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Invention – MALBA Cine
Crítica
Crítica
Yes, Nadav Lapid

Orphan (2025)
de László Nemes

"Una exploración de la memoria, la identidad y las contradicciones morales heredadas, donde las figuras familiares se revelan como construcciones frágiles y cambiantes, y donde la tensión entre verdad y relato expone la dificultad de dar sentido a un pasado que nunca termina de resolverse."

Las fisuras de la memoria en Orphan

El regreso de László Nemes a un terreno que ya había explorado con anterioridad plantea una tensión interesante entre repetición y búsqueda, y en Orphan esa dualidad se percibe desde sus primeros momentos. La película se instala en un contexto histórico cargado, la Hungría de posguerra, donde la vida cotidiana está atravesada por una sensación persistente de pérdida y desorientación, y donde las identidades parecen construirse más sobre ausencias que sobre certezas. En ese escenario, el recorrido de Andor funciona como una especie de eje que organiza el relato, aunque no siempre con la claridad o la progresión que uno podría esperar. La decisión de centrar la historia en su punto de vista permite una cercanía emocional inicial, sobre todo en la manera en que el niño construye la figura de su padre ausente como un ideal casi sagrado, una referencia moral que le permite interpretar un mundo que no termina de comprender. Sin embargo, esa misma focalización también limita el desarrollo de lo que ocurre alrededor, ya que muchos elementos quedan sugeridos más que explorados, lo que genera una sensación de incompletitud que puede resultar tanto intrigante como frustrante. La película parece debatirse constantemente entre sugerir y desarrollar, entre construir una atmósfera densa y avanzar con mayor decisión en su núcleo dramático, y en ese equilibrio inestable encuentra tanto parte de su atractivo como de sus dificultades.

A medida que el relato avanza, la irrupción del padre biológico introduce una grieta en ese universo simbólico que Andor había construido para sí mismo, y es ahí donde la película comienza a desplegar con mayor claridad sus ideas centrales. La relación entre ambos no se plantea como un simple conflicto familiar, sino como una colisión entre distintas formas de entender el pasado y de sobrevivir a él, lo que le otorga al vínculo una dimensión más amplia, casi alegórica. En ese sentido, el film sugiere que la herencia no es solo biológica o afectiva, sino también histórica, y que los traumas colectivos se filtran inevitablemente en la intimidad de los vínculos. Esta lectura resulta sugerente, especialmente cuando se articula con la idea de que las categorías morales no son tan claras como Andor quisiera creer: la figura paterna introduce una ambigüedad que desestabiliza cualquier intento de dividir el mundo entre víctimas y culpables. No obstante, esta complejidad conceptual no siempre se traduce en un desarrollo igualmente matizado de las situaciones, ya que en varios momentos los conflictos parecen enunciarse más que desplegarse, como si la película confiara en la fuerza de sus ideas pero no terminara de encontrar la forma más orgánica de integrarlas en la narrativa. A esto se suma un ritmo que, especialmente en su primera mitad, puede percibirse como disperso, con episodios que aportan contexto pero no siempre contribuyen a una acumulación dramática clara, lo que exige del espectador una paciencia que no siempre se ve recompensada de inmediato.

Cuando finalmente las tensiones alcanzan un punto de mayor definición, la película adquiere una intensidad que permite reconsiderar parte de lo anterior, aunque no sin dejar ciertas reservas. El conflicto entre Andor y su padre se convierte en el núcleo desde el cual se reorganiza el sentido del relato, y en ese tramo final se percibe con mayor nitidez la intención de explorar cómo las ficciones personales pueden derrumbarse frente a una realidad más ambigua e incómoda. La idea de que una misma persona puede encarnar simultáneamente el lugar de víctima y de agente de violencia emerge como uno de los aspectos más interesantes, aunque su desarrollo no siempre alcanza la profundidad que promete. En algunos momentos, los personajes parecen operar más como vehículos de estas ideas que como figuras plenamente desarrolladas, lo que introduce una cierta distancia emocional que limita el impacto de determinadas situaciones. Aun así, la película logra sostener un tono reflexivo que evita tanto el subrayado excesivo como la indiferencia, manteniéndose en una zona intermedia donde conviven aciertos y limitaciones. En conjunto, Orphan se presenta como una obra que apuesta por la densidad temática y la ambigüedad moral, con resultados desiguales pero estimulantes, dejando la impresión de un proyecto que encuentra momentos de gran lucidez sin terminar de resolver del todo las tensiones que propone.

 
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