(Publicado originalmente en Revista Caligari, Año 1 – Número 3)

Por Andrés Schinocca Cambiasso.

A pesar de que ya lo sabes, y de que ya lo experimentaste antes, incluso lo ves venir, nunca deja de sorprender ese momento en que alguna parte de tu cuerpo recuerda. Es un movimiento, una repetición, un dolor, un placer, o algo que dispara la memoria. Pero es una memoria material de tu cuerpo. Es una verdadera memoria. En este caso, fueron mis dedos pulgares los que recordaban. Hacía unos meses me había separado, y las discusiones eternas con mi ex mujer mediante mensajes en el celular eran el recuerdo innegable de aquellas tardes perdidas en que los partidos de fútbol en los videojuegos eran la mayor bondad que mi torpe preadolescencia me regalaba. Cierto es que, en aquel momento, se me hacían callos en los dedos y que ahora ya no era así, gracias al avance tecnológico y sus pantallas táctiles. Tal vez esa temprana afición por los botones me había marcado para inclinarme hacia la fotografía. Es una posibilidad. Lo del fotoperiodismo debe estar vinculado a otras cosas, pero eso ya es historia para otro momento. La verdad es que entre la separación, el trabajo, la mudanza y mi pequeña hija estaba con muchas cosas, sobre todo en mi cabeza. Superando la sorpresa de esta memoria, terminé de escribir un mensaje y lo envié, para luego silenciar y guardar el teléfono, con el objetivo de no mirarlo más por un rato. 

Ya había comprado la entrada y estaba terminando de fumarme un cigarrillo en la puerta del cine, antes de entrar. Lo apagué y entré atravesando el hall de la boletería, que seguía tan vacío como lo estaba minutos antes. Bajé por una escalera hacia la zona de salas. Al llegar a la planta de abajo, vi a mucha gente desperdigada en pequeños grupos, todos de pie sobre el alfombrado y vestidos de ocasión mientras hablaban entusiasmados, provocando un murmullo constante. Estuve un momento en silencio, oficiando de espectador, hasta que se abrió la sala y poco a poco fuimos entrando. Me senté en una butaca central, pero bastante adelante, debido a toda la gente que había. Entre el murmullo persistente podía reconocer algunas exclamaciones, como saludos y chascarrillos que se hacían unos a otros: la mayoría de ellos parecían conocerse. Deslicé mi cabeza hacia atrás apoyándome en la butaca y cerré mis ojos por unos instantes. Podría decir que por una milésima de segundo estuve dormido, pero me desperté algo sobresaltado porque se sentó gente en las dos butacas a mis costados. Eran un hombre y una mujer. Ambos jóvenes, de unos 25 años. Hablaban entre ellos de manera verborrágica. Se comentaban cosas sobre algún conocido en común, y el hombre mencionó al pasar que ya había visto la película. De repente hicieron silencio, al igual que la mayoría de los presentes, ya que un hombre alto de unos 40 años se había puesto de pie, frente a todos, debajo de la pantalla.

— Hola, hola… ¿Están cómodos? —dijo socarrón, provocando algunas risas—. Bueno hoy vamos a ver… ¿Qué vamos a ver?

Más risas.

— Vamos a ver… Bueno, ya la conocen. Es la película de él —dijo mientras señalaba a un hombre de unos treinta años con el pelo corto y rizado, que estaba sentado en una de las butacas de la primera fila.

 

La mayoría volvía a carcajear mientras el hombre se sentaba y daba pie a los aplausos. Como por inercia me sumé a esos aplausos, hasta que fueron apagándose junto con la luz de la sala.

Apenas unos minutos habían transcurrido de la película, cuando el hombre a mi lado abrió su mochila y sacó un pequeño termo. Sirvió en la tapa un poco del líquido que contenía y tomó un poco. Miró a la mujer sentada a mi otro lado y le preguntó:

— ¿Querés té?

— Dale —contestó la mujer, mientras él servía más y extendía su brazo por delante mío para alcanzarle la tacita improvisada y ella se la llevaba a los labios, disfrutando de la bebida caliente. Yo no podía evitar seguir sus movimientos, relegando la película a un segundo plano. Ellos dos mantenían su vista al frente, mientras el hombre seguía sirviendo té y lo pasaba. Sin embargo, esta vez, la mujer no lo tomó ni lo devolvió, sino que lo siguió pasando a las demás personas de la fila. Iba la tacita, y volvía la tacita. Si bien la película seguía su curso, el volumen estaba bastante bajo, y se escuchaban murmullos de pequeños grupos dispersos en la sala. Yo hice un esfuerzo para espabilarme y volver a la película, ya formando parte del pasamano de la tacita. No tomaba, pero oficiaba de eslabón. Al cabo de unos segundos, abrí mi mano para recibirla, pero la humedad del objeto nuevo llamó mi atención: ahora, lo que se pasaba era una manzana con algunas mordidas. El asombro duró solo un momento, hasta que se la pasé a mi compañero de al lado. Minutos después, casi todos los espectadores eran eslabones de esa gran cadena de alimentos.  Galletas de agua, marineras, barras de cereal, botellas con jugo, agua, gaseosa, bolsitas con frutos secos, semillas, caramelos, eran solo algunos de los comestibles que se sumaron al pasamanos. Algo confundido, me limitaba a pasar todo lo que me llegaba sin comer ni tomar nada. En esta situación, a la cual se sumaba mi cansancio, ya era prácticamente imposible concentrarme en la película. Sin que el pasamanos se interrumpa, la película se detuvo de forma abrupta, y otro joven de unos treinta años bajó las escalinatas de la sala hasta llegar adelante y se dirigió al público:

— Che, si quieren podemos pasar a la habitación de al lado que hay unas mesitas preparadas con vino, cerveza y algunos tentempiés, ¿les parece? 

Pensé que ironizaba, pero inmediatamente los espectadores contestaron al unísono:

— ¡Si!

El joven se acercó hasta la puerta ubicada debajo de la pantalla, con el cartel verde de “Salida”. La abrió de un empujón y se quedó sosteniéndola. Los demás se fueron parando de sus asientos y, con el movimiento torpe típico de cuando se mueven grupos grandes, fueron atravesando la puerta sin dejar de murmurar. Yo me calcé la mochila al hombro y los seguí, producto de esa misma inercia que ya me parecía inefable. Antes de entrar, vi cómo la imágen pausada de la película se movía de manera brusca, y se salía de la superficie de la pantalla. Al darme la vuelta, comprobé que un hombre bajaba por las escaleras de la sala, cargando un mini proyector en sus manos desde el cual surgía la película. La luz intensa me dió en los ojos por un momento, hasta que el hombre pasó al lado mío y se metió por la puerta. Lo seguí.

 La nueva habitación era una especie de búnker, integrada por varios pasillos que parecían comunicar las demás salas. El hombre ubicó el proyector sobre una mesa, y ahora la imágen reanudaba el movimiento, pero reflejada sobre una pared. En todos los recovecos había gente que conversaba entre sí, mientras tomaban y comían. Observé, por unos instantes, las imágenes de la película. El sonido ya no era más que un ligero ruido de fondo, y el murmullo de la gente era lo que se escuchaba, hasta que en la imágen apareció el poster de otra película y los murmullos se transformaron en risas cómplices. El hombre que había presentado la película señalaba la imagen y se reía, a la vez que le daba unas palmaditas en la espalda a una joven mujer. Eso me llamó la atención, ya que no lograba entender el chiste ni con qué se divertían. Sin pensarlo demasiado, volví mis ojos hacia la “pantalla” y miré la película un rato más. No era nada fácil, en un espacio tan chico y con tanta gente pasando por delante del proyector, tapando la imagen. En un momento, el joven del pelo rizado —que, según lo que había dicho el presentador, era el director de la película— apareció al fondo de uno de los planos. Más risas, y algunos chistes. El presentador lo miró de lejos y exclamó:

— ¡La rompiste! — y a esto le siguieron unas cuantas carcajadas.

No muchos segundos después, todos reanudaron sus charlas, comidas y bebidas. Ya sin el mínimo interés en la película, aunque sosegado, me sentía algo confundido. Pensé que era un buen momento para tomar unas fotos. Saqué mi cámara de la mochila, la armé, y comencé a buscar buenas tomas. No sabía muy bien qué era lo que intentaba registrar, pero aun así saqué algunas fotos de gente conversando, comiendo, bebiendo,  la mayoría con la luz del reflector como principal fuente de iluminación. Luego, guardé mi cámara y decidí acercarme a algunos grupos para hacer sociales. Me desplacé con cautela por el lugar, hasta llegar a un agujero entre dos personas que formaban parte de una ronda. Me serví un poco de vino, comí un fosforito, pero no lograba introducirme en ninguna conversación. Hablaban de cosas que no entendía, de gente que no conocía y de cosas que no suscitaban ningún interés en mí. Lo intenté por un rato, pero luego desistí.  En ese momento, el sonido de aplausos comenzaba a esparcirse por los recovecos del búnker, y se fueron sumando más palmas hasta que ya todos aplaudíamos. La película había terminado y los créditos finales desfilaban por la pared. El presentador del comienzo se acercó a esta, junto con el director. Los aplausos cesaron.

— Bueno, muchas gracias a todos por venir —dijo el director—. Espero que la hayan disfruta…

Antes de que terminara de hablar, el presentador lo interrumpió:

— Una cosa, antes que nada, quería preguntarte —intervino con tono irónico—, ¿qué quisiste decir con la película?

Instantáneamente todos se rieron, incluyendo al director, y los aplausos volvieron antes de que todos retomaran a sus conversaciones. En la pared apareció la imagen de un reproductor de música, la cual había empezado a sonar en el búnker.

Deambulé unos minutos más por los pasillos y entre los espectadores, hasta que decidí que era hora de irme: debía acostarme temprano para, mañana por la mañana, pasar a buscar a mi hija por lo de mi ex y llevarla al jardín. Salí por la gran puerta de emergencia, entré a la sala completamente vacía, oscura y, al cerrarse la puerta detrás mío, el silencio se hizo absoluto. En la calle todo estaba igual. Caminé algunas cuadras dándole algunas pitadas a otro cigarrillo. En el colectivo, los ojos se me cerraban mientras cabeceaba con el andar. Saqué mi cámara para mirar las fotos que había tomado en la proyección, y para evitar dormirme. No me fue de mucha utilidad, ya que no había ninguna foto: solo estaban las que había sacado más temprano en el trabajo. Sorprendido, guardé la cámara, sospechando de algún error de la tarjeta de memoria o incluso de mi memoria, y pensando que el cansancio de estos días tal vez me hubiera jugado una mala pasada. Apoyé la cabeza contra la ventana y decidí que era hora de revisar mi celular. Tenía muchos mensajes, y unas cuantas llamadas perdidas.

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