“La numerología en tránsito a la epistemología”

Por Miguel Peirotti.

Un hombre con un globo ocular menos pero con el tercer ojo de la intuición prendido fuego fatuo llamado Raoul Walsh, uno de los popes de las formas del cine clásico surgidos de la cantera primigenia del Hollywood imperial mudo, dijo, o dicen que dijo, o dijo y fue tergiversado, o dijo y directamente fue traducido para el abono de caballo, que no existen treinta y seis maneras de mostrar cómo un hombre se sube a un caballo y el ensayo documental No existen treinta y seis maneras de mostrar cómo un hombre se sube a un caballo, del docente y realizador egresado de la FUC Nicolás Zukerfeld, asociado en guion y montaje a Malena Solarz –con quien coescribió y codirigió en 2015 El invierno llega después del otoño, presentada en el BAFICI del año posterior–, se embarca en una búsqueda del saber ontológico sutil que tiene su origen en su ocupación académica, en una aventura mental, con su voz como guía narrativa pero desviada hacia una tercera persona del singular (Zukerfeld habla de sí mismo como “el profesor”), del significado verdadero de la frase histórica proferida por el temperamental Walsh, o históricamente atribuida a él, mediante una primera mitad, titulada Capítulo 1, en la que se compilan tomas y escenas de casi todas las películas que hizo el inconmensurable director estadounidense –el mismo que aprendió primero como actor asesinando a Abraham Lincoln en la fundacional y hoy controversial El nacimiento de una nación, de su maestro David Wark Griffith, o D.W. Griffith, el obrero del montaje que orquestó los principios de la gramática del relato moderno, si tomamos como “primer clasicismo” al cine silente–, una sucesión de imágenes del período clásico que transcurren ante nuestra vista con la prestidigitación que surge del montaje coordinado dramáticamente por el raccord y el magnetismo que suscita esta avalancha cinética de arqueología y transcripción para cualquiera que haya crecido con, o investigado de adulto en las babilónicas fuentes literarias o cineclubísticas de todo aquello y todo esto que denominamos cinefilia o historia del cine, un árbol ciclópeo de prehistoria fotográfica imprecisa y centenaria en cuya genética conviven las teorías sapienciales de la epistemología con las diversas formas del goce y la entrega emocional tórrida que suscita la conscripción de lo devocional al estudio de la imagen y el sonido, simplemente porque no sólo no existe una, sino que existen más de treinta y seis maneras de abordar un análisis cinematográfico, por no decir que probablemente sea infinito el tope de posibilidades para combinar conceptos y apreciaciones y caminar y caminar hasta llegar al final del túnel, que no es el túnel/portal al Paraíso representando místicamente la muerte, sino un túnel/posibilidad, uno iluminado por el haz que refracta un proyector, que no conduce a la muerte, ni propia ni del cine, ¡antes al contrario!, vivifica el concepto espiritual del cine, que germina en pasiones esotéricas entusiastas, que refiere a que la eternidad existe desde que existe la posibilidad de grabar una imagen real en un soporte físico, abriéndonos pasos entre las luces y las sombras como si fueran nubes cambiantes que mutan en significantes alegres y fugaces, y que el arte que con el paso del tiempo surgió de esa alquimia, al que llamamos arte cinematográfico, o Cine –o CINE, de acuerdo al grado de hipérbole–, es un arte no cualquiera, porque se trata de un arte especial, de una forma de vida en la Tierra que permite estudios, emociones y un despertar de la consciencia individual y colectivo a la vez, ya que no existen treinta y seis maneras de mostrar cómo nos relacionamos con el oficio del siglo XX, como le llamaba Caín a la crítica de cine en la voz de Guillermo Cabrera Infante, sino muchísimas, y que tengamos un ojo menos, como Raoul Walsh, no nos inhabilita para apreciar audazmente las volteretas de esta danza universal, e incluso es posible que hasta provoquemos la existencia de un documental hecho en Argentina tiempo después de atravesar ese túnel.

Titulo: No existen treinta y seis maneras de mostrar cómo un hombre se sube a un caballo

Año: 2020

País: Argentina

Director: Nicolás Zukerfeld

Si llegaste hasta acá…
Es porque entendés que el cine es un arte y no un mero entretenimiento, por eso valorás y apoyás que existan otras miradas. Podés apoyar a Revista Caligari adquiriendo alguna de nuestras suscripciones.
SUSCRIBIRME

SOLAX.TV + REVISTA CALIGARI

Suscribite por $200 los primeros tres meses.