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Paper tiger (2026), James Gray

"Hay en el fondo de todo esto una pregunta moral que la película no responde pero tampoco esquiva: cuánto vale lo que tenemos y cuánto estamos dispuestos a arriesgar por tener más."

Lo que se puede perder

James Gray lleva décadas construyendo una obra que le da la espalda a los tiempos que corren. Mientras el cine norteamericano mainstream se fragmenta en franquicias y algoritmos, él sigue haciendo algo más difícil y más honesto: películas sobre personas reales atrapadas en situaciones que las desbordan, contadas con una paciencia que ya casi no existe. Paper Tiger, su nueva película, es exactamente eso, y en ese exactamente hay mucho más de lo que parece. La historia transcurre en el Queens de 1986 y sigue a dos hermanos, Gary, ex policía devenido consultor de seguridad, e Irwin, ingeniero civil de vida tranquila, que se meten en un negocio de limpieza del Canal Gowanus sin entender del todo con quién están tratando. La mafia rusa está tomando el sur de Brooklyn con una violencia y una lógica que ninguno de los dos sabe leer. Lo que empieza como una oportunidad se convierte, casi imperceptiblemente, en una trampa. Pero reducir Paper Tiger a su trama sería un error. Lo que Gray está filmando no es un thriller sobre la mafia sino algo más íntimo y más perturbador: un retrato de lo que significa tener algo que perder. La familia de Irwin, su esposa Hester, sus dos hijos adolescentes, la casa en Queens, la rutina que sostiene todo, no es el telón de fondo de la película. Es su verdadero tema. La amenaza externa funciona como una linterna que ilumina lo que ya estaba frágil: la distancia entre hermanos que se quieren pero no se entienden, la soledad de ser padre cuando el miedo no se puede compartir, la dificultad de proteger a los propios en un mundo que no pide permiso.

Gray entiende algo que pocos directores contemporáneos parecen recordar: que el suspenso más profundo no viene de no saber qué va a pasar, sino de saber exactamente lo que está en juego. Cada escena de tensión en Paper Tiger duele de una manera específica porque ya conocemos a estas personas, porque nos importan, porque su felicidad, modesta, cotidiana, imperfecta, se volvió algo valioso sin que nos diéramos cuenta. La película trabaja así, acumulando vida antes de amenazarla. Hay en el fondo de todo esto una pregunta moral que la película no responde pero tampoco esquiva: cuánto vale lo que tenemos y cuánto estamos dispuestos a arriesgar por tener más. El personaje de Gary encarna esa ambición con una energía casi magnética, convencido de que el mundo sigue funcionando según las reglas que él aprendió. Irwin, en cambio, es el hombre que nunca quiso el juego pero que tampoco supo decir que no. Entre los dos arman una dinámica fraterna que Gray filma con una precisión que viene claramente de la experiencia propia, del conocimiento real de cómo funciona ese vínculo: la mezcla de admiración y resentimiento, la lealtad que persiste incluso cuando hace daño.

Paper Tiger no es perfecta. Hay momentos en que el montaje pierde el ritmo y algún hilo narrativo queda sin el desarrollo que merece. El final, aunque efectivo, resuena con ecos demasiado reconocibles de otras películas. Pero estos son los defectos de una obra que apunta alto, no de una que se conforma con poco. Lo que queda después de verla no es el recuerdo de una escena en particular sino algo más difuso y más duradero: una sensación de que la vida ordinaria es más valiosa y más vulnerable de lo que solemos admitir. Gray lleva toda su carrera diciéndonos eso de distintas maneras. En Paper Tiger lo dice con una claridad que resulta, a su manera, casi cruel.

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