Nosotros nunca moriremos (2020), de Eduardo Crespo

“Un dolor silencioso”

Por Martín Haczek.

La muerte: hecho (¿hecho?) irrepresentable por excelencia. No hay forma de filmar, de mostrar, la muerte. Se puede registrar un asesinato, un suicidio, el último suspiro de un cuerpo vivo que deja de serlo. Pero la muerte, no. Curiosa paradoja, entonces, la de narrar ficciones que giren en torno a ella: sus causas, efectos, contextos y a las sensaciones que experimentan quienes quedan de este lado de las cosas, del único lado de las cosas. Quizás sea justamente por esa imposibilidad que nos hemos contado (y lo seguiremos haciendo) historias que giren en torno a la muerte. Entre ellas se encuentra Nosotros nunca moriremos, tercera película del realizador Eduardo Crespo, que tuvo su estreno mundial este año en San Sebastián y compite ahora por el Astor de Oro en el Festival Internacional de Mar del Plata. Construida alrededor de la pérdida de un hijo, la película es una puesta en escena sobre lo que sigue a la ausencia de un ser querido y los cambios de estado. No de los que mueren, sino de quienes los entierran.

¿Pero qué es lo que queda después de la muerte? Eso parecen ir a comprobar a un pueblo de provincia una madre y su hijo, tras enterarse de la noticia del fallecimiento del hermano mayor. Y las distintas respuestas que encuentran se organizan alrededor de dos ejes: por un lado, las evidentes, las que se esperan en un caso como éste: el dolor y la melancolía de quienes se ven obligados a atravesar un duelo. Pero, a la vez, se hacen visibles un conjunto de prácticas sociales que giran en torno a la ausencia de una persona: los actos de protocolo en la comisaría, el reconocimiento de un cuerpo, recoger los objetos que habían quedado en el lugar de trabajo. La muerte como un hecho burocrático, signado por deberes y tareas. En un espacio que parece estar suspendido en el tiempo, con grandes planos generales que retratan bellos atardeceres de provincia, lo que queda de la familia debe organizar las exigencias del mundo exterior e interior en un mismo movimiento.

Este paisaje no es sólo un escenario, sino que parece condicionar y construir todo lo que allí sucede, desde las poco efusivas, aunque sinceras, condolencias de los habitantes hasta la sutil pero notoria transformación de los personajes. En ese pueblo en el que nada parece cambiar y la tranquilidad es la regla general, el duelo de la madre y el hermano menor no encuentra lugar para desbordes emocionales. Así, Nosotros nunca moriremos no presenta golpes bajos al espectador. El dolor de los personajes es silencioso como el espacio y sobrio como sus habitantes.

Pero también existe la posibilidad de ver a Nosotros nunca moriremos como un relato policial. Desde el hotel en que hacen base, el dúo de personajes intentan reconstruir la vida de Alexis antes de su muerte: charlan con sus compañeros de trabajo, preguntan cómo se sentía, qué leía, con quienes se relacionaba. Una escena en particular funciona bajo esta lectura: la aparición de un collar con unas iniciales plantea la duda sobre un vínculo desconocido, alguien que puede llegar a tener información, un posible testimonio a recoger. Y hacia allí se dirigen: como si el conjunto de narraciones de las personas que rodeaban a Alexis, hiladas bajo una mirada panorámica, pudiera desenredar un secreto; algo no dicho por nadie pero que se reconstruye a partir de los discursos que circulan en el pueblo sobre él.

Quizás algunos de momentos más notables de la película sean esos en los que se permite romper su propia lógica; ser algo distinto a lo que le había propuesto de antemano al espectador y sacarlo, así, del régimen visual, sonoro y temático en el que estaba inmerso. Valgan como breve ejemplo dos escenas. En una de ellas, los bomberos voluntarios del pueblo realizan una rutina de entrenamiento. Los modos de registrar sus cuerpos y el uso de la música rompen con la representación naturalista que atraviesa casi la totalidad de la película e introduce, incluso, un tenue matiz irónico. En otra, un habitante del pueblo inventa una máquina delirante, más acorde al sueño de un personaje arltiano de los suburbios porteños que al manso pueblo de provincia que la película construye.

Hay un detalle superfluo, mínimo a tal punto que se podría dejar pasar sin dedicarle una línea, que no deja de llamarme la atención: ¿quién enuncia en el título de la película? ¿qué afortunados tienen la condena de no poder morir nunca? Aunque el plural nos incite a pensarlo, resulta difícil creer que es alguno de los personajes principales. En uno de los diálogos, tras observar un cartel en la iglesia, madre e hijo discuten qué hay después de la muerte. Una pequeña trama subterránea se va desarrollando a partir de ese momento en las distintas conversaciones que mantienen y que marcan sus transformaciones a partir de la experiencia del duelo. Todas las conclusiones que parecen sacar en la película van en la dirección contraria: lo palpable de la muerte, lo fugaz de la vida. No hace falta hipotetizar; uno de los personajes nos responde: “entrenar la mente para seguir caminando”. Y el camino, todo camino, tiene fin.

Titulo: Nosotros nunca moriremos

Año: 2020

País: Argentina

Director: Eduardo Crespo

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