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Yes, Nadav Lapid

No matar (2026), de Juan Villegas

"La paradoja central de No matar es que, a pesar de ser una película obsesionada con que todas las opiniones sean escuchadas, no se anima a decir la suya de frente."

Hacerse el distraído durante tres horas y cuarenta y cinco minutos también es, señores, una declaración política

Lo primero que se ve en No matar es una placa. Denuncia los crímenes de la dictadura. Es breve, austera, casi apologética. Después vienen tres horas y cuarenta y cinco minutos que se encargan, pacientemente, de complejizarla. El nuevo documental de Juan Villegas, estrenado ayer en la competencia argentina del BAFICI 27, reúne testimonios de exmilitantes de organizaciones armadas de los años ’60 y ’70, junto a familiares de víctimas del llamado “terrorismo guerrillero”. Lo hace en planos fijos, con entrevistas que Villegas presenta como un ejercicio de escucha igualitaria, de voces que merecen ser oídas en pie de igualdad. Arranca con esa placa que parece más un gesto de autoprotección que una convicción real y después despliega casi doscientos cuarenta minutos de discursos que navegan cerca de una premisa que hoy tiene nombre y apellido: contar “la historia completa”. No son más de veinte libros los que forman la bibliografía consultada. Uno de ellos es de Victoria Villarruel, la actual vicepresidenta, defensora de genocidas. ¿Es ese un detalle de producción, o una declaración de intenciones?

No deja de ser llamativo que en el catálogo oficial del festival, el programador David Obarrio sostenga que “el modo imperativo del título no pertenece al campo de los signos de la retórica sino al de la ética” y que “la posición de la película es clara”. Estoy muy de acuerdo: la posición es clara. La de la película, la de su reseña y, cabría preguntarse si la del propio festival al programarla en competencia y presentarla en esos términos. Lo que no queda claro es si Obarrio y Villegas están hablando de la misma claridad que uno percibe al salir de la sala, esa claridad vieja y conocida que en la Argentina tiene un nombre gastado pero todavía operativo: la teoría de los dos demonios.

Villegas es un cineasta inteligente, con una trayectoria sólida y una relación larga con el BAFICI. Eso lo hace más responsable, no menos. Existe una idea romántica, cierta en otros contextos, de que el cine que no opina es el que más respeta al espectador. No matar abraza esa idea con fervor, pero ignora que esa operación nunca ocurre en el vacío. Toda elección de montaje es una opinión. Todo criterio de selección de archivo es una opinión. La estructura episódica de la película, que cierra cada segmento con material de archivo cuyo criterio resulta hermético, construye un relato con paciencia y sin firma. El director juega a no omitir ninguna voz, pero ese juego tiene reglas, y esas reglas son profundamente políticas. ¿Le da a los discursos revisionistas el mismo peso que a los testimonios de quienes sobrevivieron al terrorismo de Estado? ¿Y si es así, puede seguir llamándose equidistancia, o hay otro nombre para eso? La paradoja central de No matar es que, a pesar de ser una película obsesionada con que todas las opiniones sean escuchadas, no se anima a decir la suya de frente. Incluso esa actitud de borrarse es en sí misma una posición que el film no está dispuesto a reconocer como tal. La brevedad austera de esa placa inicial, lejos de eximir al director de responsabilidad, la subraya.

Sería deshonesto no reconocer que el film tiene momentos que funcionan. La historia de Delia y su hija, que se cruza con un hijo de militantes vinculados a la muerte del padre, tiene una carga emocional genuina. Los testimonios de algunos exmilitantes son jugosos, vivos, contradictorios de una manera que el documental político rara vez logra. Pero esas virtudes están al servicio de un proyecto que se apoya insistentemente en la idea de la historia completa, justamente cuando esa idea es bandera de los sectores más inquietantes del escenario político argentino actual. ¿Alcanza con una placa inicial para cubrir lo que viene después? Que un entrevistado diga cosas como “historia completa” y que la película considere que no omitir opinión es lo correcto dice todo sobre la película.

El momento más revelador de la larga noche llegó durante el debate posterior. Alguien desde el fondo de la sala gritó: “¡Fueron treinta mil desaparecidos!”. Un puñado de personas aplaudieron. La mayoría se quejó. En una sala de cine porteña, en el BAFICI, en 2026, esa afirmación fue recibida con indignación. Sería injusto atribuirle esa reacción directamente a Villegas. Pero sería igualmente ingenuo no preguntarse qué clima generan cuatro horas de equidistancia en un auditorio, qué tipo de espectador convocan. La sala habló. Y hacerse el distraído ante eso, a esta altura, ya no es una opción. 

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