pero el filme no es solo culpa ni autopunición. McElwee incorpora el propio material audiovisual que Adrian filmó: videos de skate, bromas con amigos, imágenes de montañas nevadas en Colorado y, más oscuramente, registros de consumo de drogas que Adrian planeaba incluir en un proyecto sobre la crisis de los opioides entre jóvenes. Esa decisión de incluir el trabajo del hijo dentro de la obra del padre es profundamente generosa: convierte a Adrian en coautor, no solo en sujeto.
El título alude también a una subtrama que recorre el filme con humor involuntario: un director de Hollywood intenta durante años convertir Sherman’s March, el documental más célebre de McElwee, en una comedia de ficción. El proyecto fracasa en todas sus iteraciones posibles. Hay algo apropiado en eso: algunas historias no se pueden rehacer. Solo se pueden sostener, tal como son, con todo su peso. Remake es el trabajo más íntimo y más doloroso de una carrera construida sobre la intimidad. Es también, paradójicamente, un acto de amor.