“Un viaje al corazón difuso de una revolución (que ya conocemos)”
Por Kristine Balduzzi
Más que un homenaje, Nouvelle Vague es una evocación afectuosa. Richard Linklater se asoma al París de 1959 no tanto para explicar cómo se gestó una revolución cinematográfica, sino para revivir un clima, una atmósfera, un estado de ánimo colectivo. Desde el primer plano se advierte: no estamos ante una reconstrucción histórica ni un biopic tradicional, sino frente a un ejercicio de rememoración, de amor cinéfilo que busca capturar algo del espíritu de una época. Pero también es cierto que, más allá de ese encanto inicial, la película no va mucho más allá. El punto de partida es la realización de Sin aliento (À bout de souffle), ópera prima de Jean-Luc Godard y estandarte de la Nouvelle Vague. Linklater no se interesa por explicar las razones de su impacto, ni por subrayar su carácter disruptivo. Prefiere una mirada ligera, casi impresionista, que imagina cómo se sentían los protagonistas de ese momento sin caer en excesos expositivos. La elección es válida, incluso encantadora por momentos. Pero también limita el alcance de la propuesta: se celebra un gesto, pero no se lo interroga.
Repleta de citas, nombres ilustres y guiños que todo cinéfilo podrá disfrutar, Nouvelle Vague construye un pequeño museo de la efervescencia. Aparecen Rivette, Varda, Truffaut, Chabrol. Aparece Seberg. Aparece un joven Godard confundido entre el deseo de hacer algo nuevo y la presión de terminar un rodaje. Pero ninguna de estas figuras es desarrollada con demasiada profundidad. Linklater las presenta casi como fantasmas entrañables, íconos vivientes que ya cargan con su lugar en la historia. El efecto es melancólico: más que estar asistiendo a un momento fundacional, parece que miráramos un álbum de fotos. En lugar de filmar como Godard, Linklater intenta filmar desde Godard. Hay algo de juego, de pastiche, de libertad formal. Pero esa libertad nunca se transforma en algo verdaderamente desafiante. El director texano, siempre hábil para retratar grupos en tránsito y tiempos de transformación (Dazed and Confused, Boyhood, Slacker), aquí se queda más en la superficie. Su estilo amable y fluido funciona, pero no logra captar el nervio incómodo y radical que latía en aquellos años.
El problema tal vez sea de perspectiva: Nouvelle Vague no mira hacia el futuro, sino hacia atrás. No imagina qué podría ser hoy una revolución cinematográfica, sino que se refugia en una ya consagrada. En ese sentido, la película es más melancólica que vital. Hay un tono afectuoso, incluso nostálgico, que la vuelve por momentos encantadora, pero también algo previsible. El pasado aparece como un lugar seguro, donde el cine todavía era joven y los gestos pequeños podían cambiarlo todo. Pero ese gesto de retorno no se traduce en una propuesta renovadora. No es que la película esté mal, ni mucho menos. Linklater dirige con soltura, hay escenas graciosas, actuaciones sutiles, y una inteligencia subyacente en la forma de evitar el didactismo. Pero el conjunto deja una sensación de liviandad: Nouvelle Vague no arriesga demasiado, no incomoda, no ilumina zonas inesperadas. Es, en última instancia, un tributo contenido, más cercano a una carta de amor que a una intervención crítica.
Quizás la decisión más interesante, y también la más frustrante, sea no explicar por qué Sin aliento fue revolucionaria. En lugar de subrayar su radicalidad, Linklater sugiere que sus propios creadores no eran del todo conscientes de ella. Que acaso las revoluciones son accidentes, fruto de la intuición más que de la planificación. Esa idea, potente en sí misma, queda algo diluida en un film que prefiere la ensoñación a la tensión. Así, Nouvelle Vague se instala en un lugar cómodo: el de la celebración cinéfila. Y aunque resulta placentero pasar tiempo en ese universo, también es legítimo preguntarse si no estamos ante una película más enamorada del cine que del acto de filmar. Linklater ofrece una visita guiada amable y elegante, pero que termina dejando al espectador exactamente donde lo encontró.