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Rehmat (2026), de Gurvinder Singh

"Singh parece decirnos que, incluso en una tierra marcada por generaciones de trauma colectivo, la generosidad cotidiana sigue siendo posible y necesaria."

El silencio, la luz y el viento

Un tren cruza la noche en la distancia. No lo vemos: solo escuchamos su rumor, mientras las sombras de las hojas tiemblan sobre las paredes de una casa punyabí. Así arranca Rehmat, la nueva película del cineasta indio Gurvinder Singh, presentada en la Competición Internacional de Locarno 2026. Desde ese primer minuto queda claro que estamos ante un director que prefiere la sugerencia al discurso, y que confía más en el silencio, la luz y el viento que en las palabras para hablar de historia.

Basada en tres relatos de la escritora punyabí Ajeet Cour, Rehmat se construye como un tríptico de historias entrelazadas, cada una centrada en una comunidad religiosa distinta, hindú, sij y musulmana, y todas atravesadas por la misma herida: la Partición de la India en 1947 y sus réplicas posteriores, en particular la insurgencia de los años ochenta en Punyab. Pero Singh no busca reconstruir esos episodios como lección de historia. Le interesa, sobre todo, mostrar cómo la política se infiltra en lo doméstico: en una casa, en una cena, en la espera de un tren que quizá nunca llegue. La primera de las tres historias presenta a Seema, una joven que una noche descubre a un hombre herido escondido en el cuarto trasero de su casa. Se trata de Balwinder, un militante sij perseguido por la policía. Lo que podría convertirse en un dilema moral abstracto se resuelve con una naturalidad conmovedora: Seema decide protegerlo, no como gesto heroico, sino como respuesta humana ante alguien que sufre. Ese pequeño acto de hospitalidad, casi instintivo, funciona como declaración de principios de toda la película.

El segundo capítulo se traslada a la familia de Balwinder, que durante meses espera noticias suyas sin saber si sigue con vida. Los padres aguardan con una paciencia que parece infinita; su esposa Kiran sostiene a la familia como puede; y el hijo del matrimonio, Harman, empieza a recibir en la escuela los primeros susurros de un discurso de venganza. Singh retrata con delicadeza cómo la violencia política no termina con quienes la viven directamente, sino que se transmite a la siguiente generación como una lengua nueva que hay que aprender a rechazar. La respuesta de Kiran, pedirle a su hijo que estudie en lugar de odiar, resume el espíritu conciliador que recorre todo el filme.

La tercera y última historia introduce al personaje más entrañable de la película: Rashid, interpretado por un espléndido Naseeruddin Shah, un anciano de origen musulmán que regresa desde Mánchester al Punyab que su familia tuvo que abandonar de niño, tras serle diagnosticada una enfermedad terminal. Rashid llega bromeando, presentándose casi como una broma cósmica, “Dios”, dice de sí mismo con picardía, pero pronto se revela como el verdadero corazón emocional del relato. Su búsqueda de la vieja casa familiar, hoy habitada por otra familia, se convierte en un recorrido por la memoria misma del lugar: paredes desconchadas, patios silenciosos, árboles que han visto pasar generaciones enteras.

Lo más notable de Rehmat es que, pese a tratar temas tan dolorosos, la muerte, el desplazamiento, la sospecha entre comunidades, nunca cede a la amargura. Cada personaje, venga de donde venga, es recibido con la hospitalidad que en Punyab se asocia tradicionalmente a cualquier huésped, sea un viajero, un forastero o incluso un presunto fugitivo. Singh parece decirnos que, incluso en una tierra marcada por generaciones de trauma colectivo, la generosidad cotidiana sigue siendo posible y necesaria. No en vano, el propio título de la película significa “gracia” o “compasión”, tanto en punyabí como en árabe.

Visualmente, el filme se apoya en largos planos secuencia que acompañan a los personajes por espacios domésticos y rurales, dejando que el tiempo se sienta en la piel del espectador. La fotografía de Shashank Walia logra que uno casi perciba el aroma del chile recién molido en el mortero o el vapor del té con leche servido en tazas de metal. Esa textura sensorial compensa los momentos en que la estructura fragmentada del relato distancia emocionalmente al espectador de unos personajes que apenas empiezan a conocerse cuando la historia ya avanza hacia el siguiente capítulo. Con Rehmat, Gurvinder Singh confirma su lugar entre los cineastas más personales del actual cine de autor surasiático, en una década que ya ha dado obras notables como las de Payal Kapadia o Saim Sadiq. Su mirada sobre Punyab es a la vez política y profundamente humana: una invitación a pensar que, frente a la sospecha y la división, siempre queda la posibilidad de abrir la puerta a quien llama.

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