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CALIGARI

Playland (2023), de Georden West

¿Por qué no retomar ese desvío?

Por David Sebastian Rodriguez

El film de Georden West entrega una experiencia que confirma algunas impresiones del mundo que supimos construir. Con la gentrificación mordiendo los talones de lo poco que queda de historia, la directora propone resistencia artística.  Lo hace recuperando las historias o lo que quedó del café Playland, el bar gay más antiguo y con pésima reputación,  ubicado en 21 Essex Street en Boston, Massachusetts. 

El film atraviesa aspectos múltiples combinando eficazmente recursos extraídos de la danza, del teatro, de la ópera y, sobre todo, cinematográficos. Constelaciones que habilitan a preguntarse: ¿Puede -lo que entendemos por real- ser representado artísticamente? ¿Hasta dónde es posible acercar el pasado al presente sin caer en un simple ejercicio descriptivo?

Antes que narrar las peripecias de los clientes y de los empleados del Playland Café decide ensamblar diálogos, imágenes, recortes televisivos, documentos históricos, números coreografiados y brillantes tableaux vivants no para tropezar con el pasado sino para establecer límites para el futuro.

Los testimonios, el guión lánguido y el clima creado por la tenebrosa fotografía de Jo Jo Lam sirven para que el espectador sea parte activa del film y no un simple ser que espera ser hablado. Una inversión formidable, dice Mariano Llinás, cuando se refiere al apasionado ejercicio de ver el mismo film tantas veces hasta encontrar el goce en la experiencia cinematográfica. En pocas palabras, West logra que el espectador sea invitado a sumergirse en el hecho artístico que ya no pertenece enteramente a su directora sino a la histórica lucha de -en términos foucaultianos- personas infames. 

A partir de aquí acontece un problema de compleja solución. Uno que aún el cine que rueda en los festivales internacionales no pudo-salvo excepciones- expandir sus fronteras a un público no habituado a películas como Playland.

 

Una propuesta artística como la de West necesita-por lo menos- de una refundación del vínculo del espectador con la experiencia cinematográfica porque la organización del odio avanza mucho más rápido y peligrosamente más que su resistencia.

El ritmo lento que permite mostrar la belleza de una persona fumando y otra limpiando la superficie de una barra tiende ser insoportable para aquellos que están acostumbrados a mirar una docena de planos en diez minutos. El clima lúgubre que elige la dirección del film no sólo incómoda al espectador, también demuestra la oscuridad en la que vivieron y viven quienes pertenecen a la extranjería humana: los infames, los excluidos, los inmigrantes, los desterrados, las víctimas de la guerra, entre otros Sin embargo, West parece no ser complaciente ¿Por qué debería serlo? ¿Se espera que sus protagonistas se conviertan en mártires del pasado? ¿Por qué la propuesta cinematográfica pretende aniquilar de un plumazo las conversaciones comunes que promueve la industria del cine? Claro que se puede, pero entendiendo que la historia-tal como aconsejaba Nietzsche- es necesaria siempre y cuando no asuma el papel de holgazán malcriado en los jardines del saber. Desde este punto de vista, el collage con el que se construye Playland ofrece saberes acumulados en el pasado: formas de resistencia, identificación de aliados, repertorio de ideas, programas políticos, maneras de interpretar la libertad. Bien podría esto continuar o por lo menos contribuir a la eterna discusión sobre la política de los autores, pero excedería los límites de este texto.

El film no pretende establecer un programa exterior al arte, más bien suspende el factor ideológico para criticar en ese mismo acto lo cotidiano; es una buena manera de enrarecerlo, pero con el peligro de que Playland no pueda saltar la frontera de lo selectivo. Deleuze alguna vez dijo que Hitchcock llevó al extremo los límites del cine clásico, ¿Por qué no retomar ese desvío?

Titulo: Playland

Año: 2023

País: EEUU

Director: Georden West