“Crónica de un hundimiento y de su reflotación”

Por Miguel Peirotti.

La transmigración, la inmigración, la emigración, la migración: básicamente, todo lo que empiece desde, o termine en “migración” es para problemas que abordar o barrer bajo la alfombra en el impiadoso y cambiante como corriente fluvial mundo político que nos toca surfear hoy a los homo (a veces pareciéramos no ser tan) sapiens y existen ejemplos previos y habrá próximos abordajes temáticos al respecto porque desde la exposición de la violencia opresiva de las márgenes sociales y legales de El pequeño ladrón de Erik Zonca de 1999 y desde muchísimo antes y durante todo este tiempo las clases trabajadoras han encontrado en el cine la restitución que les arrebata la sociedad cuando no sabe bien qué hacer con estos sedimentos de clase y los confina a sus vertederos más roñosos.

En este drama policial franco-belga-lituano-letón se habla ruso, polaco, inglés, francés, flamenco y letón y la proliferación de países aportantes de fondos y formas de contribución que leemos en la ficha técnica es otro de los síntomas de la contemporaneidad lacerante de la recaudación de dinero para hacer una película que nos toca a vivir a los que nos dedicamos a cualquier zona del cine, porque todo confluye en ese gran delta que es la carrera por la financiación de tu sueño. Además, como dice Abel Ferrara, “una cosa es conseguir los fondos y otra es ver cómo los empleás”. Y el letón Kursietis emplea sus recursos (sin saber de cuánta plata hablamos, no es interesante) machacando la deriva en la que puede precipitarse alguien de un país en otro, porque el mundo es así hoy por más que vaya a cambiar mañana y los réprobos, réprobos serán hasta tanto la conciencia social no logre excomulgar el canon de tolerancia que te permite comer un pancho mientras en la televisión ves naufragios migrantes o tragedias escritas y dirigidas por el peor karma.

Oleg te lleva a galopar directamente hacia una congoja empática, salvo que seas de bronce, pero sin golpes bajos ni ascensos a altas cumbres de la poesía en el cine. No se esquiva acá la servidumbre del guion a la literatura y es un problema común, consuelo de tontos, mal de muchos. El registro naturalista que elige Kursietis discurre sin alarmas ni estallidos a pesar de las disrupciones subacuáticas (de ellas sale el póster de la película) que decide intercalar vaya uno a saber por qué, ya que ponen en peligro constante nuestros deseos de acompañar al protagonista. Lo digo porque no tengo la menor idea de lo que significan, quizás, por un temor oculto a captar la intención ulterior del director: singularizar con esteticismo el viaje espiritual fugaz, casi “fotográmico”, en el que se refugia este refugiado a la intemperie cada vez que la realidad le pisa el talón de los zapatos para dejarlo descalzo en invierno. Es una condolencia de Kursietis. Probablemente. Pero tenía que concretarla, o confirmarla, porque estamos ante una película sobre personas al fin y al cabo y no ante el catálogo de torturas de un centro clandestino y las personas a veces quedan atrapadas, o abrumadas por la vida, congeladas ante el peligro como los animales nocturnos que se dejan atropellar por autos debido al hechizo inmovilizador que proyecta el agudo encandilar de las luces, y ante esos desajustes existenciales, la enormidad de lo que hemos podido comprender como vida o “vida misma” titila en un instante de visión y abre las compuertas del infierno de la inseguridad psicológica. El protagonista es un pobre tipo, es decir, un trabajador (el mundo, hoy: trabajador = pobre tipo) que sucumbe a la ausencia de amabilidad que corroe viralmente nuestras ciudades. Pero el centro de gravedad de Oleg no es la desesperanza y el desenlace lo admite⚫

Titulo: Oleg

Año: 2019

País: Letonia

Director: Juris Kursietis

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