Orgullo y prejuicio (2026),
de Matías Szulanski
"Una exploración de la memoria, la identidad y las contradicciones morales heredadas, donde las figuras familiares se revelan como construcciones frágiles y cambiantes, y donde la tensión entre verdad y relato expone la dificultad de dar sentido a un pasado que nunca termina de resolverse."
El rodaje como territorio del absurdo
Hay algo que vale la pena señalar antes de hablar de la película en sí, porque es demasiado llamativo para dejarlo pasar: Matías Szulanski abre el BAFICI 2026 con Orgullo y Prejuicio, exactamente como lo hizo tres años atrás con otro título suyo. Al mismo tiempo, tiene otras dos películas programadas en distintas secciones del festival, y además figura como distribuidor de tres largometrajes internacionales que también integran la grilla. Son, en total, seis películas con su nombre en los créditos repartidas a lo largo de una misma edición. No es un juicio de valor sobre su trabajo, pero sí es un dato que merece una pregunta abierta: ¿cómo funciona hoy la programación del BAFICI? ¿Qué criterios guían la selección? El caso es, cuanto menos, inusual, y la inusualidad exige algún tipo de conversación.
Dicho eso, vayamos a la película.
La propuesta arranca con una imagen que ya contiene su propio chiste: un equipo intentando filmar una adaptación de Jane Austen con una pantalla verde como único decorado. Mar del Plata existe ahí como promesa diferida, como algo que llegará en la edición, si es que llega. Szulanski hace de esa precariedad el combustible central, y durante un buen tramo funciona. Los gags se construyen despacio, en el empantanamiento de las indicaciones, en el malestar acumulado entre toma y toma, en los roces que nadie nombra pero todos sienten.
Donde la película gana terreno es en algunos momentos puntuales que rompen el ritmo de la acumulación: hay una escena donde la directora les quita los teléfonos a su equipo casi por la fuerza que tiene una energía propia, y ciertos instantes donde el absurdo se vuelve corporal y concreto. Son los momentos en que la película recuerda para qué vino.
El gran acierto, y también el más discutible, es la IA. Szulanski la introduce como herramienta narrativa con bastante inteligencia: primero como burla solapada a la lógica productiva contemporánea, toda la película ficcional resuelta en postproducción con algoritmos, después como elemento visual que desestabiliza la relación entre lo rodado y lo fabricado. El remate, con imágenes generadas artificialmente que muestran fauna marina haciendo cosas imposibles en la costa bonaerense, es disparatado y deliberadamente falso. Puede molestar. También puede hacer gracia. Probablemente ambas cosas al mismo tiempo, que es donde el humor incómodo vive mejor.
El problema de fondo es que la figura central no termina de tener espesor. La directora ficcional arranca como personaje cómico y se queda ahí: orgullosa, cerrada, predecible en su reacción ante cada obstáculo. Hay algo que incomoda en que, en el cine independiente local, cuando aparece una mujer dirigiendo sea casi siempre para encarnar el conflicto en su peor versión. No arruina la película, pero es una pregunta que queda dando vueltas.
Szulanski hace películas como quien prueba materiales: sin garantías, sin repetirse demasiado, asumiendo que no todo va a funcionar. Eso tiene mérito genuino. Orgullo y Prejuicio encuentra su techo bastante antes del final. La premisa se sostiene, se estira, y en algún punto se rompe sin que el cierre llegue a recomponer lo que se perdió en el camino.